Butaca de preferencia

​La tiranía del seguidor: ¿Talento o algoritmo en las tablas?

​Hubo un tiempo en el que los camerinos de los teatros madrileños se ganaban a base de sudor, formación y pequeñas compañías de repertorio. Sin embargo, en la última temporada, el espectador que ocupa su butaca en la Gran Vía o la calle Alcalá asiste a un cambio de paradigma inquietante: la sustitución del talento interpretativo por el volumen de audiencia digital. En los despachos de las grandes productoras de la capital, el "casting" tradicional ha cedido terreno ante una métrica mucho más fría y rentable: el número de seguidores en Instagram o TikTok.

​Como profesionales de la producción audiovisual, no podemos ignorar que el teatro es, al fin y al cabo, una industria que necesita llenar salas para ser sostenible. Desde el punto de vista de la producción, el riesgo financiero de un gran montaje en Madrid es altísimo, y la tentación de asegurar la taquilla mediante "rostros virales" es comprensible. No obstante, estamos cruzando una frontera peligrosa donde la rentabilidad inmediata puede comprometer seriamente la calidad del producto final a largo plazo.

​La contratación de "influencers" o celebridades digitales para encabezar carteles no siempre responde a una búsqueda de excelencia artística, sino a una estrategia de marketing preventivo. Se busca el "clic" fácil, el arrastre de una audiencia joven que no va al teatro por la obra, sino por el fetiche de ver de cerca a su referencia de pantalla. El riesgo es que la escena madrileña se convierta en un escaparate de rostros conocidos pero carentes de la técnica vocal, física y emocional que el escenario exige. Como productores, sabemos que un buen diseño de producción no puede tapar una carencia de base en el reparto.

​Esta tiranía del seguidor penaliza doblemente al sector. Por un lado, desplaza a una generación de actores de carrera, formados en la RESAD o en las escuelas de la capital, que ven cómo su esfuerzo se estrella contra el muro de un algoritmo que no entiende de matices dramáticos ni de presencia escénica. Por otro lado, engaña al espectador. Cuando la presencia física del "influencer" no sostiene el peso de un personaje complejo, la experiencia teatral se desinfla, dejando una sensación de vacío que ni el mejor juego de luces puede rellenar.

​Madrid no puede permitirse que sus tablas se vuelvan un subproducto de las redes sociales. Si el criterio para dar vida a un clásico o liderar un musical es la capacidad de viralización y no la formación actoral, estaremos devaluando nuestra marca cultural. La comunicación y la producción deben ser herramientas al servicio del arte, no sus verdugos. El público madrileño merece que la excelencia siga siendo el único requisito para pisar un escenario. Al final, cuando se apagan las luces y comienza la función, los "likes" no sirven de nada si no hay verdad detrás del diálogo. En el teatro, afortunadamente, no existen los filtros ni la edición de postproducción