Ojo de agua
Agonía de los barcos
10 de febrero de 2026 (08:06 h.)
Nada más triste que ver un barco pudriéndose en el mar, con sus mascarones de proa derrotados por el viento. El viejo galeón que estaba en la Bahía de las Ánimas, era un bar y restaurante que se hundió en los días oscuros de la pandemia. Se fue hundiendo lenta y silenciosamente como un animal vencido por el salitre, buscando la honda y palpitante soledad de la muerte. Había entrado varias veces a ese barco y me parecía una ilusión poder navegar en la bahía inmóvil. Cartagena de Indias ha sido desde siglos un cementerio de barcos y barcazas de madera, cuyos restos podrían ser la puesta en escena de una obra monumental de arte contemporáneo. Los caracolejos aferrados al óxido salado del metal, el esqueleto del maderamen de las barcazas con sus mástiles invisibles de otras tardes delirantes y noches de aventuras, han sido pintados por el artista Jaime Carrasquilla, evocando los últimos gavieros del Caribe que mueren ciegos como los alcatraces en los acantilados. El reino de la ruina fue en otro tiempo un esplendor mar adentro. Reino cantado de juglares y contadores de epopeyas con sabor a arroz con coco, postas de carne puyada con clavitos de olor, plátano en tentación y camarones. En esas barcazas que viajaban al Pacífico y a las islas del Caribe, se revivían las historias de los viajeros que llegaron para quedarse y los viajeros que se fueron para no regresar, pero la única excusa del no retorno fue siempre el amor más allá de cualquier amenaza, requiebros o ruina financiera. Los capitanes y los marineros que perdieron la gracia del mar, se quedaron en tierra siempre por el espejismo de un amor. Y el Caribe fue desde un principio la casa andundera de todos, con las puertas abiertas a los desamparados, amorosos y codiciosos, solitarios y aventureros que encontraron motivos suficientes para seguir inventando la vida sin relojes de sol y sin relojes de agua que midieran los tiempos incontables del corazón. El desguace de barcos es la patética tragedia de un horizonte ahogado en las orillas. Coleccionistas de bellos infortunios y nostalgias marinas como mis amigos Álvaro Sierra y el desaparecido Javier Jaramillo, lograron crear en 1992, un pequeño museo de barcos vencidos, y no sé adónde fue a parar aquella encantadora comarca de espejismos con catalejos, telégrafos, rosa de los vientos, sextantes y campanas que habían atesorado de medio centenar de barcos que naufragaron. Ese museo le está haciendo falta a Cartagena de Indias.