Rafael Amargo, su nueva etapa creativa entre flamenco, electrónica y cine

Rafael Amargo

Charlamos con el bailaor y coreógrafo granadino tras más de 25 años de carrera, repasando sus hitos, premios y nuevos proyectos.

Con más de un cuarto de siglo sobre los escenarios, Rafael Amargo es uno de los creadores que mejor simbolizan el cruce entre la tradición flamenca y la vanguardia escénica. Se formó muy joven con maestros como Ciro y Alejandro Granados y llegó a trabajar con figuras de la talla de Antonio Canales y Mario Maya antes de fundar su propia compañía. En 1997 debutó con La garra y el ángel, y a partir de ahí encadenó obras que marcaron un hito: Amargo (1999), nominada a varios Premios Max y elegida mejor espectáculo de danza por los lectores de El País; Poeta en Nueva York (2002), que reunió a más de 41 000 espectadores en treinta y dos funciones y le valió el premio a mejor bailarín y mejor espectáculo; y propuestas que mezclaban flamenco, teatro, tap o hip‑hop como Enramblao, DQ… Pasajero en Tránsito o Tiempo Muerto. Su trayectoria ha sido reconocida con cuatro Premios Max, el premio internacional Positano Leonide Massine y el galardón de la APDE; además, el Gobierno de España le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2016 y la Junta de Andalucía le otorgó la Medalla de Andalucía.

Ahora atraviesa un momento de reinvención. Después de años de éxitos rotundos y episodios judiciales que han ocupado titulares, el artista granadino se sitúa ante un panorama en el que su universo creativo se expande y se abre de nuevo al público. No se trata de un regreso en sentido literal, sino de un salto hacia adelante: su espectáculo Alá ¡Iré! se ha convertido en un fenómeno teatral con teatros llenos y ovaciones prolongadas. La producción fusiona flamenco, danza contemporánea y break dance, demostrando la madurez de un creador que considera que la danza es un territorio libre. Paralelamente, Amargo impulsa el álbum Flamencograma, prepara la edición nacional de su novela El hijo de la Macorina y celebra la expansión de su primera película como director, Pura y Alma.

Su carrera profesional es una de las más prolíficas del flamenco contemporáneo. ¿Cómo recuerda sus primeros pasos y cuáles considera los hitos de su trayectoria?

Empecé bailando casi niño, con maestros como Ciro y Alejandro Granados; luego formé parte de compañías de Antonio Canales y Mario Maya y bailé en Japón en el prestigioso tablao El Flamenco, donde pude coreografiar para Yuriko Yoda. Estudié la técnica de Martha Graham en Nueva York. A los 23 años monté mi propia compañía y estrené mi primer espectáculo, La garra y el ángel, en 1997. Después llegó Amargo, que fue un éxito rotundo y me dio varios Premios Max; fue elegido mejor espectáculo de danza por los lectores de El País. Poeta en Nueva York, en 2002, me consagró: tuvimos 41 000 espectadores en treinta y dos funciones y el montaje fue considerado espectáculo de la década. Vinieron Enramblao, DQ… Pasajero en Tránsito y Tiempo Muerto, donde seguí mezclando flamenco con contemporáneo, hip‑hop y tap. He recibido cuatro Premios Max, el Positano Leonide Massine y el APDE Award, y más recientemente la Medalla de Oro de las Bellas Artes y la Medalla de Andalucía. Esas obras y reconocimientos son los pilares de mi carrera.

Recibió la Medalla de Oro de las Bellas Artes y la Medalla de Andalucía, entre otros reconocimientos. ¿Qué representan esos premios para usted?

Son reconocimientos que me emocionan porque vienen de mi tierra y de mi país. La Medalla de Oro de las Bellas Artes la recibí en 2016 junto a grandes artistas; me hizo sentir parte de una tradición que valoro. La Medalla de Andalucía me la entregaron en febrero y al recogerla dije que me sentía orgulloso de ser andaluz. No hago arte para ganar premios, pero es bonito saber que tu trabajo ha dejado huella.

Empecemos por su presente: muchas personas hablan de Alá ¡Iré! como su regreso. ¿Cómo lo definiría usted?

No me siento como quien vuelve de un retiro. Alá ¡Iré! es una expansión. Partimos del flamenco visceral y lo mezclamos con danza contemporánea y break dance porque así late el mundo hoy. Creo profundamente que la danza es un territorio libre; es normal que convivan estilos, que lo ancestral dialogue con lo urbano. El título une “Alá”, lo sagrado, e “Iré”, palabra yoruba que significa bendición; es una invocación luminosa que conecta con el público, y eso se ha notado en los teatros llenos y en las ovaciones.

¿Qué ha significado para usted este éxito después de un periodo complicado a nivel personal y mediático?

Sobre todo alivio y ganas de seguir trabajando. He vivido momentos muy duros y, aunque fui absuelto, algunos medios han seguido alimentando un relato que no me corresponde. Alá ¡Iré! me ha permitido volver a la esencia: crear y bailar. Me emociona ver a la gente en pie al terminar una función. Esas ovaciones de diez minutos son un diálogo de cuerpo a cuerpo. También reivindico que se me juzgue por mi arte, no por titulares sensacionalistas. Afronto 2026 con energía, con nuevos proyectos y con la ilusión intacta.

El espectáculo incorpora elementos electrónicos y proyección audiovisual. ¿Cómo concibió la música y la puesta en escena?

Me acompañé de Dany Cohiba, un productor internacional que ha sido clave en esta etapa. Juntos creamos una banda sonora que mezcla flamenco, electrónica, música brasileña y boleros. La música no está al servicio del baile; es una pieza más en escena. También apostamos por un elenco plural –bailaores, bailarines de danza contemporánea y breakers– y por un dispositivo visual que envuelve al público. La dramaturgia, el vestuario y la luz son orgánicos, fruto de una misma poética.

Y el futuro inmediato: ¿seguirá de gira Alá ¡Iré! en 2026?

Sí, seguimos con la gira. Hemos estado en el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial, en Serranillos del Valle y en el Centro Comarcal de Humanidades de La Cabrera. La acogida ha sido tan grande que mantendremos funciones y ya estamos cerrando nuevas plazas para 2026. Las contrataciones están abiertas. No me conformo con tener un espectáculo en cartel; quiero que respire y crezca con la gente.

Su inquietud creativa también se ha volcado en la música con Flamencograma. ¿Qué le llevó a producir un álbum de electrónica y flamenco?

Flamencograma nace de la misma pulsión que mis espectáculos: entender el flamenco como un organismo vivo. Son quince temas en los que el duende convive con el deep house, el tribal y la poesía. Hay versos de Federico García Lorca, Mario Benedetti y Leonard Cohen que se transforman en ritmo. Estrenamos el disco el 20 de noviembre y hemos sacado una edición especial en vinilo para melómanos. En directo, el proyecto se convierte en una experiencia híbrida entre tablao y club.

En el ámbito literario, prepara la presentación nacional de su novela El hijo de la Macorina. ¿Qué puede adelantarnos?

Es mi primera novela y la escribí en un momento muy difícil. Se presentó el pasado mes de septiembre en el Foro de Encuentros con la Cultura del Trocadero Arena de Marbella. La historia comienza con dos desconocidos que se conocen a través de una app de citas: Tino Juantxo, cubano y apasionado del flamenco, y Evarí Juandoro, española de raíces profundas; descubren que son hermanos. A partir de ahí se abre un viaje entre Nueva York, Granada y La Habana donde se cuestiona la identidad, la familia y el destino. Es una obra que me salvó en la cárcel: me obligó a levantarme y a inventar mundos. Ahora, tras la presentación oficial, seguiré realizando encuentros y firmas para compartirla con el público.

También se estrenó como director con el cortometraje Pura y Alma. ¿Cómo surgió esa película?

Desde hace años tenía la necesidad de llevar mi lenguaje al cine. Pura y Alma se estrenó en el Festival de Cine de Granada, donde recibió la nominación a Mejor Cortometraje LGTBI. La historia la escribí y la dirigí yo, y trata sobre Pura y Alma: dos mujeres que se enamoran y quieren ser madres pese a los obstáculos que encuentran en una relación LGTBI, especialmente con la discapacidad de Alma. Me inspiré en personas cercanas. Es una película sobre la diversidad, el amor y la fuerza de las mujeres. Luciana Bonn, mi socia y compañera de vida, protagoniza el papel de Pura y coproduce la cinta, asegurando que cada detalle artístico mantenga coherencia. La respuesta del público ha sido emocionante.

Habla de Luciana Bonn como socia y compañera. ¿Qué representa ella en su universo creativo?

Luciana es el pilar de mi compañía. Es actriz, productora y gestora cultural; desde 2018 me acompaña en cada proyecto. Juntos fundamos La del Poncho Rojo AIE, la productora desde la que generamos nuestros espectáculos y proyectos audiovisuales. Su trabajo atraviesa la concepción, la puesta en escena y la distribución de nuestras obras. Además, es mi pareja y eso nos da una complicidad que se nota en cada creación. Sin ella, mi universo no sería tan sólido ni tan coherente.

En sus espectáculos sus padres también tienen presencia. ¿Qué importancia tienen en su proceso creativo?

Mi familia es mi raíz. Mi madre diseña y confecciona el vestuario de mis obras. Cada traje lleva su amor, su memoria y nuestra tierra. Mi padre me acompaña desde siempre y es el núcleo afectivo que sostiene al artista. En un mundo donde la creación está industrializada, trabajar con mis padres me recuerda que el arte nace en casa. Ellos me permiten mantenerme fiel a quien soy.

¿Qué sueña para esta nueva etapa? ¿Hay algo que le gustaría que ocurriera?

Sueño con normalidad. Con que se hable de mis proyectos y de mi arte; con poder hacer giras por España y por el mundo. Tengo nuevos espectáculos en mente, colaboraciones y una película en desarrollo. Espero que la gente siga emocionándose con mi obra y que seamos capaces de abrir espacios para la diversidad y la libertad.