El anacronismo crónico
Contemplando la actualidad reiterada de nuestros días, se me ocurre que por lo general la humanidad sufre un anacronismo crónico. Según el diccionario, el anacronismo consiste en la confusión de dos tiempos distintos, de manera que un suceso o idea se sitúa en una época a la que no pertenece. Literalmente significa que va contra el tiempo, o sea contra su secuencia natural. Y crónico significa algo de larga duración que viene de tiempo atrás, como esas enfermedades que son para toda la vida. Un vistazo al panorama mundial actual, pero también al de nuestra propia realidad relacional y al flujo circular de nuestros propios pensamientos, temores y deseos, revela una condición persistente de confusión cronológica a la que en gran medida podría atribuírsele el descalabro generalizado de la cotidianeidad doméstica y global.
Lo esencial de este diagnóstico es que los seres humanos somos criaturas temporales que nos constituimos como entes psicológicos identificándonos con la herencia sociocultural de una determinada etnia y corriente histórica. O sea que esas identidades se fundamentan en un pasado que adoptamos como propio y que sirve de guía y vigía de nuestra navegación existencial. De ese modo, las destilaciones de la memoria se imponen e intentan reducir el presente vital a sus esquemas de normas y valores, por lo que acabamos reduciendo nuestra existencia a la norma establecida y viviendo en el pasado. Vivir en el pasado es una forma de suicidio, pues, como tal, ha prescrito. Claro que no todo pasado, por serlo, deja de tener significado o relevancia, pues en tal caso tendríamos que descartar todo el conocimiento, científico y demás, que hemos adquirido. El conocimiento como tal está muerto (y no es que lo diga yo, sino que lo dijo el mismísimo Einstein), pero sigue siendo válido y útil siempre y cuando se dé una concordancia con los hechos. El problema surge cuando el conocimiento crea su propia realidad y se la cree, cuando detrás lo único que hay es una reliquia necrótica o una utopía proyectada como antídoto ideal a esas mismas preciadas cenizas.
Los actuales focos de conflicto reflejan a las claras la naturaleza mortífera de este desfase temporal. La política de Trump obedece a su intento de completar una serie de proyectos históricos, como la extensión de la Doctrina Monroe a todo el hemisferio, el sometimiento de Cuba como ya propusieran el propio Monroe y sus amigos hace doscientos años, y vengarse de los iraníes por la derrota que en 1979 la revolución islámica le infligió al imperio. Trump, carente de ideas propias y con el ojo puesto en el enriquecimiento personal, se ha limitado a adoptar esa agenda imperialista en cuya implementación despiadada y anacrónica ha proyectado su aspiración a la gloria. Esta fantasía no sólo está destinada al fracaso, sino que marca el principio del fin de esa empresa siniestra. Lo mismo se podría decir del intento de Putin de restaurar el imperio soviético. Pero el caso más extremo es sin duda el de Israel, cuya ideología sionista ha culminado en el colonialismo más feroz, con su limpieza étnica, apartheid y genocidio de rigor. Este proyecto se remonta a casi dos mil años atrás, cuando los romanos destruyeron el Segundo Templo y dispersaron a los rebeldes, dejándoles como única patria el libro de sus recuerdos. Pero recordar es traer a la memoria y esa memoria es el pasado identitario que separa a los elegidos de los demás pueblos, condenándolos al conflicto perpetuo y otorgándoles la impunidad que se deriva de su presunta superioridad y victimismo.
La ironía trágica de estos sucesos es terrible pero universalmente válida. La restauración racista y violenta del pasado lleva en sus raíces el germen de la destrucción. De ahí que, en vez de ser nuestro aliado, el tiempo resulte ser el peor enemigo psicológico y existencial del hombre.