Más de 600 ciudadanos impulsan en Madrid La Plaza del Círculo para recuperar el consenso democrático

Círculo de Bellas Artes
La sociedad civil madrileña han sumado desde abril un espacio de debate impulsado en el Círculo de Bellas Artes que aspira a transformar la conversación pública desde el respeto, la pluralidad y la construcción de acuerdos.

En una España donde el desacuerdo parece haberse convertido en destino permanente y el debate público en campo de trincheras, un grupo de ciudadanos decidió en abril de 2025 ensayar algo distinto. No fundaron un partido ni una plataforma ideológica. Fundaron una plaza.

La iniciativa, denominada La Plaza del Círculo, nació en el entorno del Círculo de Bellas Artes, uno de los espacios históricos de reflexión cultural y social en Madrid. Desde entonces, más de 600 personas han participado en reuniones y jornadas abiertas con un objetivo común: recuperar el consenso como herramienta de avance colectivo.

El texto fundacional, titulado “En busca del consenso perdido”, define el proyecto como un espacio de sociedad civil donde “las personas son un fin en sí mismo y nunca un medio”. La metáfora elegida es deliberadamente sencilla: la plaza del pueblo, abierta a derecha, izquierda y centro, donde la diversidad no fragmenta, sino que convive.

Del disenso como final al disenso como tránsito

La Plaza parte de una crítica serena pero clara al clima actual: hemos normalizado la discrepancia permanente como punto de llegada. Sin embargo, el documento fundacional propone entender el disenso como un estadio transitorio entre dos consensos. No se trata de evitar el desacuerdo, sino de gestionarlo de manera que desemboque en soluciones compartidas.

Ese tránsito exige reconocer algo incómodo: todos operamos con sesgos y creencias limitantes moldeadas por nuestra historia personal. La grandeza democrática, sostienen sus impulsores, no radica en imponer la propia visión, sino en estar dispuesto a revisarla tras un debate honesto. Cambiar de opinión no es debilidad; es adaptación social.

En el texto fundacional se advierte contra quienes se presentan como depositarios exclusivos de la verdad —los “evangelistas iluminados”, en su expresión literal— y se reivindica la opinión madurada frente al dogmatismo. La democracia, recuerdan, no es una competición de consignas, sino un ejercicio consciente de deliberación.

Inteligencia colectiva frente a la batalla individual

La Plaza se define como un ejercicio de inteligencia colectiva. Frente a las “batallas yoicas” —como las denomina el documento— propone la construcción de prestigio compartido, donde nadie destaque por encima del conjunto. No se emiten comunicados grandilocuentes ni se buscan liderazgos mediáticos. La aspiración es más modesta y, al mismo tiempo, más exigente: generar propuestas desde la conversación democrática respetada.

Esa renuncia al protagonismo individual no es retórica. Forma parte del método. La legitimidad del espacio reside en que el autor es colectivo, y el resultado pertenece a todos los que participan.

Democracia, más y mejor

Uno de los primeros debates estructurados impulsados por La Plaza llevó por título “Democracia, más y mejor”. El propósito fue reunir a expertos y ciudadanos para examinar, sin apriorismos ideológicos, cómo fortalecer la calidad democrática en España. De ese proceso surgió un decálogo de propuestas consensuadas, concebido no como programa político, sino como aportación cívica susceptible de ponerse al servicio de instituciones, partidos y asociaciones.

El planteamiento de fondo interpela directamente al ciudadano: ¿es suficiente votar cada cuatro años? ¿Debe la conversación sobre la política con mayúsculas quedar limitada a los partidos?. La Plaza responde ampliando el espacio deliberativo sin pretender sustituir las estructuras representativas.

Temas que atraviesan la vida común

La agenda de debates no gira en torno a abstracciones. Se abordan cuestiones que afectan a la vida cotidiana: la salud mental en una sociedad acelerada, la desinformación que erosiona la confianza pública, el cambio climático y su impacto estructural, los derechos digitales en un entorno tecnológico cada vez más determinante o el acceso a la vivienda en grandes ciudades como Madrid.

La diversidad de perfiles —profesionales, académicos, ciudadanos sin adscripción política— no se percibe como un obstáculo, sino como condición de riqueza deliberativa. El respeto, insisten, es la norma básica que permite que la diferencia no derive en agresividad expositiva. En un tiempo de altavoces estridentes, reivindican el valor del matiz.

La tradición del trabajo común

Entre las imágenes que vertebran el ideario del proyecto aparece una referencia simbólica de fuerte carga cultural: el día anual en que los vecinos de los pueblos castellanos trabajaban juntos para el bien común. Durante esa jornada, recuerdan, se pensaba únicamente en el pueblo y no en los intereses individuales. La Plaza aspira a trasladar ese espíritu al ámbito contemporáneo del debate público.

No se trata de nostalgia, sino de método: recordar que el progreso social descansa en aquello que podemos hacer juntos, incluso —o especialmente— cuando pensamos distinto.

Psicología del intento frente a la distopía

Algunos observadores han calificado la iniciativa de utópica. Sus impulsores no rehúyen la etiqueta. Prefieren situarse en lo que denominan la “psicología del intento” antes que aceptar como inevitables las distopias de fragmentación y enfrentamiento permanente. Militantes del intento, dicen, porque la alternativa sería la resignación.

En apenas unos meses, el crecimiento hasta superar los 600 participantes sugiere que existe una demanda latente de espacios donde el desacuerdo no desemboque automáticamente en ruptura.

Del diálogo a la influencia

El reto ahora es convertir los consensos trabajados en aportaciones con impacto real. La Plaza no aspira a convertirse en actor político ni a capitalizar protagonismo. Su objetivo declarado es poner las conclusiones al servicio de quienes puedan implementarlas, manteniendo la independencia y la transversalidad.

Madrid, por su centralidad institucional y mediática, actúa como laboratorio cívico de esta experiencia. Que haya surgido en el Círculo de Bellas Artes añade un componente simbólico: la tradición ilustrada del debate racional aplicada a los desafíos contemporáneos.

La apuesta puede parecer discreta en tiempos de polarización acelerada. Pero quizá su fuerza resida precisamente en esa discreción. En la convicción de que la conversación democrática, cuando es respetuosa y orientada al acuerdo, no es un gesto menor. Es una condición de posibilidad.

Y si el resultado no alcanza grandes titulares, como recuerdan en su texto fundacional, al menos quedará el intento. Como en los pueblos de antaño, que nadie pueda negar el trabajo compartido. Y, si acaso, que nos quiten lo bailado.