Plano secuencia
Mortalidad
30 de marzo de 2026 (08:11 h.)
21:40. Entro en la sala. Me invitan a sentarme. Estoy cómodo en la butaca. No, no me apetece tomar nada, gracias. Apagan las luces. Al instante, solo un foco encendido. Después de unos minutos, aparece mi tocayo Pedro Gabriel. (Como fondo musical, «Rain in Venice», de Geoffrey Burgon). Y cae su voz. Clara. «El Libro de la Vida es largo y aburrido. Está lleno de números y palabras. Y en sus páginas uno también encuentra áridas estadísticas, mudas gráficas y hasta inútiles instrucciones; pero solo existo cuando me lo lee. ¿Para qué ser inmortal si ella falta? ¿Me ofreces ser un Hendrik van der Zee, aquel holandés errante, y navegar sin fin, sin ruta, sin tierra, hasta encontrar a otra Pandora, que me ame tanto como para morir por mí? No y no y no. Ahí tienes a Ulises, quien prefirió volver a Ítaca, a pesar de una perpetua juventud prometida por la ninfa Calipso. Mira a María, que según Frank Capra no dudó en dejar Shangri-La, lugar donde la gente era feliz, no envejecía… y vivía muchísimos años. O el ángel Damiel, en la película El cielo sobre Berlín, y su deseo de volverse mortal para sentir el inmenso gozo de ser humano: «… Ahora y ahora y ahora. Y no decir “para siempre”, “hasta la eternidad”». ¿No te parecen buenos ejemplos para olvidar tus pretendidas ansias de infinitud? Desengáñate. Aprende de los clásicos. ¡Hasta ellos tienen asumido el tiempo limitado! «Yo me llamo trescientos, / cuarenta y seis, o siete, / con humildad voy arreglando cuentas / hasta llegar a cero, y despedirme», canta Pablo Neruda. Además, existir como los struldbruggs, esos individuos perennes que no dejan de envejecer, carece de atractivo. Acuérdate de cómo los trata Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver. O lee a José Saramago en Las intermitencias de la muerte, narrando sobre un país donde la gente no muere. Lo lamento, pero tampoco escaparás de un destino con fecha de caducidad. Recuerda a Aquiles, quien ni siquiera su madre Tetis logró evitar cubrir su talón en las maravillosas aguas de Estigia. ¿Y en caso de que pudieras, tendrías la fuerza de eternizarte sin los más tuyos? ¿Cómo cargarías con tus arrepentimientos, jamás borrados, ni tus derrotas, nunca sin olvido? … Dicen que el tiempo lo cura todo, pero… ¿y si el tiempo es la enfermedad? Y para acabar… Nadie garantiza que tu imaginaria larga vida, con más experiencias, más lecturas, más películas, te dé mayores certezas y menos incertidumbres. Ni hay seguridad de que en ese allá temporal encuentres un mundo mejor. ¿Y si te descubres solo ante sus restos, como Albert Camus filosofando frente a la romana Tipasa? ¿… O igual que un desolado Charlton Heston mirando una ruinosa estatua de la Libertad en un planeta de simios? ¿Piensas que los dioses van a hacerte compañía?». Lo escucho. Y tras casi una hora y media, termina. … Y la sesión. Encienden las bombillas. En la megafonía del cine, Jean Sablon y su «Vous qui passez sans me voir». «Adieu… Bonsoir…». Y en la pantalla, en los créditos, un FIN, que poco a poco también desaparece.