La rebelión infinita de Miranda. Entrevista con Fermín Goñi
Francisco de Miranda, el hombre que le dio nombre a Colombia, diseñó su bandera y murió en una celda española sin saber de qué se le acusaba
El politólogo, periodista y escritor vasco Fermín Goñi ha consagrado años de investigación rigurosa a rescatar del olvido al prócer más universal —y más injustamente silenciado— de la independencia hispanoamericana. El resultado es La rebelión infinita de Miranda, publicada por el Fondo de Cultura Económica e impresa en Caracas: una novela histórica de 400 páginas que restituye a Francisco de Miranda el lugar que la historia, cómplice de los vencedores, le negó.
Hay una categoría de hombres a quienes la historia no entierra por negligencia sino por cálculo. Personajes cuya grandeza resulta incómoda para el relato que otros construyeron sobre sus cenizas. Francisco de Miranda pertenece a esa estirpe maldita: venezolano de nacimiento, ciudadano del mundo por vocación y convicción, generalísimo de las tropas revolucionarias francesas, coronel en la corte de Catalina II de Rusia, conspirador infatigable en los salones de Londres y Philadelphia, mentor silencioso de Bolívar, San Martín y O’Higgins, arquitecto del nombre Colombia y diseñador de la bandera que ondeó antes que todas las demás. Murió en La Carraca, una prisión española en Cádiz, sin que nadie —ni sus carceleros ni la posteridad— supiera con precisión de qué delito exactamente se le acusaba. La historia lo condenó dos veces: primero a la celda, luego al olvido.
Fermín Goñi, politólogo, periodista y escritor forjado en el País Vasco, ha dedicado lustros enteros a devolverle el rostro. El resultado es La rebelión infinita de Miranda, publicada por el Fondo de Cultura Económica e impresa en Caracas —un gesto que no es casual ni decorativo—, una novela histórica de cuatrocientas páginas que se lee con la intensidad de un thriller y se sostiene con la solidez de una investigación académica. Goñi no inventa: reconstruye. No especula: documenta. Y al hacerlo, nos devuelve a un hombre que debería ocupar, en la memoria colectiva de América Latina, el mismo sitial que los siglos le han negado con injusticia rayana en la infamia.
Conversé largamente con Goñi sobre su libro, sobre la memoria fracturada del continente, sobre la relación trágica entre Miranda y Bolívar, y sobre un hombre que, según el propio autor reconoce con admiración apenas disimulada, tuvo la desgracia de nacer en el siglo equivocado.
¿Por qué Miranda? ¿Qué lo hace diferente de todos los demás próceres del panteón latinoamericano?
La respuesta de Goñi no parte de una biblioteca sino de un cuadro. Hace más de medio siglo, su familia —desplazada por las heridas abiertas de la Guerra Civil española— rehízo su vida en Venezuela. Un tío lo llevó ante el lienzo de Arturo Michelena, Miranda en La Carraca: la imagen del prócer vencido, sentado entre las sombras de su celda, con la mirada extraviada en algún horizonte que solo él alcanzaba a ver. Le regaló un libro. Goñi lo leyó siendo muy joven, lo releyó en la madurez, siguió leyendo durante décadas, y llegó a una conclusión que defiende con la serenidad de quien ha revisado la evidencia muchas veces: Francisco de Miranda es el personaje más apasionante que haya producido la historia universal. No lo dice con la arrogancia del entusiasta sino con la calma del estudioso. Y lo dice respaldado por V.S. Naipaul, Premio Nobel de Literatura y caribeño de sangre, quien lo definió con una frase que Goñi cita como si fuera un verso: “el primer sudamericano culto que el mundo conoció.”
“¿Cómo era posible que no existiera una novela sobre Miranda?”, se pregunta Goñi, con una mezcla de asombro y reproche que atraviesa la conversación como un hilo rojo. “A eso le dediqué muchos años. Este libro es el resultado.”
¿Qué importancia tiene Miranda para Colombia específicamente, para ese país que lleva un nombre que pocos saben que él le dio?
Aquí Goñi se detiene, elige las palabras con cuidado, y lanza una afirmación que debería figurar en todos los manuales de historia colombiana: fue Francisco de Miranda quien bautizó con el nombre Colombia al gran proyecto de nación hispanoamericana que soñaba libre y unida. Fue Miranda quien concibió y diseñó los colores de la bandera que hoy tremola en Bogotá, en Caracas y en Quito. Fue Miranda quien, con décadas de anticipación a Bolívar y a todos los que vinieron después, labró el terreno intelectual, político y masónico sobre el cual se edificó la independencia continental, no solamente en América Latina sino en las antiguas colonias británicas del norte y en los salones ilustrados de Europa.
Era un hombre que dominaba cinco idiomas con la soltura del nativo, que tocaba la flauta con maestría, que poseía una de las bibliotecas privadas más prodigiosas de su época —su Colombeia, archivo de cartas, diarios y reflexiones que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad en 2007—, que comandó un ejército de setenta mil hombres en la Francia revolucionaria, y cuyo nombre está cincelado para siempre en el Arco de Triunfo de París, entre Lafayette y los grandes capitanes del Imperio. Uno de los quinientos cincuenta y ocho generales inmortalizados en la piedra por la República francesa, que no era precisamente una nación dada a la generosidad con los extranjeros.
“Era un renacentista que nació en el siglo equivocado”, dice Goñi. “La vida de Napoleón, la de Julio César, la de Alejandro Magno: ninguna tiene la dimensión universal de Miranda. Y lo reconocieron hasta los franceses, que son profundamente chovinistas en sus afectos. Algo hizo bien Miranda para que incluso ellos se lo reconocieran.”
¿Rescatar a Miranda es un acto de justicia histórica o también una manera de disputar el relato dominante que ha minimizado a América Latina y a España en la narrativa universal?
Goñi rechaza la segunda parte de la pregunta con una elegancia que no excluye la firmeza. No escribe para disputar relatos ni para ajustar cuentas con ninguna hegemonía cultural. Escribe para evitar que un hombre de esa magnitud siga siendo invisible. “La historia la escriben los que ganan las guerras, no las batallas”, dice, y la frase cae con el peso de una sentencia inapelable. “Miranda murió en una cárcel española. Bolívar salió victorioso. Y así funciona la memoria colectiva: premia a los que sobreviven, no a los que tienen razón.”
¿Y la novela histórica como género? ¿Corrige la historia oficial, la reescribe, le impone nuevas subjetividades? Para Goñi, la respuesta es más modesta y más honesta que cualquier pretensión revisionista: “Los datos son los datos, las fechas son las fechas, los personajes son exactamente quienes fueron. Lo que yo hago es tomar una vida extraordinaria e inabarcable y reducirla a cuatrocientas páginas que se lean como se lee una novela, pero sabiendo en todo momento que lo que se narra sucedió en la realidad. No trato de cambiar el relato. Trato de que se sepa quién fue Miranda y cuál fue su obra.”
La relación entre Miranda y Bolívar es el nudo dramático del libro. ¿Cómo la describe usted: como una rivalidad, como una traición, como una tragedia griega?
Goñi no vacila: una tragedia. No una rivalidad entre iguales —porque no lo eran— sino el choque entre dos temporalidades, dos temperamentos, dos concepciones del poder y de la historia. Miranda era el generalísimo; Bolívar, un teniente coronel de ímpetu desbordante pero de autoridad todavía embrionaria. La distancia intelectual y jerárquica entre ambos era, en palabras de Goñi, “abismal”. Miranda había conocido a Washington, a Catalina II, al secretario de Estado de los Estados Unidos, a los reyes de Suecia. Bolívar había hecho un viaje de formación por Europa. No era la misma liga.
Pero llegó el momento en que la impaciencia de Bolívar se impuso sobre la prudencia de su maestro. Convencido de que Miranda había traicionado la causa al firmar un armisticio con las tropas realistas, Bolívar lo entregó a las autoridades españolas. A cambio, obtuvo un salvoconducto para huir hacia el Caribe. Miranda pagó con los años que le restaban de vida.
“Miranda no se rindió”, aclara Goñi con una convicción que parece personal, casi íntima. “El armisticio era una pausa táctica, un paso atrás para dar cincuenta hacia adelante. Era la lógica de un militar experimentado que había sobrevivido a Robespierre, que había esquivado dos veces la guillotina, que sabía que las revoluciones no se ganan en el primer embate. Bolívar no lo comprendió así, o no quiso comprenderlo. Y esa entrega fue, en la práctica, una sentencia de muerte ejecutada lentamente, en condiciones diseñadas para matar al espíritu antes que al cuerpo: sin libros, sin papel, sin la posibilidad de leer ni de escribir.”
¿Hubo en Bolívar algo de ego herido, de oportunismo calculado? Goñi matiza: “Más que ego, hubo una brecha generacional y una diferencia de percepción. Miranda llevaba cuarenta años fuera de Caracas. Cuando regresó, sus idiomas dominantes eran el francés y el inglés. Tenía una visión más utópica, quizás más ilustrada, de lo que la sociedad venezolana realmente era: un territorio con un analfabetismo del noventa y cinco por ciento, donde la gente no sabía qué ocurría más allá de su propio pueblo. Bolívar, más joven y más arraigado en esa realidad brutal, entendía mejor los tiempos. Pero eso no absuelve lo que hizo.”
Miranda recorrió medio mundo buscando apoyo para la independencia. ¿Era un estratega global o un eterno conspirador sin anclaje real?
La pregunta hace sonreír a Goñi. “Miranda recorrió el mundo porque quería conocerlo y porque sabía que las revoluciones no se hacen desde la soledad de una provincia. Se relacionó con reyes, emperadores, emperatrices, secretarios de Estado, comandantes militares. Pero más allá de esa red prodigiosa —que en gran medida explica la masonería, a la que perteneció toda su vida—, lo que movía a Miranda era una curiosidad insaciable, casi renacentista en su amplitud. Su descripción del Palacio Ducal de Venecia, recogida en la Colombeia, es de una belleza y una perspicacia que no he encontrado en ningún otro viajero de su época. Tenía madera de escritor, sin duda. Lo que no tuvo fue tiempo.”
Era, dice Goñi, un lobo solitario que luchó siempre contra todos los elementos y contra casi todos los hombres. Logró sobrevivir a Robespierre dos veces. Logró que los franceses lo reconocieran como general de sus ejércitos siendo extranjero. Logró convencer a Catalina II de que lo recibiera en su corte. “Pero le faltó equipo”, admite Goñi. “Le faltó el entorno que convierte las ideas en realidad. Era un hombre del tamaño de un continente que operaba con los recursos de un individuo.”
¿Miranda fue un visionario adelantado o un revolucionario condenado al fracaso por su propia naturaleza?
“Fue las dos cosas”, responde Goñi, “y esa tensión es precisamente lo que lo hace tan fascinante como personaje literario y tan doloroso como personaje histórico.” Miranda fue el primero en concebir un canal interoceánico en el istmo de Panamá —hace doscientos cincuenta años, cuando nadie más había articulado siquiera la idea. Elaboró una constitución para la América hispana unida. Inició en la masonería a quienes después ejecutarían la independencia. Tuvo razón en casi todo, con una anticipación que la historia no supo ni quiso reconocerle.
Pero su grandeza intelectual era también su limitación política. “Fue un hombre que siempre confió demasiado en la palabra dada”, dice Goñi. “Confió en el armisticio que firmó con el capitán realista Domingo Monteverde, y esa confianza fue su ruina. La lección que Miranda encarna es brutal: no se puede construir una revolución sobre la fe en el honor del adversario.”
¿El eclipse de Miranda frente a Bolívar es merecido o es una injusticia que este libro viene a reparar?
“No lo eclipsó Bolívar”, responde Goñi con una precisión que desmonta el equívoco más extendido sobre este período. “Lo eclipsó la historia con H mayúscula, que es implacable y selectiva: recuerda a los que ganaron la guerra final, no a los que hicieron posible que otros la ganaran. Miranda formó a todos. A Bolívar le enseñó lo que sabía. A San Martín lo conoció en España. A O’Higgins lo tuvo de alumno en Londres. Y a todos los inició en la masonería, que era en aquella época la red de inteligencia más sofisticada del mundo atlántico. Sin Miranda, la independencia hubiera llegado de todas formas —era el signo de los tiempos, irreversible—, pero hubiera tardado más y costado más. Y eso la historia no se lo reconoció.”
¿Qué tiene Miranda que decirle a una América Latina que en 2026 sigue fragmentada, ideologizada y en muchos casos fallida como proyecto político?
Goñi se detiene. Cuando responde, hay en su voz algo que oscila entre la melancolía y la indignación contenida. “Si Miranda resucitara hoy, creo que volvería a la tumba horrorizado. Él fue el primero en hablar de la patria común, de la América hispana como unidad política, cultural y moral. Soñó con para ese continente lo que Europa construyó después de siglos de guerras fratricidas: una unión de naciones soberanas que reconocieran su interdependencia. Era lo que querían los próceres. Y seguimos sin llegar a ese paso.” Hace una pausa. “Hoy América Latina está más fragmentada que nunca, más llena de antagonismos, más rehén de sus propias divisiones. Y en eso España tampoco ha ayudado, aunque la responsabilidad es ya, y desde hace mucho, exclusivamente latinoamericana.”
¿Qué pesa más en el legado de Miranda: sus ideas o sus fracasos?
“Las ideas, sin ninguna duda”, responde Goñi. “Al fin y al cabo, todos fracasamos en algún momento de la vida. Pero no todos tenemos ideas. Miranda es, ante todo, un producto extraordinario de la inteligencia humana. Un héroe al que la historia hizo invisible. Y eso es precisamente lo que La rebelión infinita de Miranda intenta, con toda la humildad que exige el género, comenzar a corregir.”
Ya para cerrar: ¿seguirá usted explorando estos territorios de la historia olvidada de América Latina?
Goñi sonríe con la satisfacción cautelosa de quien guarda un secreto que le pesa en los bolsillos. “Habrá una obra más, que espero publicar el año que viene, sobre un personaje que no voy a revelar todavía. Lo único que diré es que está en la cúpula. En las alturas absolutas.” Después de eso, dice, cerrará su ciclo de novela histórica. “Para un escritor, este género es una tortura hermosa. El período de investigación, la obligación de contrastar cada dato, de mantener el rigor sin sacrificar la belleza narrativa: todo eso exige un mínimo de cinco años por libro. En cinco años se pueden escribir cuatro o cinco novelas de ficción. Pero también es cierto que en cinco años de ficción no se rescata a Francisco de Miranda.” Pausa. “Y Miranda valía esos años.”
La rebelión infinita de Miranda, de Fermín Goñi. Fondo de Cultura Económica, impreso en Caracas, 2025. Disponible en librerías de América Latina y España.
Entrevista realizada en la Filbo (Feria internacional del libro de Bogotá)