Aficiones inexplicables
Voy a tratar de responder a algo que me han preguntado muchas veces y que me resulta realmente complicado de contestar: las razones de mi afición a las carreras. Me ayudaré de una serie de ejemplos, aunque dudo si podré explicarme.
A media tarde del 14 de julio de 2012 el sol atizaba con fuerza sobre las montañas de Omaña, al noroeste de León. Minutos después de concluir una modesta carrera de coches puntuable para el campeonato regional, dos tipos se afanaban en barrer la carretera, para dejarla como si allí no hubiera pasado nada. En pleno esfuerzo, a uno de ellos le llamó su primo, le preguntó dónde estaba y, cuando le contó su quehacer, le respondió si se había parado a pensar “hasta qué punto resulta gratificante esa afición”. Pues lo era, ya que habían concluido con éxito el montaje y organización de una carrera que sentían como propia.
Tiempo después, el 18 de enero de 2014, el escenario es muy diferente. La nieve cae a plomo sobre el Col de Turini, en plenos Alpes Marítimos franceses, mientras caminan lastimosamente los dos tipos de Omaña, acompañados de un tercer sujeto, inseparable de ellos pero que se libró de barrer meses atrás. Con el termómetro bajo cero, sin sitio donde resguardarse y con la nieve por todas partes, ya hay que tener ganas de penar a la intemperie desde media mañana hasta bien entrada la noche. Pero claro, el Turini es el tramo más mítico del famoso Rallye de Montecarlo, y aquí debe venirse al menos una vez en la vida. Y si es nevando, mejor. Así que los tres tan contentos como ateridos.
Esos mismos tipos, y muchos otros más, son regularmente convocados para pasarse un día entero en medio del monte con la sola compañía de una emisora de radio, situados en algún lugar recóndito al que lo mismo se accede por una infame carretera que por una pista forestal. Todo sea por dar cobertura al sistema de comunicaciones que, en pos de la seguridad, tan importante es en las carreras de coches. Al final de la jornada, se van para casa satisfechos de formar parte del numeroso contingente humano que se precisa para montar cualquier evento automovilístico.
En otras ocasiones, gastan días de vacaciones y buenas sumas de dinero para plantarse en medio de los bosques finlandeses o el desierto saudí, acudiendo a la llamada del mundial de rallyes, sin importar los madrugones, comer malamente donde sea y cuando se pueda o volver para casa reventados de patear. Y si hay que alquilar una furgoneta, llenarla de gente y recorrer 1.000 kilómetros hasta Le Mans, pues falta tiempo para hacerlo, ¡como para no viajar a la meca del automovilismo!
La mayoría de las veces, las carreras que esta gente presencia son pruebas cercanas a sus domicilios, puntuables para certámenes regionales o nacionales. Da igual, ver coches corriendo siempre les resulta placentero y se reúnen para la ocasión, fomentando relaciones de amistad que con el tiempo trascienden a las carreras, aunque no se vuelvan a ver hasta la siguiente.
Pocas aficiones hay tan plurales y paritarias. En estos grupos se mezclan quien es fontanero, juez, mecánico, taxista, empresario, policía, estudiante o ingeniero, desde adolescentes a jubilados. Si alguien lleva un niño solo se le pide una cosa: que aguante el tipo. Y vaya si lo aguantan, conozco al que se negaba a hacer la primera comunión porque coincidía con una carrera. También las parejas saben a lo que van, hubo una que se pasó tres horas sin rechistar debajo de un paraguas en San Marino, mientras caía el diluvio universal. Y si hay que ir solo, no hay problema. Aunque el radio geográfico de un rallye es muy amplio, se tarda bien poco en encontrar un conocido con quien compartir un rato.
Si por desgracia un participante se accidenta, los aficionados a las carreras muestran su cara, una de las mejores que la raza humana puede exhibir en un evento deportivo. Todos a una vuelven coches a la carretera, tratan de reparar lo irreparable -y lo consiguen- o consuelan al que se ve obligado a abandonar. Aquí no hay ultras, hinchas o forofos, aquí hay aficionados, así, con todas las letras y en el mejor y más amplio sentido del término.
¿Y qué motiva a esta gente para hacer todas estas cosas? Pues el placer de ver un coche de carreras a pleno rendimiento, con su exigido piloto mostrando su pericia mientras se juega el tipo junto a su copiloto. Supongo que como para el devoto taurino es insuperable presenciar una faena gloriosa.
Yo soy uno de esos tipos, los llamados carreristas, y a veces me pregunto si no sería mejor ser seguidor, por ejemplo, del baloncesto. No habría que madrugar, disfrutaría de mi afición a cubierto, me sentaría en una butaca … Nada, ya se me ha pasado, no dudo de mi fe. Me vuelvo a la cuneta de un tramo de rallyes.