María Asunción Mateo: “Ni las victorias ni las derrotas son definitivas”

María Asunción Mateos, en la promoción de su anterior libro

Una reflexión sobre la fragilidad del éxito, la identidad creadora y la capacidad de reconstruirse frente al fracaso.

Hay escritores que publican libros. Y hay escritores que viven dentro del lenguaje. María Asunción Mateo pertenece a los segundos. Durante décadas ha estudiado, explicado y narrado la vida y la obra de los grandes nombres de la literatura española. Ha investigado la Generación del 27, ha analizado versos, ha reconstruido trayectorias. Ha sido profesora. Ha escrito ensayo, poesía, literatura infantil. Y ahora, con Conquistarás la lluvia, da un paso que, en realidad, llevaba años madurando en silencio.

Es su primera novela publicada. Pero no es su primera novela escrita.

“Tengo cuatro”, dice con serenidad. “Esta es la primera que publico, pero tengo cuatro”. Una de ellas, Las lunas que se han ido, acaba de recibir el Premio de Narrativa Camilo José Cela de la Diputación de Guadalajara y verá la luz próximamente. Otra está terminada y aún la retoca. “Soy exageradamente perfeccionista. Una novela nunca está acabada. Siempre le doy vueltas. Eso no quiere decir que luego salga fantástica, pero no dejo de revisarla”.

Durante años, su dedicación estuvo centrada en la poesía. Ha estudiado a autores como Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Gabriel Celaya o Rosa Chacel. Y, naturalmente, su vida estuvo unida a la de Rafael Alberti, cuya memoria literaria ha custodiado con rigor y fidelidad.

“Mi debilidad era la poesía. Y sigue siendo”, reconoce. Quizá por eso, incluso en la novela, late una respiración lírica. No escribe desde la urgencia ni desde la moda. Escribe desde el idioma.

“Lo que más me fascina es tratar el lenguaje como merece. No maltratarlo. Utilizar un vocabulario amplio, pero asequible. Escribir bien no es escribir para cuatro intelectuales. Es que te entiendan intelectuales y no intelectuales”.

En Conquistarás la lluvia, la protagonista se llama Amira. Es novelista. Ha gozado de prestigio. Ha conocido el reconocimiento. Hasta que su última obra fracasa.

Y ese fracaso —que podría parecer un episodio más en una trayectoria literaria— se convierte en una grieta interior.

“No puede digerirlo”, explica Mateo. “Entra en una crisis tremenda. No solo afecta a su creación, también a su vida privada”. A partir de ahí, la novela alterna tiempos, voces y planos. Se mezclan fragmentos de la obra que Amira está escribiendo con escenas de su vida cotidiana. Se combinan primera y tercera persona. Se rompe la linealidad temporal.

No es un recurso formal gratuito. Es la forma en que la conciencia se fragmenta cuando la identidad tambalea.

En la vida de Amira aparecen tres hombres. Ninguno es accesorio. Cada uno representa una necesidad distinta. Cada uno ofrece algo que ella, en ese momento, cree necesitar. Y, sin embargo, no son ellos el verdadero núcleo de la historia.

Hay un suceso grave —que la autora no revela— que transforma definitivamente la trayectoria del personaje. No es un golpe de efecto. Es un punto de inflexión existencial. Y es ahí donde la novela deja de ser la historia de un fracaso literario para convertirse en una reflexión sobre la resistencia.

“Lo que he sacado en claro escribiéndola”, dice, “es que uno siempre puede salir adelante. Siempre. Por encima de cualquier barrera, de cualquier tragedia personal, de cualquier envidia o crítica. Hay que tener la suficiente claridad mental para recordar que tanto las victorias como las derrotas nunca son definitivas”.

La afirmación no nace del optimismo ingenuo. Nace de la experiencia.

“Si no tienes un mínimo de optimismo, no puedes seguir adelante. Es imposible”.

En la novela también se percibe un malestar con el ambiente cultural contemporáneo. Amira siente rechazo hacia un entorno donde la cultura, sugiere Mateo, ya no se escribe con mayúscula. Donde determinados autores ocupan espacios más por afinidades ideológicas que por la calidad de su obra. Donde la literatura parece fabricarse a medida del mercado.

“Está todo hecho muy a la medida de lo que necesita el público”, reflexiona. “Y el éxito es muy frágil. Muy frágil”.

Frente a esa lógica de inmediatez, ella reivindica la tradición.

“La originalidad no puede estar reñida con la tradición. Procedemos de quienes escribieron antes, de quienes compusieron música, de quienes descubrieron cosas maravillosas. Eso es la cultura. Podemos romper con lo que no sea bueno para el ser humano, pero no con todo”.

Habla también de los jóvenes. No desde la descalificación, sino desde la constatación de una velocidad distinta. “Ahora parece que todo es éxito, éxito, éxito. Pero escribir también necesita vivir. Las vivencias crean un poso. Conoces personas, situaciones, y todo eso se queda dentro. Luego, cuando te sientas ante la página en blanco, aparece”.

Amira, su protagonista, es una mujer independiente. Pero no autosuficiente. “No quiere decir que no necesite a nadie. Como todos, necesita afecto”. La amistad, de hecho, se revela como uno de los pilares silenciosos de la novela. Más allá del prestigio, más allá de los hombres, más allá del reconocimiento.

Formalmente, Conquistarás la lluvia tiene estructura circular. “El principio y el final conectan. No son iguales, pero guardan una estructura casi idéntica. El contenido varía. Por eso puede considerarse un relato circular”.

Se comienza en un punto emocional y se regresa al mismo lugar transformado.

Quizá esa sea, en el fondo, la metáfora del libro: no evitar la lluvia, sino conquistarla.

A sus años —que menciona con naturalidad, sin solemnidad—, María Asunción Mateo escribe durante horas. A veces sin darse cuenta de que el día ha pasado. “Me pongo a escribir y se me va el tiempo. Y a estas alturas de mi vida, que algo te apasione es lo mejor que puede sucederte”.

Conquistarás la lluvia no es solo una novela sobre una escritora que fracasa. Es una meditación sobre la identidad, sobre la fragilidad del reconocimiento, sobre la dignidad del lenguaje y sobre la posibilidad —siempre abierta— de reconstruirse.

Porque, como sostiene su autora, ni el éxito es eterno ni la derrota es definitiva.