El espejismo de la cartelera: ¿Ha muerto la crítica teatral en Madrid?
Madrid vive hoy un idilio sin precedentes con las artes escénicas. Al caminar por la Gran Vía o perderse por las naves de Arganzuela, la sensación es de una vitalidad incuestionable: musicales que cuelgan el cartel de "no hay localidades" con meses de antelación y salas alternativas que resisten contra viento y marea. Sin embargo, tras el telón de terciopelo y los focos LED, se esconde un fenómeno silencioso que debería preocuparnos como profesionales de la comunicación: la extinción del crítico de teatro y su sustitución por una suerte de "relacionista público" cultural.
Históricamente, la crítica teatral en Madrid ejercía de filtro y brújula. Nombres propios diseccionaban con bisturí la puesta en escena, la dramaturgia y la interpretación. Hoy, ese bisturí se ha sustituido por una pluma de seda. Existe una tendencia creciente a la complacencia, una suerte de pacto no escrito de proteccionismo hacia el sector. Parece que señalar la mediocridad de un montaje o el vacío de una superproducción fuera un acto de traición hacia una industria que todavía arrastra las cicatrices de crisis pasadas. Esta "piedad profesional", aunque nace de una aparente buena intención —la de no hundir al teatro—, es en realidad su mayor amenaza de cara al futuro.
Cuando el periodismo cultural renuncia a su capacidad analítica para no incomodar a las productoras, el espectador queda huérfano de criterio. En un ecosistema donde una entrada para un musical de gran formato puede superar fácilmente los cien euros, el silencio cómplice de la prensa ante un producto artístico deficiente no es apoyo a la cultura; es una falta de ética flagrante hacia el ciudadano. La desaparición de la crítica real ha dejado un vacío que el algoritmo se ha apresurado a llenar. Ante la ausencia de voces expertas y valientes, el éxito de una obra en Madrid depende ahora casi exclusivamente del músculo financiero en marketing digital y de la "prueba social" de las redes sociales.
Estamos pasando de la crítica de autor al sistema de estrellas de Google Maps. El riesgo es evidente: la homogeneización de la oferta. Sin un contrapunto que exija excelencia, el mercado tiende a lo seguro, a lo repetitivo y a lo comercialmente anestesiado. Como comunicadores, debemos preguntarnos si proteger el teatro consiste en aplaudirlo todo por defecto. La respuesta debería ser un no rotundo. Proteger el teatro es respetarlo lo suficiente como para exigirle verdad, riesgo y calidad técnica. El espectador madrileño es inteligente, pero si se siente estafado por una cadena de reseñas unánimemente positivas que no se corresponden con la realidad sobre las tablas, terminará por abandonar las butacas definitivamente.
Madrid tiene el talento para ser la capital mundial del teatro en español. Pero para alcanzar esa madurez necesaria, requiere recuperar una prensa cultural que no tema encender las luces antes de que termine la función. Una crítica honesta no hunde al teatro; lo eleva. Porque solo a través de la exigencia nace la verdadera obra maestra.