De Atapuerca a la comunidad de vecinos
La comunidad de vecinos es la evidencia de que la evolución se tomó un descanso en Atapuerca. —El liberal anónimo
La vida en comunidad es generalmente celebrada por optimistas profesionales y filósofos de sobremesa, pese a que se trata de una prueba de resistencia casi comparable a cruzar un desierto con abrigo y una botella de agua salada. No hay nada más revelador del espíritu humano que un bloque de vecinos. Es una especie de laboratorio vertical en donde se mezclan, sin orden ni concierto, la mala educación, la creatividad acústica y una sorprendente capacidad para fingir que el vecino no existe.
La vida en un piso permite descubrir, por ejemplo, que el silencio nocturno es una anomalía física y del misterio de la fe. Para algunos, las tres de la madrugada es la hora sagrada de la decoración doméstica. No me refiero a desplazar una silla, se trata de una verdadera coreografía, un ritual, una suerte de danza tribal que ejecutan con la completa convicción de estar reordenando el cosmos. Acompaña la solemnidad un perro que ladra con la misma intensidad que reza un profeta en un minarete anunciando calamidades invisibles o, un neurótico que grita, sin saberlo, en la confianza de satisfacer su sueño.
Y no olvidemos las fiestas. Necesarias verbenas. Grandes orgías cargadas de decibelios que empiezan con dos amigos tomando algo y terminan en un aquelarre de gritos, risas y portazos. El cabecero de la cama del vecino, en su frenesí, casi derriba la pared queriendo abrir un pasadizo. El buen anfitrión, convencido de que su música es un bien público, comparte sus gustos a un volumen que compite con el estruendo de un volcán en erupción. Uno, desde su cama, mira el techo como quien observa un fresco de Miguel Ángel y mientras se pregunta en qué momento la civilización decidió abandonar Atapuerca.
Pero el campo de batalla en donde la convivencia alcanza su máxima apoteosis es el de la ropa tendida. Calzoncillos voladores, calcetines extraviados o pinzas que colonizan el patio de luces. Es la equivalencia a una declaración de guerra ¿Se devuelven las prendas, se ignoran o se declaran hostilidades? Y qué decir de las parrillas en los patios. Hay vecinos que instalan asadores que parecen los Altos Hornos de Vizcaya. Ese infernal invento convierte el aire común en una convención sobre el Cambio Climático. El humo asciende como una seta atómica, dejando un fuerte olor a chorizo y panceta que vuelve locos a todos los animales. Ese incienso pagano se cuela por puertas y ventanas, transformando las casas en una incineradora de Castilla.
¿Qué decir del suplicio de las reuniones de comunidad? En el portal o en el garaje. Siempre un lugar gélido y poco iluminado para revelar la verdadera condición humana. El del primero odia al del quinto. Se miran, y los demás esperamos que comience el duelo a pistola. La del tercero lleva años coleccionando insultos con todos y, en forzado enojo, mes tras mes expone las mismas quejas durante una hora. El presidente es el pobre mártir de este encuentro. Busca mantener un orden mientras sueña con escapar a una cabaña remota en lo más profundo de los Picos de Europa. Se discute sobre todo: el color del portal, la decoración, las flores, un espejo nuevo, la limpieza, la lámpara o el detergente. Todo sirve para acalorarse. Las votaciones se suceden sin que nadie entienda qué se está votando, así que al final uno sale de allí con la sensación de haber asistido a una batalla de enemigos particularmente rencorosos.
Pese a todo, seguimos viviendo juntos, compartiendo portazos, ladridos, muebles arrastrados, gritos, y de pascuas a ramos, pornografía sonora. Las fiestas interminables desafían la cordura y ya forman parte de nuestra naturaleza, posiblemente porque la vecindad es la gran escuela de la paciencia. Sea como fuere, convivimos como mejor podemos y, a veces, hasta sobrevivimos. En estos tiempos en que tener una vivienda es una grandeza y casi resulta un milagro, resulta hasta hermoso nuestro pequeño infierno porque no deja de ser un humilde privilegio.