Cuando fuimos peces

El arte de la guerra doméstica

Hay libros que uno abre para aprender, otros para presumir, y luego está El Arte de la Guerra, que se abre para sobrevivir. Sun Tzu, ese general chino que jamás imaginó que acabaría citado en tertulias de madrugada y en manuales de autoayuda empresarial, escribió hace dos mil quinientos años un tratado que hoy sirve para todo: ganar batallas, dirigir empresas, gestionar suegras y sobrevivir a las reuniones de comunidad. Su gran hallazgo fue entender que la guerra es apenas una excusa para estudiar a la gente, sus manías y sus pequeñas miserias. “La mejor victoria es vencer sin combatir”, dijo. Y uno piensa: qué sabio… y qué poco se aplica en la vida moderna, donde combatimos hasta por el mando de la tele.

He vuelto a Sun Tzu estos días, quizá porque el mundo anda especialmente belicoso, quizá porque en la cola del supermercado he visto más estrategias que en la campaña de Cuba. El capítulo XIII, dedicado al espionaje, es una joya. Habla de cinco tipos de espías: nativos, internos, dobles, liquidables y flotantes. Uno lo lee y descubre que, en realidad, está describiendo a los grupos de WhatsApp. Los nativos son los vecinos que informan de quién ha aparcado mal; los internos, los compañeros de trabajo que saben quién pidió teletrabajo “por motivos personales”; los dobles, los que filtran capturas; los liquidables, los que difunden bulos; y los flotantes, los que vuelven de vacaciones con informes detallados sobre playas, chiringuitos y precios del mojito.

Sun Tzu insiste en que la información previa es esencial. Que no se puede dirigir un ejército sin saber quién es el enemigo, qué come, qué teme y a quién vota. Y yo, que no dirijo más ejército que mi propio desorden, pienso que quizá la clave está en aplicar esa sabiduría a escala doméstica. Antes de entrar en una discusión, conviene conocer el terreno, las alianzas, los centinelas y hasta los criados. No para vencer, sino para evitar la batalla. Porque, como decía el viejo general, la guerra más inteligente es la que no empieza.

Al final, El Arte de la Guerra no enseña a pelear, sino a vivir con un poco más de astucia, humor y paciencia. Y quizá también a espiar mejor, aunque sea a uno mismo: detectar nuestras propias trampas, nuestros dobles agentes internos, nuestras discordias flotantes. La victoria, si llega, será sin combate. Y con suerte, sin WhatsApp.