El Osorio y el Madroño

Anécdotas parlamentarias

En ciertas épocas, como la actual, los políticos han creído encontrar en la diatriba y el humor grueso un modo de llegar a sus electores, generalmente con poco éxito. Sin embargo, muchos períodos parlamentarios se han caracterizado por el humor ingenioso y la fina ironía, atrayendo de este modo la simpatía de los votantes. En cualquier caso, la historia parlamentaria de nuestro país es una caudalosa fuente de anécdotas, de las que entresacamos algunas para deleite del respetable. 

Tengo gratos recuerdos del ingenioso y culto uso del idioma por parte del que fue presidente del Senado, José Federico de Carvajal. En una sesión del Senado, el presidente pidió que se levantasen quienes votaban a favor de una propuesta. Al hacer el recuento, no quedó claro si el senador don Carlos Ollero estaba sentado o levantado, ya que en esos momentos se hallaba reclinado escribiendo unas notas. Entonces, el presidente le preguntó sobre la posición que ocupaba en el momento del voto, y Ollero se explicó con su proverbial enjundia:

−Estaba levantado, señor presidente, lo que ocurre es que soy bajito.

El presidente recalcó:

−Suponiendo que el senador Ollero sea bajito, como él mismo afirma, entonces agrava aún más las cosas agachándose.

Francisco Romero Robledo (1838-1906) sentía verdadera pasión por su oficio de parlamentario. El caso es que Romero tuvo una grave dolencia de laringe que le fue impidiendo el uso del habla. Consultados los doctores, le aconsejaron trasladarse a Berlín para ser operado. Así lo hizo, y nada más salir de la operación, quiso experimentar de nuevo el uso del habla. Inspiró lenta y profundamente, y lo primero que dijo fue: 

−¡Señores diputados!

Romero Robledo y Francisco Silvela, pese a ser del mismo partido, mantenían una fuerte rivalidad. En cierta ocasión, ambos coincidieron en una reunión del partido Conservador y Silvela, con una sonrisa irónica, preguntó a Romero Robledo:

−Romero, me gustaría saber qué opinión tiene usted de mí.

−Muy sencillo, Silvela, mi opinión sobre usted es la misma que tiene usted sobre mí.

En el siglo XIX, los electores de un determinado pueblo fueron a quejarse ante el diputado elegido en su circunscripción.

−Hombre, don Higinio, nosotros le hemos enviado a usted a las Cortes para que nos represente y usted no ha intervenido en ninguna sesión.

−¡Eso no es cierto!− Contestó don Higinio con aire ofendido.

−Sí que es cierto. Hemos mirado hoja por hoja el diario de sesiones y no consta ninguna intervención suya.

Entonces, el diputado, abrió el diario de sesiones y señaló un párrafo:

−Miren ustedes lo que dice aquí: “rumores, gritos, pateos” ¡Ese era yo!

En las últimas cortes de la monarquía de Alfonso XIII, hubo un político apellidado Botijo. En su primera intervención en la cámara, el hombre estaba muy nervioso y carraspeaba sin cesar. Bebió un vaso de agua, y al terminarlo pidió otro. Carraspeó de nuevo, pidió otro vaso, y aún pidió  un tercero. Un diputado, un tanto impaciente al ver que no se aclaraba, le dijo:

−Señor Botijo, si hubiera venido lleno de casa, no tendría que llenarse en esta casa.