Al borde del precipicio
La lógica hegeliana describe una pauta arraigada en el devenir histórico de la conciencia humana. Toda época o civilización se organiza según cierta cosmovisión que configura el ámbito de su valor y ser. De esa forma se establecen los parámetros que gobiernan la amplia red de relaciones de los seres humanos con la naturaleza, con las ideas, entre sí y con la presunta fuente de la creación. Pero la carcoma insaciable del tiempo corroe las duras tablas de la ley, revelando las limitaciones de nuestros códigos e ideas, los cuales ya no comprenden ni responden a la nueva realidad. Esa escisión interna es un foco constante de conflicto que si no se resuelve acaba destruyendo al ente individual o colectivo que lo sufriere. De ahí que la mente sana se esfuerce por salvar esos abismos conjugando y trascendiendo los contrarios en una nueva síntesis, y así ad infinítum. Lo cual nos alerta de la necesidad de estar continuamente atentos a la presencia de tales derrumbes, pues representan una ruptura y un punto de inflexión.
En su último libro, titulado Israel al borde del precipicio (Israel on the Brink), el historiador israelí Ilan Pappé enumera una serie de fracturas internas que auguran una implosión inminente de esa sociedad. El factor principal al que apunta Pappé es la imposibilidad originaria de cuadrar el círculo del proyecto sionista de implantar un estado europeo en medio del mundo árabe y de fusionar religión y nacionalismo. O sea, crear un estado colonial que fuese a la vez judaico y democrático. Los fundadores de dicho proyecto eran conscientes del dilema moral de proveer al pueblo judío del ansiado refugio de su largo calvario europeo a costa de otro pueblo semita, al que la supremacía de la etnia hebrea necesariamente condenaba a un régimen de apartheid, limpieza étnica y genocidio incremental. Pappé representa esa contradicción de base en la escisión entre lo que llama el estado de Israel y el estado de Judea. El primero fue el intento de conjugar los valores universales del socialismo, el liberalismo y la democracia con la idea de un estado racista. Esa incompatibilidad y sus reiterados fracasos sociopolíticos dieron lugar a una reacción por parte del sector ortodoxo y tradicionalista, en especial entre los colonos judíos de los territorios ocupados. A este movimiento reaccionario Pappé le llama el estado de Judea, cuyos adeptos quieren imponer una teocracia regida por la halakhah o ley judaica. Poseídos de un fanatismo mesiánico, se proponen recrear el reino imaginario de David y Salomón, que se extendería desde la orilla oriental del Nilo a la occidental del Éufrates. De ahí que ese pueblo elegido de su muy invocado dios de los ejércitos se empeñe en cargarse a todos sus vecinos hasta posesionarse del mapa de sus sueños.
El significado etimológico de la palabra Israel es aquel que lucha con dios. Desde luego el nombre les viene como anillo al dedo en las bodas de la destrucción, pues su megalomanía etno-teológica los condena a la guerra perpetua. Sus acciones violan todos los derechos humanos y dinamitan los muy mentados cimientos éticos de su estirpe y sociedad, deslegitimando al propio estado y su razón de ser. No obstante, su arraigo identitario es tal que prefieren mentirle al mundo entero antes que afrontar la simple verdad del fracaso absoluto y homicida de su proyecto colonialista. Cuando lo único que tienen que hacer es dejarse de historias y abrazar a los gentiles como a sus propias sombras, pues sabido es que luchar con dios equivale a vivir en la contradicción absoluta y el que no la supera lleva todas las de perder.
Decía Hegel que el mochuelo de Minerva (Athene noctua) vuela al atardecer, o sea que la labor de la inteligencia empieza cuando el día de la experiencia ha entrado en su fase crepuscular. Pero, al parecer, después de un siglo y pico de turbulencia las lechuzas siguen sin alzar el vuelo en Oriente Medio. Puede que con tanta violencia sostenida hayan huido de la zona o que con tanto deslumbre explosivo no se hayan enterado de que ha caído la noche y es hora de despertar.