De las voces de Madrid

De “chalar”

Tal y como hemos expuesto en otras ocasiones, el habla madrileña ha proporcionado y proporciona un medio adecuado para la creación, adopción y difusión de voces populares. Entre estas, destaca el verbo “chalar”, una palabra que proviene del caló (lengua de origen sánscrito) y que porta actualmente dos significados que, aun siendo diferentes, se encuentran estrechamente vinculados: hacer perder el juicio y enamorar. Este doble valor semántico no solo refleja la riqueza expresiva del habla castiza, sino también su capacidad para integrar influencias externas y adaptarlas a su propio sistema.

La voz “chalar” en los diccionarios

En un principio, el término “chalar” se utilizaba para expresar movimiento, equivaliendo a verbos como “ir”, “andar”, “marchar”, “meter” o “pasar”. Sin embargo, su evolución semántica, especialmente en Madrid, llevó a esta voz a adquirir valores semánticos figurados como “enloquecer” o “enamorar a alguien”, derivados, probablemente, del uso de esta voz en contextos en los que una persona hacía que a otra se le “fuera” la cabeza o que el juicio se le “marchara”.  

La primera aparición de “chalar” en un diccionario está documentada en el año 1853, en el Suplemento al Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española de Ramón Joaquín Domínguez, con el significado de “entrar”. Años más tarde, en 1918, se publica el Diccionario general y técnico hispano-americano de Manuel Rodríguez Navas y Carrasco, donde a la voz “chalar” se le suma, como uso vulgar, el significado de “trastornar, volver el seso”. La lexicografía académica, por su parte, recogió por primera vez dicha voz en la décimo quinta edición del Diccionario de la lengua española (1925), con los significados de “enloquecer” y “enamorar” —mantenidos con una leve modificación hasta el presente—, omitiendo su significado etimológico como verbo de movimiento, pero señalando su origen caló.

La voz “chalar” en la literatura

El despegue literario de “chalar” se produce a comienzos del siglo XX, coincidiendo con el auge del teatro popular y del sainete madrileño. Es en este contexto donde se muestra el uso cotidiano y natural de la voz, cuando autores como Carlos Arniches la ponen en boca de sus personajes en los diálogos de sus obras, como sucede en La venganza de la Petra o Donde las dan las toman (1917), obra ambientada en Madrid, donde el Señor Nicomedes, le dice a Petra: “Tu marido te toma el pelo, porque está convencido de que te ha chalao y de que te tie más segura que el deo meñique”. La tiene, por lo tanto, completamente enamorada. 

De “chalar”, proviene el término “chalado”, una voz también popular, cuyo uso se encuentra presente en obras protagonizadas por personajes madrileños, como sucede en El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio, donde se lee: “Está chalado —dijo Tito—; tirar de esa manera la comida”. En este caso, “chalado” es sinónimo de “loco”.

La voz “chalar” es un ejemplo paradigmático de cómo una gran parte del léxico madrileño se construye a partir de la interacción entre la tradición, el contacto lingüístico y el uso cotidiano. Como ocurre con otros términos castizos ligados a las clases populares de Madrid y a su identidad lingüística, “chalar” no solo nombra una acción, sino que evoca un modo de hablar y de vivir. En sus dos significados, “enamorar” y “enloquecer a alguien”, late una misma intensidad emocional que demuestra la riqueza del habla madrileña, un registro lingüístico que sigue chalando a propios y extraños.