Ricardo de la Torre y Daniel García (60ND): "Nuestra tecnología simula el movimiento real de los órganos para probar fármacos sin necesidad de usar animales"
¿Es posible testar un nuevo medicamento reproduciendo el latido del corazón o la respiración de un pulmón sin tocar a un solo ser vivo? Una spin-off española nacida de la Universidad Carlos III ha desarrollado una tecnología pionera que fusiona IA y modelos físicos para replicar el entorno mecánico de las células, acortando tiempos y abriendo la puerta al fin de la experimentación animal.
El viaje de un nuevo medicamento desde que surge en la mente de un científico hasta que aterriza en el botiquín de una farmacia suele ser una carrera de obstáculos larga. En ese proceso, las primeras fases de laboratorio siempre se han topado con la misma barreral: la frustración de intentar predecir cómo reaccionará un órgano humano vivo y en constante movimiento mirándolo a través de una placa de plástico rígida e inmóvil. Hasta ahora, la única alternativa para saber si una molécula funcionaba o no pasaba por la experimentación animal; un método que plantea dilemas éticos y que puede quedarse corto a la hora de reflejar nuestra realidad.
Para cambiar ese viejo paradigma científico se ha aliado un equipo de ingenieros y biólogos madrileños. Su propuesta, cuyos primeros cimientos técnicos comenzaron a moldearse en la Universidad de Oxford, es una tecnología capaz de imitar las fuerzas mecánicas de nuestro cuerpo mediante un sofisticado software predictivo alimentado por Inteligencia Artificial. No se trata de un experimento teórico, sino de una herramienta real que ya cuenta con apoyo financiero de la Unión Europea y aspira a cambiar la industria farmacéutica. En las siguientes líneas, sus fundadores explican a El Diario de Madrid en qué consiste esta innovación, el desafío de convencer a los gigantes del sector y el camino para lograr una investigación sanitaria sin sufrimiento animal.
Para alguien que no conoce vuestra empresa ni vuestro proyecto, ¿cómo se lo explicáis de forma sencilla, para que lo entienda incluso una persona mayor?
Ricardo: Hay una cosa muy fácil de entender: cuando estás vivo, tu corazón late y eso genera movimiento; tus pulmones se expanden y se contraen al respirar, y eso también es movimiento. Hasta ahora, la medicina y los nuevos fármacos solo se podían probar sobre entornos con movimiento cuando se experimentaba en animales o en personas. En las fases iniciales en un laboratorio, en una placa de plástico quieta, no podías replicar eso.
Nuestra tecnología, que llevamos desarrollando desde que Daniel García, cofundador científico empezó la investigación en Oxford en 2019, lo que hace principalmente es simular en un laboratorio cómo se comportan las células cuando se mueven en los órganos en la vida real. Al replicar ese movimiento en una fase preclínica muy temprana, somos capaces de identificar cuándo un fármaco va a fallar porque no es compatible mecánicamente con el órgano, o incluso descubrir nuevas familias de fármacos que pueden funcionar al identificar mecanismos ocultos con los que pueden curar la enfermedad.
¿Hacia qué enfermedades os estáis dirigiendo y cuáles tenéis ya en fase comercial?
Daniel: Prácticamente casi todas las enfermedades tienen un factor mecánico, y esa es a la vez la dificultad y la belleza de esta tecnología. Actualmente nos estamos centrando sobre todo en la oncología. En el cáncer, el entorno mecánico influye en tres cosas principales. Primero, cuando tienes un tumor, cambia todo el tejido de alrededor y crea una barrera física que actúa como un obstáculo para que entre el propio fármaco o la inmunoterapia. Segundo, estos efectos mecánicos cambian por completo el desarrollo del tumor, y activa las células para que se multipliquen mucho más rápido. Y tercero, cambia cómo se mueven. Si piensas en términos mecánicos, nuestro esqueleto y nuestros músculos nos permiten andar; en el término de una célula tumoral, esa mecánica es lo que le permite migrar mucho más rápido, es decir, provocar la metástasis.
¿Cómo surge la idea de dar el salto del laboratorio al mundo de la empresa?
Daniel: Esto surge en el laboratorio, es ciencia muy básica que viene de los proyectos del Consejo Europeo de Investigación, que representa la excelencia de la ciencia básica europea. Yo estaba en Oxford trabajando con temas de mecánica cerebral y polímeros. Al llegar a Madrid, nos dimos cuenta de que existía un espacio enorme que nadie estaba sabiendo abordar: cómo llevar toda esa mecánica celular a un entorno dinámico de ensayos preclínicos. Eso no existía comercializado, ni siquiera a nivel de ciencia básica. Fueron cinco años desarrollando todo esto desde cero en la Universidad Carlos III.
Ricardo: Cuando me incorporé yo para llevar la parte de negocio, vimos la oportunidad de "productizar" esto, de empezar a trasladar este conocimiento más allá de las fronteras de la ciencia y llevarlo directamente a la industria farmacéutica.
En esos cinco años de desarrollo me imagino que no habéis dejado de evolucionar el producto.
Daniel: Seguimos investigando y explorando porque hay muchísimas cosas que todavía podemos aportar a esta tecnología. Por ejemplo, si ahora mismo somos capaces de hacer ensayos dinámicos que duren 24 horas, ¿por qué no hacerlos de un mes? Para lograr eso necesitas cambiar la tecnología para que las células puedan seguir viviendo en el cultivo durante semanas. Estamos mejorando el sistema en direcciones que generen un impacto mucho mayor y que supongan elementos diferenciales que hoy en día no existen en la industria farmacéutica.
A nivel personal, ¿cómo se vive este proceso de transferencia tecnológica en un país como España?
Ricardo: A mí me está encantando porque sirve como el vehículo para que la ciencia puntera y disruptiva no se quede encerrada en un laboratorio. He visto mucho el escenario de la ciencia básica en España, donde se hacen cosas increíbles que luego nunca alcanzan a la industria. Nos choca muchísimo que, con la gente tan buena que hay aquí a nivel top en el entorno biotech, cuando te aproximas a las farmacéuticas te das cuenta de que la innovación no se genera en España. Queremos que la empresa sirva para demostrar que sí se puede y, poco a poco, ayudar a crear este ecosistema de transferencia dentro de Madrid, de España y de Europa.
¿Dónde estáis realizando principalmente vuestros ensayos a nivel geográfico?
Ricardo: Si hablamos de ensayos enfocados a evolucionar la tecnología desde el punto de vista científico, colaboramos a nivel global entre España, Europa y Estados Unidos. Si nos centramos en el avance con la industria farmacéutica, estamos empezando primero en España con el nivel de industria que hay aquí, pero esperamos dar el salto definitivo a Europa el año que viene. Esto va a ser posible gracias a que hemos sido beneficiarios del EIC Transition, un "grant" muy importante de la Consejo Europeo de Innovación que ayuda precisamente a trasladar ciencia básica a la industria. Hemos conseguido un total de unos 3 millones de euros de financiación para poder dar este gran salto.
¿Cómo está conformado el equipo actual de la compañía?
Ricardo: Ahora mismo somos un equipo nuclear de 8 personas, pero el equipo extendido es bastante más grande. Mantenemos una colaboración muy estrecha con el laboratorio de la Universidad Carlos III, que es donde nació la tecnología y que, de hecho, sigue estando en el capital de la empresa como la spin-off que somos. Además, contamos con asesores y patrocinadores de primer nivel tanto en Europa como en Estados Unidos.
¿Cuál ha sido el mayor reto tecnológico al que os habéis enfrentado en este camino?
Daniel: El verdadero reto ha sido la estandarización. Cuando vienes de la ciencia básica en la universidad, haces algo adaptado a las condiciones de tu propio laboratorio; todo es reproducible allí y te parece genial. El problema empieza cuando intentas implementar esa tecnología en distintos laboratorios de diferentes farmacéuticas. Te das cuenta de que lo que tienes no está estandarizado. Desde fuera, la percepción es que cuando sales del laboratorio ya tienes el 90% del producto, pero la realidad es que ese último 10%, el cómo escalar el hardware y hacer que todo sea reproducible y robusto en manos de cualquiera, es un reto bestial.
Cuando haces ciencia básica tiendes a hacer cosas muy "ad hoc", pensadas para el caso de uso concreto que tienes encima de la mesa; no piensas en estandarizar porque lo que buscas es ser el único que logre ese hito científico. Pero una vez que lo consigues y pasas al mundo del negocio, tienes que pensar a gran escala: ¿cómo hago para que esto le sirva al resto? Ese salto es clave, porque el único foco de la industria farmacéutica es hacer las cosas en paralelo, de forma masiva y milimétricamente repetible.
¿Qué respuesta os está dando el sector farmacéutico cuando les presentáis vuestra propuesta?
Ricardo: El feedback técnico sobre la tecnología es muy bueno; nos reconocen que esto que hemos creado aporta una dimensión mecánica que ellos no tenían en cuenta a la hora de hacer estudios preclínicos antes de llegar a animales y humanos. Sin embargo, nos encontramos con una reacción un poco mixta a la hora de concretar colaboraciones comerciales. Nuestro dispositivo es eminentemente para departamentos de I+D, y la realidad es que en España el ecosistema farmacéutico no está maduro en esa fase; no tenemos las sedes de las grandes multinacionales mundiales de desarrollo de fármacos. Muchas veces la respuesta que escuchamos es dura: "Esto que hacéis es buenísimo, pero tenéis que iros a venderlo a Boston, a Suiza o a Singapur".
Mirando hacia atrás, ¿cuál ha sido el momento más reconfortante o el hito del que os sentís más orgullosos?
Daniel: Yo me lo llevo al terreno personal. Hace unos meses hicimos una comida con todo el equipo para poner en común las sensaciones de cada uno. En el día a día no eres consciente de lo que estás evolucionando, pero el pararte, echar la vista atrás con el equipo y ver todo lo que hemos construido en tan poco tiempo, y ver que todos compartían ese mismo orgullo, para mí fue el momento más reconfortante.
Ricardo: El mío va muy ligado a eso. Fue el día que convencimos a la primera persona que no era un amigo ni un conocido directo para que se uniese al equipo. En la fase inicial éramos tres "locos" con una idea en la que creíamos mucho. Pero el momento en el que eres capaz de convencer a un profesional externo para que deje su puesto de trabajo estable y se tire a la piscina contigo... eso fue una validación interna, emocional y personal, tremenda. Nos demostró que éramos capaces de convencer a otros de que esto tenía sentido.
¿Cómo ha sido la estrategia de financiación del proyecto hasta el momento?
Ricardo: La etapa inicial de ciencia básica se financió con fondos europeos destinados puramente a la investigación, como el Consejo Europeo de Investigación. Al dar el salto a la empresa, conseguimos el apoyo del Centro para el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (CDTI) a través del programa NEOTEC, lo cual supuso un apoyo clave porque nos permitió contratar a las dos primeras personas del equipo.
A partir de ahí se generó una cascada de conexiones que culminó en una ronda de inversión con un Business Angel del que solo tenemos buenas palabras; nos ayuda muchísimo aportando contactos de calidad. El último gran hito ha sido el EIC Transition de la Comisión Europea, que inyectó 2,5 millones de euros al proyecto. De más de 600 proyectos presentados en toda Europa este año, solo lo consiguieron tres españoles, y solo dos éramos compañías privadas.
¿Qué es lo que más necesita el proyecto ahora mismo para acelerar? ¿Menos regulación, más capital...?
Ricardo: Muchos proyectos de salud se quejan de la regulación, pero nosotros tenemos una gran ventaja competitiva: no necesitamos estar regulados de la misma forma porque vendemos equipamiento de laboratorio para fase preclínica. Nada de lo que hacemos toca inmediatamente al paciente, que es cuando la regulación endurece los procesos. Nos saltamos ese "valle de la muerte" regulatorio.
Lo que realmente necesitamos son dos cosas. Primero, clientes farmacéuticos lo suficientemente maduros como para apostar por una tecnología nueva que va a cambiar su forma de trabajar. Y segundo, más que dinero a secas, lo que necesitamos es smart money (dinero inteligente). Que te den capital está bien, pero si no viene acompañado de contactos, know-how y experiencia sectorial, no genera impacto. Buscamos inversores experimentados específicamente en Life Sciences y en modelos de negocio de I+D profunda.
Más allá del mercado, ¿qué dificultades técnicas o de entorno os frenan en el día a día?
Ricardo: Las dificultades tecnológicas son complejas porque el hardware es difícil y desarrollar un software predictivo con Inteligencia Artificial aplicado a modelos físicos realistas es un reto mayúsculo, pero es algo que tenemos muy bien resuelto internamente. La dificultad real fuera del laboratorio es el talento especializado. Nos cuesta encontrar perfiles con la experiencia exacta que requerimos. Curiosamente, mucho del talento que nos llega son científicos españoles que están retornando de fuera; ven en nosotros una rara avis dentro del ecosistema de startups en España porque hacemos innovación profunda con un marcado foco en I+D, algo que ellos solían hacer en el extranjero.
¿Por qué esa falta de masa crítica en España en comparación con otros países?
Ricardo: Porque el dinero llama al dinero y la innovación llama a la innovación. En España somos muy buenos en salud en lo que respecta a ensayos clínicos y asistencia sanitaria porque tenemos un sistema hospitalario excelente y médicos de primer nivel. Pero toda la inversión se concentra ahí.
Daniel: Cuando quieres entrar en la fase de generación y descubrimiento de nuevos fármacos (Drug Discovery), la intensidad de capital y los efectos de red que se han consolidado en polos como Boston, Suiza o Singapur hacen que ese ecosistema acabe fagocitando casi todo. Es una rueda muy difícil de romper desde aquí.
¿Cómo os gustaría que se viera a la empresa dentro de diez años? ¿Cuál es vuestro objetivo?
Ricardo: Nuestro objetivo absoluto es convertirnos en un estándar global de facto en la etapa preclínica. Que nadie que vaya a lanzar un nuevo fármaco piense en llevarlo a la fase clínica con humanos sin haberlo probado antes en nuestra tecnología de simulación mecánica. Lograr esto derivaría en una eficiencia brutal para la sociedad, ahorrando millones en costes, tiempo y esfuerzo humano, además de permitir el descubrimiento de familias de medicamentos completamente nuevas.
Daniel: Además, nuestra tecnología está perfectamente alineada con las directrices de la Unión Europea para eliminar o reducir drásticamente la experimentación animal. Al permitir trabajar con organoides, pequeños órganos representativos creados a partir de células del propio paciente, no solo reducimos el sufrimiento animal, sino que hacemos una medicina personalizada mucho más realista, con células humanas y los genes del propio paciente. Los animales y los humanos no nos parecemos tanto como creíamos; de hecho, nuestro gran referente en Boston, Emulate, ya ha logrado que la FDA americana apruebe por primera vez el pase de fármacos a fase clínica sin ensayos animales, sustituyéndolos por este tipo de dispositivos de microfluídica. Nosotros cubrimos un espacio que ellos no abarcan, que es el de los tumores y órganos sólidos, y ahí es donde queremos liderar el mercado.
Para cerrar, ¿qué mensaje le lanzaríais a las administraciones públicas y al sistema de gestión de la ciencia en España?
Daniel: Que si queremos fomentar la innovación real, tenemos que reducir la burocracia y los límites administrativos. Trabajamos con investigadores y hospitales de referencia que ven un valor enorme en probar nuestra tecnología para testar los límites de la ciencia, pero las trabas económicas y los protocolos formales de la administración lo vuelven todo lentísimo. Actualmente colaboramos con un gran hospital de Madrid de una forma que llamamos "informal" por pura practicidad: lo estamos pagando nosotros de nuestro bolsillo porque el hospital no tiene la capacidad ágil de financiar internamente una prueba de concepto. Eso es muy duro.
Ricardo: Europa se está dando cuenta de que se ha invertido muchísimo dinero en ciencia básica que luego no ha rendido en el mercado por falta de transferencia, y ahora hay fondos como el EIC Transition que buscan solucionar esto. Estamos ante un reto social gigante: tanto Estados Unidos como China nos tienen tomada la delantera tecnológica en salud y defensa. La única manera de competir y mantener nuestra soberanía sanitaria es encontrar saltos tecnológicos disruptivos basados en la ciencia básica, y cuando demostremos su valor, poner las facilidades para que el capital nacional se quede aquí y la tecnología no acabe siendo capitalizada y absorbida por un fondo norteamericano.