Con todo respeto

Un amor más allá de Romeo y Julieta

Hacer un viaje de vuelta al mundo no es algo corriente. En él pueden tener lugar decenas de acontecimientos sorprendentes, como saltarse un día en el calendario (18 de febrero de 2026) al cruzar la línea internacional del tiempo.

Pero a mí, además del hallazgo continuado de decenas de lugares que conmocionan el alma, y además de ver sonrisas en tantos idiomas diferentes (yo, que soy coleccionista de sonrisas), o de llevar visitados más de 25 lugares Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (que también colecciono), algo que verdaderamente me ha impresionado no se encontraba en ninguno de los países visitados, sino entre los compañeros de viaje. 

Me han recordado a mis abuelos maternos. Ella era ciega cuando se casó con mi abuelo. Yo estoy en este mundo gracias a una mujer ciega y al hombre que la amó mucho.   

Este viaje no es barato y más para dos personas. Ellos viajan alrededor del mundo con una naturalidad que desarma. No hay aspavientos en su historia, solo una forma de amor que se sostiene en lo cotidiano, en la repetición de un gesto sencillo: caminan inseparablemente juntos, del brazo. Pilar es ciega, no lleva bastón, Miguel es su bastón. La orientación de Pilar nace de la confianza en ese brazo firme que la acompaña siempre. Miguel, atento a cada desnivel, a cada cambio de suelo, a cada ráfaga de viento, va narrando lo que ocurre alrededor.

Las ciudades se suceden como escenarios: calles que vibran bajo los pies, fachadas que devuelven el sol, mercados donde huele a fruta, a especias, a flores, colores vivos. Ella recoge el aire, los olores, los colores, los sabores, los sonidos con toda la sensualidad de su ceguera y ordena las sensaciones en su interior como si pudiera ver el mundo desplegándose. 

Quien ha tenido la fortuna de observarlos, como yo, durante unos minutos comprende que está ante algo innombrable, sublime, un milagro, algo que salva a la humanidad y la balancea frente a los hacedores de las guerras. 

No es heroicidad ni sacrificio. Es una forma de entrega que ha perdido cualquier rastro de excepcionalidad porque se ha integrado en la vida cotidiana. Él no parece hacer ningún esfuerzo; ella depende con naturalidad, sin exigencia. Ninguno de los dos necesita demostrar que dan o que reciben. Hay un equilibrio delicado en el que ambos se sostienen. Dos figuras que avanzan juntas. Ella escucha con atención y en esa precisión descubro una forma íntima y emocionante de belleza.

En la cubierta del barco, en un sendero, entre rascacielos, su presencia no pasa desapercibida, pero tampoco reclama atención. Hay algo en su manera de estar, serena y acompasada, que invita a la reflexión y a la admiración profunda. 

En tiempos de relatos superficiales, donde el amor fugaz se mide por su intensidad momentánea o por su desenlace trágico, la historia de esta pareja me ofrece otra dimensión. No hay clímax ni urgencia, sino continuidad. Una suma de instantes en los que el mundo es traducido, ofrecido, compartido. 

Viajan. Él ve por ella. Ella ve a través de él. En ese intercambio constante y luminoso el amor deja de ser una teoría para convertirse en una forma de ser y estar que da solidez al mundo.