El 8M y la liturgia del insulto
Las buenas acciones nos fortalecen e inspiran nuevas acciones en los demás. —Platón.
En el tráfago cotidiano, entre cafés y prisas, convivimos en un extraño bestiario moral con cuatro especies humanas. Seguramente mi admirado Lope de Vega, con su gracia inimitable, las describiría con más galanura y algo de burla para escarnio del popular de las gentes, pero dudo que los definiese con más exactitud. Divido a las cuatro especies en buenos buenos, buenos malos, malos buenos y malos malos. En ocasiones pienso que todos somos una representación de los cuatro jinetes que cabalgan en una convivencia que, a veces, parece un duelo al amanecer.
Los malos malos son los más fáciles de reconocer. Tipejos infames que hallan su razón de ser en la ofensa. Gentuza que señala sin pensar e increpa sin dialogar. Creen que su dedo corazón y gritar “fascista” es argumento suficiente para sostener su pensamiento. El pasado 8 de marzo, en Villaviciosa, algunos de estos especímenes decidieron que la mejor forma de reivindicar sus desvaríos era insultar símbolos cristianos, profanar hábitos y convertir a nuestra Virgen de Covadonga en una caricatura. Llaman protesta a lo que no es más que necedad disfrazada de derecho.
Les siguen los malos buenos. Espíritus tibios que, en nombre de una libertad mal entendida, justifican cualquier desorden con tal de no contrariar a la chusma. Pretenden ser ecuánimes pero siempre terminan arrastrados por la corriente del más bárbaro. Su bondad es tan frágil que un simple cartel mal escrito o con un mensaje necio les sirve para doblegarse.
Más discretos son los buenos malos, los paniaguados del silencio. Estos no hieren pero tampoco ayudan. Cierran los ojos para no ver, hablan bajo para no ser señalados y se giran para no ofender. No desean el mal, pero temen el bien incluso cuando exige valentía. Son, sin quererlo ni desearlo, cómplices de todo desorden.
Y, por fortuna, quedan los buenos buenos, una rara avis en estos tiempos de estridencia y locura. Son quienes se atreven a señalar la ofensa venga de donde venga, quienes entienden que la convivencia exige límites y que callar ante la injuria es solamente una manera de permitirla. No buscan pleitos, pero tampoco los rehúyen cuando la dignidad y la paz está en peligro.
En este teatro social también actúan los envidiosos, los sembradores de discordia, los que viven del ruido y para el ruido. Y todos, absolutamente todos, compartimos acera, tren, supermercado y café. También —y aquí reside la ironía suprema— en esta sociedad que presume de plural y tolerante, todos somos todo, un poco buenos, un poco malos, un poco cobardes y un poco valientes. Quizá por eso nos cueste tanto entendernos… y tan poco irritarnos.
Larra escribió que «el mundo todo es máscaras, todo el año es carnaval», tal vez sea así. Pero lo que verdaderamente me inquieta es que algunos se empeñen en que la máscara sea lo único verdadero que tienen para su vida en sociedad.