Alfonso Goizueta, “Uno es escritor mientras escribe; lo de ser escritor profesional es siempre efímero”
El finalista del Premio Planeta reflexiona sobre la vocación de escribir, el éxito temprano, la soledad del oficio y el peligro de convertirse en un personaje de sí mismo.
Finalista del Premio Planeta con tan solo 26 años, Alfonso Goizueta se ha consolidado como una de las voces más singulares de la narrativa española reciente. Pero lejos del ruido del éxito, Goizueta reivindica la escritura como una pulsión íntima, casi inevitable, y alerta del peligro de convertir al escritor en un personaje de sí mismo. Hablamos con él en el evento literario organizado por The Core School para jóvenes escritores. En esta conversación extensa y sin imposturas, reflexiona sobre vocación, soledad, exposición pública, comunidad literaria y la necesidad —cada vez más rara— de mantenerse fiel a lo que uno es cuando nadie mira.
Tu trayectoria es poco habitual, aunque quizá, en el fondo, todas lo sean. ¿Cómo empieza tu relación con la escritura?
Empieza muy pronto. No tengo un recuerdo de mí mismo sin escribir. Desde niño, cuando doblaba un folio en dos para hacer un cuento, normalmente lleno de faltas de ortografía. Siempre ha estado ahí. Siempre he sabido que iba a escribir ficción, porque es mi manera de aproximarme a la vida, de intentar entenderla mejor.
Luego, de vez en cuando, pasan cosas sorprendentes. En 2023 tuve la fortuna de quedar finalista de un premio con muchísima visibilidad, algo que me permitió dedicarme a escribir de manera profesional. Pero escribir y ser escritor profesional no son lo mismo. Uno es escritor profesional mientras puede vivir de ello y mientras tiene lectores que le acogen. En cambio, uno es escritor cuando escribe y cuando sabe que va a escribir toda su vida. Eso es otra cosa.
¿Te reconoces más en esa segunda idea?
Totalmente. Lo segundo es lo único que sé que va a permanecer. Cuando miro mi vida hacia adelante no tengo ni idea de dónde viviré, ni con quién, ni en qué sitio. Pero hay algo que se mantiene constante en todas mis premoniciones: estaré escribiendo algo. Eso no significa que vaya a publicarse ni que vaya a venderse, pero sé que la escritura va a estar ahí, como una parte intrínseca de mí. Y eso, en el fondo, es lo único que me da cierta tranquilidad.
Tus novelas están ambientadas en contextos históricos muy definidos. ¿Qué te ofrece la historia como escritor?
En mi caso, la historia es casi un canal, un instrumento. Más allá del contexto histórico, yo escribo porque tengo algo que contar, algo que explicarme primero a mí mismo y luego compartir con los demás. Algo que tiene que ver con el hecho mismo de vivir.
En La sangre del padre, utilizando la figura de Alejandro Magno, me interesaba profundamente la soledad en la juventud. Más allá de la épica, de las conquistas o del viaje, eso es lo que atraviesa la novela. En El sueño de Troya, la búsqueda de una ciudad perdida sirve para hablar del peligro de dejarse arrastrar por la ficción o por los sueños. Al final, las historias son metáforas que me permiten explorar temas que me importan.
Entonces, ¿qué es lo que define a un escritor?
Tener algo que decir. Más que la capacidad de construir historias, lo esencial es eso. Mientras tengas algo que decir, eres escritor. Las historias son el vehículo, no el destino.
Escribir como pulsión… y como conflicto
Hablas de la escritura como algo inevitable. ¿Sigue siendo un refugio cuando también es tu trabajo?
Ahí aparece una tensión. Cuando lo que te hace vibrar y sentirte vivo es también lo que te da de comer, surge un conflicto casi de intereses. Pero no puedo negar esa pulsión. No puedo rechazarla. Escribir es algo que está ahí, y en el fondo es incluso un consuelo.
Cuando pienso en el futuro, en medio de toda la incertidumbre, la escritura es lo único que permanece. Eso no significa éxito, ni publicación, ni ventas. Significa simplemente escribir. Y eso, para mí, es suficiente.
Tu formación académica, eres historiador y das clase en la universidad. ¿Ese contacto con los estudiantes alimenta tu escritura?
No directamente. Mi faceta de historiador o de profesor es casi una vida paralela, una vida B. Es un ancla con el mundo real. Me permite salir del escritorio, no estar todo el día encerrado con mis pensamientos, porque eso puede volverte loco.
La escritura, en cambio, es muy solitaria. Responde mucho más a mi mundo interior y a lo que encuentro reflejado en la literatura que en la historia o en la enseñanza de la geopolítica, que es a lo que me dedico académicamente.
¿Sientes que una faceta va ganando terreno?
Sí. El novelista va ocupando cada vez más espacio. Lo otro sigue gustándome y llenándome, pero la parte central tiene un nombre propio: novelista. Y ahí no caben demasiadas cosas más.
Participas en jornadas y encuentros con personas interesadas en escribir. ¿Qué valor tiene crear comunidad en un oficio tan solitario?
El oficio de escritor es profundamente solitario, por eso crear comunidad puede ser alentador. Escuchar a otros escritores es inspirador, porque te ayuda a poner palabras a cosas que estás sintiendo y que no sabes formular.
Pero hay algo importante: alguien que quiere escribir, escribe. No necesita que nadie le anime. Donde sí puede necesitar orientación es cuando ya ha escrito un manuscrito y quiere compartirlo. Ahí es donde el camino se vuelve más complicado.
¿Qué pueden aportar este tipo de encuentros?
Pistas, experiencias, referencias. Algo parecido a lo que a mí me hubiera gustado tener con veinte años. No para que alguien te diga “escribe”, sino para entender mejor un mundo que es complejo y a veces opaco.
¿Qué te impulsa a sacar La sangre del padre del cajón?
Era una novela muy personal, a la que había dedicado muchísimo esfuerzo. No quise que se quedara guardada. Sentí que merecía intentar una publicación tradicional, y no voy a fingir lo contrario: claro que quería publicar en un sello grande.
Tuve la suerte de que un agente literario se interesó y me animó a presentarla a un premio. Elegí el Planeta, como podría haber sido otro, y ocurrió algo que jamás hubiera previsto: quedar finalista. Fue pura fortuna, en el sentido más literal.
Arrancar así una carrera literaria tiene también su reverso. ¿Cómo se gestiona?
El éxito tiene dos caras. Aparecen fantasías de éxito y fantasmas de fracaso. Puedes pensar que todo lo que escribas se va a vender, o que nunca volverás a escribir algo así. Ambas cosas son peligrosas.
Lo único que intenté fue mantener el centro: no perder de vista por qué escribo. El libro que me llevó hasta ahí estaba escrito enteramente para mí, sin pensar en ventas. Si escribir para mí es lo que me trajo hasta aquí, eso es lo que tengo que seguir haciendo.
Hay mucha presión y mucha exposición. El riesgo de convertirte en un personaje de ti mismo es enorme. Es de lo que más huyo.
En los coloquios recientes aparece mucho el debate sobre el papel del escritor en redes sociales.
Es un tema que me interesa mucho. Vivimos en un mundo hipnótico, donde la sobreexposición puede convertir al escritor en un producto, en un personaje de consumo. Me parece algo muy peligroso.
Lo único a lo que aspiro es a mantenerme cuerdo y leal a la persona que era antes del éxito. Eso es lo que intento transmitir: hay que ser muy firme en lo que uno cree y en lo que quiere escribir. Todo lo demás es secundario.