Poéticas de la inteligencia

La palabra y el temblor

La palabra poética tiembla porque nace del contacto con aquello que se pierde, con lo que se desvanece, con lo que apenas puede sostenerse en la conciencia. Antes de surgir como afirmación segura, nace como tentativa, como aproximación a una zona donde el ser todavía no ha sido fijado por el concepto. De ahí su cercanía con el olvido, con el sueño y con esas presencias que parecen pensarse o soñarse a sí mismas, como el agua recogida o los objetos detenidos en su propia contemplación. En ese territorio incierto, la identidad ya no se sostiene en datos, nombres o fechas, sino en el acto mismo de ser, en una persistencia silenciosa que antecede a toda definición. La palabra poética permite entonces intuir una continuidad que no puede reducirse a la lógica discursiva, porque pertenece a una dimensión anterior al lenguaje mismo.

Esta intuición encuentra una formulación precisa en el pensamiento de Octavio Paz, particularmente en El arco y la lira, donde la escritura poética aparece como un espacio de tensión y desposesión. Allí, el poema entes de ser expresión de un yo estable, es el lugar donde la voz se desdobla y se confunde con otra voz que la atraviesa. La palabra poética no pertenece enteramente a quien la pronuncia, porque surge de una zona donde el sujeto ya no es centro sino tránsito. La disolución del yo significa apertura: el poeta deja de afirmarse como identidad cerrada para convertirse en lugar de resonancia. El poema acontece precisamente en ese desplazamiento, cuando el lenguaje se vuelve espacio de revelación.

Algo semejante ocurre en el pensamiento de María Zambrano, donde la palabra aparece como respuesta a una llamada anterior a toda conciencia reflexiva. La razón poética no busca fijar la realidad, sino acompañar su aparición. Por eso la palabra tiembla: porque nace del contacto con lo que no puede ser poseído del todo. En ese temblor se revela una verdad más honda que la certeza conceptual, una verdad que se ofrece como presencia apenas entrevista.

Esta apertura hacia lo indecible encuentra su expresión extrema en la experiencia mística. Podemos reconocerla también en la tradición de San Juan de la Cruz como una forma de destrucción creadora: un deshacerse que conduce al sujeto hacia una realidad situada más allá del ser y de la esencia. Frente a esta vía, la filosofía moderna —incluso en pensadores como Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger— corre el riesgo de transformar la nada en una construcción conceptual, en una ausencia pensada desde la voluntad de autocreación. La nada que emerge de esa tradición puede volverse artificial, resultado de un pensamiento que busca la unidad que no le ha sido dada.

Escribir es seguir siendo, pero también llegar a ser otro. En ese sentido, la palabra poética se sitúa entre la necesidad y la esperanza: brota de algo que se lleva dentro y, al mismo tiempo, responde a la urgencia de decir lo que aún no ha tomado forma. Por eso la escritura implica siempre un riesgo, como intuyó Clarice Lispector al afirmar que escribir es peligroso porque obliga a hurgar en lo oculto. Para escribir hay que instalarse en el vacío, en esa zona donde el lenguaje todavía no ofrece apoyo seguro.

Así, el temblor de la palabra sobre el silencio es fidelidad al origen. Allí donde el análisis se detiene y el concepto se agota, la palabra poética continúa sosteniendo la posibilidad de que el ser se manifieste, aunque sea por un instante. En ese instante, la voz propia y la voz otra se entrelazan; el yo se disuelve sin desaparecer; y el lenguaje deja de ser dominio para convertirse en revelación. Quizá sea esa la enseñanza más profunda: pensar, en su sentido más hondo, es todavía escuchar el temblor de la palabra antes de que se convierta en concepto, permanecer en el umbral donde el lenguaje deja aparecer el misterio y, finalmente, lo devuelve al silencio del que proviene.