Smith College. Impresiones españolas (1930)
Noticias de Smith College en España
Informe del grupo de estudiantes
[(y II)]
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El señor [José] Vicente Barragán, director de la [santanderina] Escuela de Verano, fue nuestro profesor [en agosto de 1930]. Nos sentábamos en duros bancos de madera desde las nueve hasta las doce para asistir a clases que incluían gramática, redacción y lectura. Durante las dos primeras semanas, el señor Barragán daba lecciones acerca de «Literatura sudamericana». Posteriormente, en el Colegio Cántabro, asistimos a conferencias centradas en «Literatura española contemporánea», a cargo de Pedro Salinas; de «Fonética», impartidas por T. [Tomás] Navarro Tomás; y sobre «Historia y Arte», con profesores de diversas universidades españolas.
Como complemento a los cursos, visitamos varios lugares de interés cercanos a Santander: entre otros, Santillana del Mar, residencia del primer marqués de Santillana, Vicente [(sic, por Íñigo)] López de Mendoza, y Cabezón de la Sal, donde gracias a la ayuda de Concha Espina, autora de La esfinge maragata, pudimos disfrutar de bailes regionales y canciones.
Hacia finales de mes llegaron la señorita Foster y dos graduadas, Marian Baucus y Henrietta Wisner (promoción de 1930 de Smith [College]). Y un domingo de calor sofocante partimos hacia Madrid. El tren era lo que los españoles llaman un «rápido», pero avanzaba lentamente a través de un hermoso paisaje montañoso, deteniéndose en pueblos diminutos, de nombres curiosos, para tomar aliento antes de la siguiente subida. En Reinosa, en pleno corazón cántabro, tuvimos que bajar a toda prisa… ¡para degustar una comida de seis platos en apenas veinte minutos! A la hora de la merienda, ya habíamos dejado atrás las montañas y el paisaje monótono empezaba a deprimirnos. Cuando llegamos a Madrid, a las diez y media, ya nada importaba demasiado.
La señorita Enriqueta Martín nos recibió afectuosamente en la estación, y luego nos acomodamos, agotadas, en los taxis. Madrid lucía especialmente hermosa aquella noche, con sus amplias avenidas arboladas y bien iluminadas. La Residencia [de Señoritas], en la calle Fortuny, número 53, nos habría levantado el ánimo a todas, si la primera impresión no se hubiera visto algo empañada por la visión del muro de tres metros que rodea la casa y los jardines.
Las clases para el grupo de jóvenes estudiantes comenzaron a la mañana siguiente con la señorita Martín. Y como complemento a las dos horas de composición y conversación, ella organizaba una excursión cada sábado: primero, al Museo del Prado, donde saludamos apresuradamente a Velázquez, Murillo y Goya; después, a la Real Fábrica de Tapices y, la última, a la tumba de Goya, situada en la capilla que él mismo decoró con frescos. Al finalizar la primera semana, nos distribuyeron en distintas casas para fomentar un contacto más estrecho con nuestros nuevos amigos españoles.
Hemos ido innumerables veces a la Puerta del Sol, el centro de la ciudad. Hemos recorrido la calle de Alcalá y la Gran Vía. Y hemos arriesgado la vida intentando cruzar la plaza del [(sic, por de)] Castelar [(en la actualidad, Plaza de Cibeles)]. Sí, el tráfico aquí es más aterrador que en Nueva York. Hemos asistido a una representación de zarzuela, una especie de comedia musical, y a una función de la obra de Calderón El alcalde de Zalamea. Hemos paseado por el parque del Retiro. Y, a diario, nos agradan o despiertan nuestra curiosidad la forma de vestir y las costumbres de la gente.
Así pues, tras un mes en Madrid, deseamos ver con gran curiosidad cómo será el sistema educativo español.
Final de la segunda parte