La obra interminable
Estadísticamente, en España la mayoría de las reformas en viviendas se realizan durante los meses de junio, julio y primeros de agosto. Por ello, he querido compartir ahora esta reflexión sobre la experiencia de tener obras en casa.
Muchos sabrán de qué estoy hablando. Firmar un contrato para reformar un baño, alicatar paredes, cambiar ventanas, aire acondicionado o, mucho peor aún, tirar un tabique, significa entrar en una dimensión paralela donde el tiempo deja de tener sentido. Ahí descubres que el calendario es una convención social, sin aplicación práctica entre azulejos, sacos de cemento y aquella misteriosa pieza -siempre hay una- que no acaba de llegar.
Ni las leyes de la física, ni las matemáticas funcionan cuando estás metido en una obra. Si el contratista calcula dos semanas y te presenta un presupuesto minuciosamente detallado, seguro que no acaba antes de tres meses y la suma final apenas se parece a la inicial. 2 + 2 ya no son 4. Pero ¡ay!... si se ha dejado abierto el plazo de ejecución con un vago “ya veremos”…, ahí es cuando hay que encomendarse a la divina providencia.
Hace poco mi esposo -¡que no esposado!- me contó el recuerdo de infancia de un amigo que viene perfectamente al caso. Su abuela se juntaba todas las tardes con otras señoras para para rezar el Rosario -eran otros tiempos- y, al terminar, llegaban las preces solidarias: “por los niños de África”, “por los enfermos”, “por los que sufren”… Pero, para cerrar la lista, siempre la misma súplica: “por quienes tienen obreros en casa”. A su nieto, aquello le llamaba poderosamente la atención. Y no era para menos. Aquellas mujeres habían establecido una jerarquía del sufrimiento humano que ningún tratado de psicología ha conseguido mejorar.
Porque las obras, además de efectos físicos, producen efectos psicológicos en las personas involucradas. Al principio, uno se pregunta ¿cuánto falta? Después deja de preguntar y comienza a interpretar señales: si aparece nuevo material… buena noticia. Si desaparecen uno o dos operarios… malo. Si alguien dice “esto está casi rematado”… peor.
Las obras no solo nos transforman. Hay un antes y un después . También acaban siendo escuela de filosofía. Nos recuerdan que lo importante se hace esperar, que la perfección no existe y que, a veces, lo mejor es aceptar la realidad y adaptarse a ella. Dejar que otro haga el último retoque.
Hay una segunda anécdota que no me resisto a relatar. Tenemos un amigo, una excelente persona, que ha decidido preparar su vivienda para sus necesidades futuras y -a tenor de lo que nos ha contado- lleva la confianza en la naturaleza humana hasta extremos admirables. Todos los días visita su casa y entrega diez euros de propina a cada uno de los trabajadores. Está convencido de que este gesto hará que pongan un interés especial en terminar la reforma con éxito. Solo él mantiene esta teoría. Naturalmente mi lectura -no olviden que soy una escéptica- es que ha inventado el incentivo perfecto... para que la obra sea interminable.