Daniel del Valle, representante de los jóvenes en la ONU: "Había políticas de juventud sin jóvenes en la mesa"
De Manzanares el Real a los pasillos de la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Con apenas veinte años participó en negociaciones diplomáticas internacionales; poco después, representó a toda una generación ante la Asamblea General. Daniel del Valle no responde al molde clásico de la diplomacia, pero ha logrado algo aún más complejo: que los jóvenes cuenten, de verdad, en los grandes foros de decisión global.
Su trayectoria es atípica incluso para los estándares de los organismos multilaterales. Del Valle habla con naturalidad de embajadores, ministros y altos cargos internacionales, pero también de frustraciones generacionales, persistencia y vocación de servicio. No se presenta como un caso excepcional, sino como el resultado de una convicción profunda: el servicio público no es patrimonio exclusivo de las estructuras tradicionales de poder.
Conversamos con él sobre diplomacia, juventud, fe, sacrificio personal y futuro, en una entrevista que recorre un itinerario poco común para un joven español de su generación.
"Siempre he creído que el servicio público no se limita a la política"
Su presencia en redes sociales es muy activa y conecta especialmente con gente joven. ¿Es una estrategia calculada o algo natural?
Es completamente natural. Mi trabajo consiste en estar cerca de personas que inspiran a las nuevas generaciones. Pueden venir del mundo de la política, pero también de la cocina, del deporte, del emprendimiento o de la cultura. A veces alguien me pregunta cómo hago para estar rodeado de gente “top”, y me hace gracia, porque en realidad es parte del trabajo: aprender de quienes destacan y trasladar ese aprendizaje.
Vengo de una familia humilde, de Manzanares el Real, un pueblo pequeño de Madrid, y desde muy joven sentí una llamada clara al servicio público. Al principio uno piensa que eso es únicamente la política institucional, pero con el tiempo entiendes que hay muchas formas de incidir, de aportar y de asumir responsabilidad con los demás.
Su primer contacto con la diplomacia internacional llega muy pronto.
Sí, con diecisiete años. Estaba empezando la carrera de Derecho y acceder a prácticas internacionales por los canales habituales era prácticamente imposible. Te piden cursos avanzados o la carrera terminada. Apliqué a muchos sitios y recibí muchas negativas, hasta que surgió la oportunidad de hacer una pasantía con el embajador de Eslovaquia ante Naciones Unidas, en Nueva York.
No hablaba eslovaco, no cumplía los requisitos formales y aun así salió adelante. Aquello me enseñó algo fundamental: muchas veces el “no” no tiene que ver con tu capacidad, sino con el contexto. La persistencia es clave, especialmente para los jóvenes.
Esa experiencia me cambió la perspectiva. Entendí cómo funciona realmente Naciones Unidas desde dentro y detecté algo muy evidente: se hablaba mucho de juventud, pero casi nunca había jóvenes hablando de juventud.
"Había políticas de juventud sin jóvenes en la mesa"
¿Es ahí donde se especializa en este ámbito?
Exactamente. Volví a Nueva York como asesor de Juventud del embajador de Eslovaquia, incluso sin remuneración. Fue un sacrificio personal importante, pero muy formativo. Empecé a trabajar directamente en las dinámicas de juventud dentro del sistema de Naciones Unidas, en la Estrategia Juventud 2030, en temas como juventud, paz y seguridad, y en la organización de encuentros entre jóvenes y altos cargos internacionales.
Utilicé mucho las redes sociales para explicar lo que ocurría dentro, para que otros jóvenes pudieran ver que ese mundo existe y no es inaccesible. Eso me dio visibilidad, pero sobre todo me permitió aportar.
Después llega su etapa con la Orden de Malta, determinante en su carrera.
Soy miembro de la Orden de Malta y siempre me ha fascinado su papel internacional. Es una institución con una fuerte base humanitaria, estatus diplomático y una acción social muy concreta. Cuando me ofrecieron ser asesor de Juventud de su embajador ante la ONU, fue un encaje perfecto entre mis valores personales y mi experiencia profesional.
En ese contexto logré algo que fue muy importante para la Orden: cerrar relaciones diplomáticas con el Reino de Lesoto, un país africano con el que se llevaba intentando establecer vínculos oficiales desde hacía años. Yo tenía veinte años. Aquello fue visto como un hito y, como reconocimiento, me nombraron diplomático de la Orden.
"Con veinte años fui diplomático y eso no gustó a todo el mundo"
Aquello tuvo una notable repercusión mediática.
Sí, muchísima. Se publicó que era el diplomático más joven y eso generó interés, pero también incomodidad. Off the record, no gustó demasiado en algunos sectores del Ministerio de Exteriores español. No había hecho la carrera diplomática clásica y aún estaba terminando Derecho.
Más allá de eso, fue una etapa extraordinaria. Me invitaron a parlamentos, universidades y gobiernos, especialmente en América Latina. Recibí reconocimientos oficiales de países como Guatemala, Panamá, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia o El Salvador. Todo eso amplificó mi voz y, sobre todo, la de muchos jóvenes.
Tras graduarse en Derecho llega su mayor responsabilidad.
Fui nominado como primer embajador del Organismo Internacional de Juventud ante Naciones Unidas. No es un cargo simbólico ni de buena voluntad: implica representación diplomática real, con asiento permanente en la Asamblea General, con equipo propio y funciones ejecutivas.
Me trasladé a Nueva York de forma permanente. Me reuní con embajadores de prácticamente todos los países, con jefes de departamento del sistema ONU y con altos cargos internacionales. Pero lo más importante fue conocer a quienes representaba: jóvenes de entre 16 y 35 años de contextos muy distintos.
"Representar a una generación es más complejo que representar a un país"
¿Cómo se traduce eso en políticas concretas?
A través de la Nueva Agenda de Juventudes. Visitamos países, hablamos con gobiernos, con jóvenes, con universidades y con el sector privado. Recogimos preocupaciones, prioridades, frustraciones y aspiraciones. Con todo ese material elaboramos un documento que nos permitía intervenir con legitimidad en los grandes foros internacionales.
No es lo mismo representar un territorio que representar a una generación entera, con realidades muy diversas. Ese trabajo fue intenso, minucioso y profundamente humano.
Tras un cambio de liderazgo en el organismo deja el cargo. ¿Qué viene ahora?
Vendrán nuevas misiones, probablemente en una región concreta que aún no puedo definir. Las funciones no estarán centradas exclusivamente en juventud, pero el enfoque permanece. Cuando has trabajado durante años defendiendo a tu generación, eso forma parte de ti.
Yo afronto esta nueva etapa con serenidad y con fe. Confío en que Dios irá abriendo los caminos correctos y dándome la claridad para servir con propósito. Mi objetivo sigue siendo el mismo: aportar, representar con dignidad y demostrar que los jóvenes no son solo el futuro, sino también el presente de la política internacional.