De “chulapa” y “chulapo”
Tanto "chulapa" como "chulapo" son quizás dos de los términos más castizos del habla madrileña. Se trata de dos palabras derivadas de la voz "chulo" que, según recoge Joan Corominas en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (1961), procede del término italiano "ciullo", que resulta a su vez del acortamiento de "fanciullo" (un diminutivo de "fante", que viene del latín "infans,-ntis") cuya traducción al español es "muchacho" o "niño". Dice Corominas que "chulo" es aquel "que se comporta graciosa pero desvergonzadamente". El lexicógrafo catalán suavizó en su definición de "chulo" ese matiz reprobable que aparece en diccionarios anteriores referido al comportamiento de quien es tachado de chulo, tal y como así atestigua el Diccionario de Autoridades de 1726-1739 que se refiere al "chulo" como "persona graciosa, y que con donaire y agudeza dice cosas, que aunque se oyen con gusto, no dejan de ser reprehensibles, así por el modo, como por el contenido". Con el paso del tiempo, ese comportamiento reprobable del "chulo" mitigó a desvergonzado, esto es, falto de vergüenza, más acorde a la definición de Corominas. Un significado de “chulo” que el Diccionario de la Lengua Española ha suavizado aún más: "Persona de las clases populares de Madrid, que afecta guapeza en el traje y en el modo de conducirse", citando entre sus sinónimos la voz "chulapo".
Los primeros chulapos y chulapas
A pesar de que su presencia en Madrid es anterior a su aparición en los textos, como es lógico, el Corpus del diccionario histórico de la lengua española data por primera vez el lema "chulapo" -bajo la forma "chulapas"- en una obra fechada en el año 1885 titulada Páginas íntimas, cuyo autor es Eusebio Blasco. Así reza el texto: "En Madrid, las chulapas van en romería a visitar la Cara de Dios y se ponen todas el clásico mantón de Manila".
Las primeras chulapas y chulapos pertenecieron a las clases madrileñas populares del siglo XIX que vivieron o frecuentaron los barrios de Lavapiés, Malasaña, La Latina y sus aledaños y que se caracterizaron por un empleo de la lengua, un ademán y un comportamiento que desbordaba orgullo, descaro y gracia. En sus orígenes, eso sí, con un cierto toque de golfería. El chulapo no nace, sino que se hace, mostrando con su lenguaje una forma de entender y afrontar la vida que tiene como máxima no "achantarse" y mostrarse orgulloso de sus orígenes, de su barrio y de su Madrid. Un modus vivendi heredado, probablemente, de esas clases castizas de Madrid que desde principios del siglo XIX buscaban distinguirse de la élite social afrancesada que proliferó con la intrusión francesa en España. Una actitud y un habla complementadas por una indumentaria propia: la parpusa, el pañuelo al cuello, el chaleco y la chaqueta con clavel en la solapa, en el caso del chulapo; el vestido de flores o de lunares ceñido y con volantes, el mantón de Manila, el pañuelo y dos claveles en la cabeza, en el caso de la chulapa. Su figura se idealizó al estereotipar un tipo de personaje que protagonizó célebres obras del género de la zarzuela, entre ellas, el archiconocido sainete lírico "La verbena de la Paloma" de Ricardo de la Vega y Tomás Bretón.
Sirvan estas líneas, pues, para rememorar la etimología, junto con los orígenes, de esos términos que utilizamos para referirnos a quienes reviven el espíritu popular madrileño de épocas pasadas, portando esa vestimenta que con garbo y chulería lucen aún, hoy en día, en las festividades de San Isidro Labrador, San Cayetano, San Lorenzo y la Virgen de la Paloma.