El liberal anónimo

Bar «La Reconquista» y la libertad sitiada

A mis amigos asesinados cobardemente por odio. —-El liberal anónimo

Hay días que España vive ciega y olvidada. Ya no se escuchan los ecos del dolor por las jornadas terribles en que una nación entera contuvo el aliento ante el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Quienes vivíamos entonces en las provincias Vascongadas sabemos bien que la memoria es una herida que no cicatriza y en donde permanece el temblor del dolor. Yo mismo, al amanecer el día siguiente a su muerte, vi cómo en la «Herriko Taberna» de Algorta descorchaban botellas de champán. Brindaban y lo hacían mientras un joven inocente recién asesinado de un disparo en la cabeza yacía sobre un charco de sangre. Esa imagen, junto a otras de buenos y queridos amigos también asesinados por disparos o coches bomba, no he podido olvidarlas. Sé perfectamente que cada día de mi vida me acompañarán como una sombra que no admite consuelo. 

Decía Edmund Burke que para que el mal triunfe basta con que los hombres buenos no hagan nada. Uno no puede esquivar esa sentencia cuando observa cómo, años después, los indignados de profesión —esos que brotan del rencor y la inquina— no levantan la voz para condenar a quienes celebraban la muerte, el secuestro o la tortura, lo hacen en realidad para atacar a una mujer honrada que ha abierto en Oviedo un bar llamado «La Reconquista». No olvidemos que el mal no es un accidente, es en todo caso una elección. Pero en este local se respira serenidad, respeto y gratitud hacia España, su ejército y nuestras fuerzas de seguridad. Yo he ido y volveré.

Rosa Priede, su dueña, es conocida por su cortesía y corrección, pero también por una bondad que no necesita alardes. Sin embargo, le llegan amenazas y descalificaciones. Es como si la virtud se hubiese convertido en un delito y el amor a nuestra Patria en una provocación intolerable. Resulta inquietante ver cómo quienes jamás alzaron la voz contra los que brindaban por la sangre derramada, hoy se muestran como fieros censores de un establecimiento que no hace daño a nadie. Ese es el viejo mal español, el de una valentía selectiva y cobarde que busca en su indignación el blanco más fácil. En ningún caso lo dirigen hacia el más culpable.

España ha sabido reconquistarse a sí misma en numerosas ocasiones y hoy vuelve a enfrentarse al desafío de preservar su dignidad frente a la gentuza. Es posible que sea en lugares como este bar ovetense —modesto y sincero— en donde se geste la chispa que haga crecer la llama de una Patria que no renuncia a su memoria ni a la gratitud. La verdadera «Reconquista», esa que aún nos queda por librar, es la del sentido moral, la de recordar a quiénes supieron defender la vida y, también, la de señalar a quiénes la celebraron cuando era arrebatada. 

Y en esa batalla silenciosa, Rosa Priede, a quien doy las gracias con su serenidad y bondad, ya ha vencido. 

¡Viva España!