Evacuaciones masivas en Irán y máxima presión de Estados Unidos
Más de quince países piden a sus ciudadanos abandonar el país mientras Washington endurece su discurso tras el fracaso de las negociaciones y crece el temor a una escalada con impacto global, energético y geopolítico.
La tensión en Oriente Medio ha entrado en una fase crítica. En las últimas horas, más de quince países —entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Alemania, Australia, China, India o Corea del Sur— han emitido alertas urgentes a sus ciudadanos para que abandonen Irán de inmediato, ante el deterioro acelerado de la situación de seguridad y el temor a una escalada militar de consecuencias imprevisibles.
Algunas embajadas han ido más allá de la mera recomendación de evitar viajes y han instado activamente a evacuar el país, incluso sugiriendo rutas terrestres alternativas a través de Turquía o Armenia, ante la posibilidad de un cierre del espacio aéreo o la suspensión de vuelos comerciales. El movimiento, inusual por su alcance y coordinación, refleja la percepción compartida de que la ventana diplomática se está cerrando.
Washington endurece su posición tras el fracaso diplomático
El aumento de las evacuaciones coincide con un endurecimiento explícito del discurso estadounidense tras el estancamiento de las conversaciones indirectas mantenidas en Ginebra con Teherán. El senador republicano Marco Rubio, una de las voces más influyentes en política exterior dentro del Partido Republicano, ha advertido en los últimos días de que Irán está utilizando la negociación como una estrategia de dilación mientras refuerza sus capacidades militares.
En la misma línea se expresó el expresidente Donald Trump, quien reconoció que Washington aún no ha tomado una decisión definitiva, pero dejó claro su profundo descontento con la actitud iraní.
“No estamos satisfechos con la forma en que están negociando. No pueden tener armas nucleares”, afirmó, sin descartar un escenario de uso de la fuerza si fracasa definitivamente la vía diplomática. Preguntado por el riesgo de una guerra prolongada o incluso de un cambio de régimen, Trump se limitó a señalar que “nadie lo sabe”, recordando la superioridad militar estadounidense y subrayando que su preferencia sigue siendo una solución negociada “de buena fe”.
Ginebra, la oportunidad que Irán dejó pasar
Según el análisis del abogado y exvicepresidente argentino Carlos Rachauf, las conversaciones celebradas en Ginebra representaban la última oportunidad real para evitar una confrontación directa. A su juicio, el bloqueo no se explica por la falta de propuestas viables, sino por la estructura de poder del propio régimen iraní.
Rachauf sostiene que el ministro de Exteriores iraní llegó a la mesa de negociación con las manos atadas, incapaz de aceptar dos condiciones consideradas básicas por Estados Unidos y sus aliados:
la renuncia definitiva a desarrollar armas nucleares —permitiendo únicamente el enriquecimiento de uranio con fines civiles y bajo garantías internacionales— y el freno a la acumulación de misiles balísticos capaces de alcanzar territorio israelí.
Incluso Rusia, aliada estratégica de Teherán, habría ofrecido una salida técnica para garantizar un uso pacífico del programa nuclear iraní. La negativa final, según este análisis, responde al poder absoluto del líder supremo, Alí Jamenei, y a una lógica ideológica que prioriza la confrontación externa sobre la estabilidad interna, en un país duramente castigado por la represión y la crisis económica.
El Estrecho de Ormuz, el verdadero punto de ruptura
Más allá del pulso político y militar, el epicentro estratégico del conflicto se sitúa en el Estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. Por este paso marítimo circula aproximadamente el 21% del petróleo crudo mundial y cerca del 23% del gas natural licuado que consume la economía global.
La negativa de varios países árabes —Arabia Saudí, Turquía o Egipto— a permitir que su territorio sea utilizado como base de operaciones ha llevado a Estados Unidos a concentrar una imponente estructura aeronaval en el Golfo Pérsico, con capacidad para actuar directamente desde Ormuz. Paralelamente, la Guardia Revolucionaria iraní ha intensificado maniobras con fuego real en la zona, elevando el riesgo de un incidente que actúe como detonante inmediato.
Consecuencias globales: energía, inflación y fragilidad europea
Los analistas coinciden en que un conflicto que se prolongue más allá de unos días tendría efectos económicos inmediatos y globales. La alteración del tráfico en Ormuz provocaría un fuerte repunte del precio del petróleo y del gas, con un impacto directo sobre la inflación internacional.
Estados Unidos, relativamente autosuficiente en términos energéticos, soportaría mejor el golpe. No ocurriría lo mismo con Europa, altamente dependiente de las importaciones, ni con China, uno de los mayores consumidores de crudo del mundo. Para la Unión Europea —y para España en particular— una crisis prolongada implicaría presión sobre los precios de la energía, los carburantes y, en última instancia, sobre el coste de la vida, en un contexto económico ya tensionado.
Un equilibrio internacional cada vez más inestable
A estas horas, el escenario sigue abierto. Nadie puede afirmar con certeza si la crisis desembocará en un conflicto breve y localizado o en una escalada de mayor alcance, con la implicación de actores como la OTAN, Rusia o incluso China. Lo que sí parece claro es que la diplomacia ha perdido peso frente a la lógica de la disuasión y la fuerza, y que el margen de maniobra se reduce con rapidez.
Irán aún podría evitar una confrontación directa, pero cada día que pasa refuerza la percepción de que el tiempo juega en contra de una solución negociada. Lo que está en juego no es solo la estabilidad de Oriente Medio, sino el frágil equilibrio energético, económico y geopolítico del mundo, en un momento en el que las grandes potencias parecen cada vez menos capaces —o menos dispuestas— a contener los conflictos antes de que estallen.