Animes
Animes es una de las supersticiones más raras del Caribe y el Pacífico de Colombia, que ha sido recreada por novelistas como Gabriel García Márquez, Manuel Zapata Olivella, David Sánchez Juliao y el sociólogo Orlando Fals Borda. La historia de los Animes ha nutrido a narradores de ficción y narradores orales. El autor de Cien años de soledad, confesó alguna vez en una de sus textos que “Para mí hay más poesía en la historia de los animes que en todo lo que he tratado de dejar en mis libros. La misma palabra animes es un misterio que me persigue desde aquellos tiempos”. En su novela mítica hay una sentencia que era parte de su convicción: “Las cosas tienen vida propia. Todo es cuestión de despertarles el ánima”. En el mismo Caribe hay visiones distintas sobre los Animes, cuya ceremonia se cumple el Viernes Santo. Los Animes son unos hombrecitos diminutos que trabajan para quien salió en su búsqueda, cumpliendo unos rituales, para alcanzar uno de cinco poderes: La mayoría buscan a los Animes para trabajar, pelear, enamorar, hacerse invisible en el peligro, y blindarse contra las balas. José Arcadio, el hijo mayor de la estirpe de los Buendía, tenía Niños en Cruz incrustados debajo de su piel, en el anverso de la muñeca, en el brazo derecho.
Era una incisión del tamaño de una moneda de centavo, metida en los tendones, cuenta Julio Olaciregui. Los animes en el cuerpo son los llamados Niños en Cruz, que según la creencia, les da una fuerza descomunal a quienes lo poseen, se vuelven invisibles y les resbalan las balas. Era un niño cuando escuché la historia del campesino al que llamaban El Boche, quien en la Hacienda El Misiguay se enfrentó en 1905 a sus patronos, le dispararon varias veces y las balas no le entraron. Todos decían que tenía Los Niños en Cruz. Los animes de García Márquez eran hombrecitos y espíritus que vivían en el agua dormida de las tinajas. En la región de Córdoba, los animes son aseguranzas de poder. En el mundo conviven otras formas de realidad y de comprensión de la vida, con prácticas ancestrales que conjugan creencias indígenas, africanas y europeas. Es increíble que aún en el siglo XXI, haya personas que confíen en las aseguranzas para sacar el veneno de las serpientes, y otras aseguranzas perversas para devolver el veneno para quien no ha alcanzado a pagar al brujo de turno. Hay aldeas donde esas realidades son sencillamente cotidianas.
He vuelto a saber de los animes, gracias a un cuento de David Sánchez Juliao narrado magistralmente por la actriz y narradora oral Dora Malo, en el Festival Cartagena Sílaba de Agua. Algunas mujeres del auditorio preguntaron si una mujer podía tener un anime propio, y Dora explicó que sí, que podía tenerlo para trabajar, no dejarse apabullar por nadie, y para conseguirse un novio, marido o amante. Virginia Woolf hubiera reaccionado de que su mayor anime lo tenía ya dentro de su corazón y no requeriría de animes sobrenaturales.