2026: de guerras, ambiciones y sufrimiento
En un mundo atravesado por crisis simultáneas, los conflictos armados y las tensiones geopolíticas continúan expandiéndose y afectando la estabilidad económica, social y sanitaria en múltiples regiones. La competencia por influencia, recursos y seguridad, sumada a una creciente polarización de la ciudadanía a nivel global, ha intensificado enfrentamientos que se vuelven cada vez más peligrosos y letales.
Durante la última década, el número de conflictos armados activos se ha disparado, siendo que, en muchos casos, lejos de resolverse, se producen una serie de treguas transitorias que ocasionan focos posteriores de recrudecimiento de una violencia aún mayor.
En este contexto, estos son algunos de los focos más críticos del escenario internacional:
China y Taiwán: La tensión crece a medida que China refuerza su poder militar y reafirma su reclamación sobre la isla, mientras Taiwán se apoya en Estados Unidos para mantener su autonomía. En este escenario, un bloqueo chino —más probable que una invasión directa— podría desatar una crisis regional de gran escala.
Gaza: El territorio permanece devastado, con miles de personas sin acceso a servicios básicos: alimentos, agua, salud o vivienda. Las fuerzas israelíes mantienen el control de gran parte del territorio. La tensión persiste, y la posibilidad de una reanudación de la guerra sigue latente, con vidas humanas que continúan perdiéndose.
India y Pakistán: En abril de 2025, un atentado en India que acabó con la vida de 26 turistas desató la crisis más grave en años, lo que trajo como consecuencia ataques transfronterizos y más de 50 muertos antes de un frágil alto el fuego. La brecha militar entre ambos países se amplía, especialmente por el acelerado crecimiento económico indio.
República Democrática del Congo: Décadas de tensiones étnicas y la disputa por recursos minerales vuelven a empujar al este del Congo hacia el borde de una guerra a gran escala. El avance del grupo rebelde M23, que llegó a tomar la región de Goma, ha multiplicado la inestabilidad. El oro, el petróleo, el gas y minerales estratégicos como el cobalto, clave para las baterías del siglo XXI, son el motivo.
Rusia y Ucrania: La guerra iniciada en 2022 continúa reconfigurando la seguridad europea. El conflicto ha generado aumentos globales en los precios de la energía, los alimentos y la reconfiguración de alianzas militares. Las bajas rusas ya superan las estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, mientras los avances territoriales siguen siendo mínimos pese al enorme costo humano y material.
Sudán: El enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) arrastra al país a un colapso total. Las RSF controlan buena parte del oeste, incluida Darfur, mientras las SAF dominan la capital y el este. Millones de personas huyen, y el hambre ya es una amenaza masiva y cotidiana, sobre todo en los campos de refugiados que además continúan recibiendo a personas que escapan de sus países vecinos.
Estados Unidos y Venezuela: El 2026 inició con un ataque estadounidense a Venezuela que culminó en la toma de control del país. El liderazgo estadounidense anunció su intención de fomentar la instalación de empresas petroleras norteamericanas en el territorio venezolano, reconfigurando de manera dramática el tablero energético regional.
Todos estos conflictos comparten un entramado común: intereses económicos, rutas energéticas, comercio de armas, ambiciones territoriales y disputas ideológicas. La globalización ha hecho que cada guerra regional repercuta de inmediato en los mercados, las migraciones, la seguridad y la política interna de países que, en apariencia, están lejos del epicentro del conflicto. Sin atender las causas estructurales: desigualdad, autoritarismo, competencia por recursos y debilidades del sistema internacional, la guerra y la inestabilidad seguirán siendo parte persistente del paisaje mundial.
Pero no se trata solo de cálculos estratégicos ni de beneficios económicos. Detrás de cada conflicto hay vidas arrancadas, familias destruidas, hambre, enfermedad, desplazamiento y dolor. ¿Hasta cuándo la ambición de unos pocos seguirá condenando al planeta a la destrucción y a millones de personas a un sufrimiento que no les pertenece?