Entre la ley y la honestidad

La caída de la casa… ¿Usher?

 “Temo los acontecimientos del futuro, y no por sí mismos, sino por sus resultados.”

Roderick Usher

Edgar Allan Poe escribió un cuento que, tal vez, como tantas obras literarias, no solo muestran a la perfección la personalidad y el carácter de su autor, sino que, además, pueden trasladar al lector un escenario de acontecimientos sorprendentemente reconocible.

En una gran mansión, ya muy deteriorada, pero que sugería un pasado formidable, vivían dos hermanos, los últimos de la descendencia de la familia que allí habitaba. Uno de ellos regía sobre aquella casa de una manera absoluta, habiendo creado un microcosmos enfermizo. Las paredes de la sala principal estaban adornadas con los retratos de todos los antiguos moradores, sus ancestros, cuyas inquietantes miradas parecían dotarles de vida eterna. Ninguno de ellos, de forma atávica, había sido precisamente ejemplo de una noble existencia. La enfermedad y la corrupción, en todas sus facetas, los habían convertido en seres depravados, cuasi diabólicos, de una maldad que permanecía latente en los cuadros, y sus hechos delictivos e inmorales se habían impregnado en las propias paredes de la mansión, que estaba completamente atravesada por una enorme grieta que hacía que todo el edificio crujiese de forma tal que los sonidos se asemejaban a gritos de dolor.

Una mansión enferma por los años, por quienes dirigieron su destino generación tras generación, y que había culminado con un último dirigente enloquecido que quiso acabar con la maldición de su estirpe enterrando viva a su propia hermana, con la que convivía, quien, pese a la enfermedad heredada de la catalepsia, era una mujer muy cabal y quería vivir, salir de aquel entorno podrido. Sin embargo, el jefe de la casa no permitió su resistencia y llevó a cabo el acto macabro, momento en el que la mansión, con esa última gota de maldad, colapsó definitivamente, partida en dos y desmoronándose en un entorno oscuro y neblinoso, desapareciendo para siempre sus últimos habitantes, entre las miradas de todos los antiguos dirigentes del lugar, cuyas dibujadas efigies, poco a poco, se borraron de la historia consumiéndose con el inmueble.

Solo con proyectar  la mirada hacía otra casa, la de todos, cuyos muros también existen, pero muy superiores y amplios a los de esa mansión, veremos sus profundas grietas; sabremos cuál es su origen; conoceremos, siendo personas de ética y de razón, que precisamente la ausencia de estos dos factores en quienes dirigen el destino de la casa común ha creado un mal endémico capaz de socavar desde los cimientos nuestro hogar; y que la sensatez y la moralidad que pueden evitar el colapso de nada sirven si se silencian definitivamente, si son, en efecto, enterradas vivas bajo la desinformación, la ocultación de la verdad, el fomento de mentes acríticas frente a la corrupción y el impulso de unas existencias completamente cegadas ante lo evidente.