El liberal anónimo

Bragas, códigos de barras, turistas y Policarpo contra el mundo

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace… —Miguel de Cervantes

Confieso haber visto demasiadas necedades en mi estrecha vida, pero pocas tan memorables como el caso de Policarpo. Lo llamaron así por haber nacido un veintitrés de febrero, aunque sospecho que en su familia primaba más el ahorro que la imaginación. El bueno de Poli, como lo conocemos, sigue regentando una taberna donde el tiempo se detuvo hace medio siglo. Las botellas de Anís son perfectos testigos y permanecen intactas en lo alto de unas estanterías que no han visto un trapo desde tiempos remotos. Son reliquias llenas de mugre que con los años han adquirido la categoría de patrimonio metafísico. 

Poli cuida su barra con esmero y la limpia con ginebra convencido de que cura hasta la úlcera de estómago. En parte tiene razón, porque dice que si el espíritu no sana al menos lo anestesia. Por allí pasan cuatro paisanos, un par de peregrinos desorientados y algunos turistas que creen que la sidra se sirve con hielo y pajita. De cuando en cuando aparece algún excéntrico que pide té, como si entrase en un salón victoriano y no en un chigre donde el agua caliente sólo sirve para cocer lentejas.  

Pero el verdadero tormento de Poli no son los tés, son los bárbaros tecnológicos. Ha colgado un cartel porque está —dice él— “hasta los mismísimos cojones” de quienes quieren pagar un vino con el reloj. Otros sacan el móvil y, los más prudentes, exhiben una tarjeta que parece más lista que su dueño. No es natural, protesta Poli, que para pagar un euro con veinte haya que desplegar un arsenal electrónico. —¡Estamos gilipollas!, añade otro. 

Cuando quedamos los habituales Poli se enciende y maldice todo cuanto existe. Y no le falta razón, porque querer pagar en un bar de aldea un té con un reloj es como viajar a Guinea y querer pagar con un dong vietnamita. Otro parroquiano añade que algunos deben pensar que es una prolongación de la Gran Vía. 

Pero en el bar no termina la decadencia. Los supermercados son el coliseo de la modernidad. Aquí reina la señora del bolso insondable que introduce el brazo hasta la altura del hombro para buscar su monedero y cuando lo encuentra, es el instante en que comienza la epopeya de los céntimos. Por si fuera poco también está la tragedia del código de barras. Las bragas de la abuela y los bodys de bebé usan códigos que jamás reconoce el lector, así que cuando asoman en la cinta echo de menos tener El Quijote. La cajera sorprendida, como si fuese la primera vez, insiste una y otra vez hasta llamar a esa patinadora que es como una gacela sonriente que se esfuma en segundos entre la sección de las zapatillas y las pizzas congeladas. 

Todo esto —relojes pagadores, bolsos abisales y códigos rebeldes— no son anécdotas, son síntomas de un mal mayor. Vivimos tan dentro del teléfono que hemos olvidado vivir fuera de él. Y mientras la comunidad se deshilacha entre notificaciones, nuestro Policarpo sigue en su bar, limpiando la barra con ginebra y contemplando el mundo con la paciencia del Santo Job y la mala leche de un viejo sabio. Quizá él, junto a mi amiga Rocío que resiste en la Cafetería Naón, sean los últimos bastiones de cordura en una sociedad entregada sin resistencia a la tiranía de la tecnología.