Rostros y Letras

María Del Valle Castillo

María Del Valle Castillo nació en la Ciudad de México en una casa en la que el remedio contra el aburrimiento solían ser los libros y descubrió que, leyendo, si bien no es posible vivir todas las vidas que nos gustaría al menos podemos imaginarnos cómo serían. Estudio biología en la Universidad Nacional Autónoma de México y ha dedicado su quehacer profesional a la divulgación de la ciencia y a la gestión cultural. Se asume como una asombradora nata que disfruta compartir con los demás lo que le sorprende a ella misma de ahí que haya apostado también a ser escritora. Colabora con la columna “Pre-textos” en la revista “Artefacto de Letras".

¿De qué manera su obra dialoga con tradiciones literarias previas y cómo negocia entre herencia e innovación?

Creo que en la epigénesis de quién escribe siempre hay una tradición literaria previa, ya sea que la inquietud por contar algo nos haya surgido por cómo nos sorprendimos al leer lo que otras personas contaron antes o simplemente porque un día nos descubrimos con ganas de compartir lo que teníamos que decir con los demás y comenzamos a escribir. Si todos somos hijos de los libros que hemos leído mi vocación por la escritura comenzó cuando, siendo niña, tuve entre mis manos un libro de aventuras de Selma Lagerlöf. Toda escritura trae una herencia implícita de lo que hemos leído y al final cada uno hace su propia paráfrasis. Puede ser que escribamos sobre lo que nos inquieta, nos acongoja, nos produce placer o sobre circunstancias y temas que nos hacen cuestionarnos, que nos confrontan. También es posible que lo que despierte en nosotros el deseo de escribir sea encontrar consuelo o la escritura sea un recurso para dialogar con los demás. Lorca dijo en una ocasión “Escribo para que me quieran”, yo creo que escribo para querer, que escribir es un acto de generosidad, una manera de darle algo a los demás, de entregarse…  en mi caso además de ser un acto de amor, es una herramienta de rescate, porque me interesa escribir lo que no quiero que se olvide.

Al verlo desde esta perspectiva la innovación tal vez radica en conseguir que lo que has heredado, lo que te has apropiado, lo que quieres rescatar del olvido y contar, le pueda interesar a otros. Siempre hay que apostar, hay que creer que lo que uno tiene que decir le puede resonar a alguien más porque sin esa certeza escribir carecería de sentido o viviríamos acomplejados pensando que ya todo se ha escrito antes, probablemente de una manera que jamás seremos capaces de igualar, o simplemente que lo que tenemos que decir no le interesa a nadie y no vale la pena compartirlo. Eso es generalmente lo que nos susurra “el censor” al oído cada vez que nos disponemos a escribir y la lucha es brava pero hay que dar la batalla.

¿Qué concepción del lenguaje subyace en su escritura: como herramienta, como límite o como campo de exploración?

Como campo de exploración y como herramienta. Una vez leí que Goethe había dicho “Existo para sorprenderme” y me identifiqué de inmediato con esa manera de asumir la existencia.

Estudié biología porque me sorprendía el milagro de la vida y a lo largo de mi trayectoria profesional como bióloga, como divulgadora de contenidos, me había dedicado sin ser muy consciente de ello a escribir acerca de lo que me sorprendía en la naturaleza. Me parece que en la escritura encontré una herramienta para poder compartir con las demás personas lo que me resultaba asombroso y después, paulatinamente, esta herramienta se convirtió en un campo de exploración que me llevó a escribir también ficción.

¿Cómo articula en su obra la relación entre experiencia personal y construcción estética? 

Me parece que la mayoría de las veces es la experiencia personal la que detona la necesidad de escribir sobre ciertas circunstancias o abordar diversas temáticas que te interesan. Sin embargo, no necesariamente tienen por qué estar relacionadas con lo que uno ha vivido sino también y tal vez, sobre todo, guardan una relación con la necesidad de imaginar y escribir acerca de lo que uno no ha vivido, lo que te intriga, lo que te cuestionas o lo que te toca alguna fibra porque sientes una empatía con esa situación a pesar de que no la hayas experimentado todavía.

Yo he escrito, por ejemplo, sobre duelos que en el momento en el que los imaginé y los plasmé en papel no los había vivido y ahora tengo duelos a cuestas sobre los que no puedo escribir todavía. Son los míos, los que me entristecen, me atormentan, los que debería de resolver y no he sido capaz de hacerlo. Sé que no tienen necesariamente que terminar siendo un texto autobiográfico, que podría heredar estas experiencias propias a otros personajes, encontrarles otros escenarios y no he podido.

¿Qué papel juega la estructura narrativa o formal en la producción de sentido dentro de sus textos? 

A mí me gusta jugar cuando escribo, jugar también con quien me va a leer, llevar a las personas a un lugar que tal vez creen saber cuál es y no necesariamente termina siendo. No sé si lo consigo siempre, pero me parece divertido y abre precisamente la posibilidad del asombro. Me gusta que esto me suceda cuando leo los textos de otras personas: que su aporte despierte en mí la curiosidad por investigar sobre lo que no necesariamente conozco… o tal vez sí, pero sobre lo cual nunca antes tuve necesidad de preguntarme, porque es así cuando uno aprende nuevas cosas. Cuando alguien es capaz de hacernos reflexionar con lo que escribe tal vez no nos damos cuenta en el momento y creemos quedarnos en el mismo sitio, pero en realidad hemos dado un paso hacia un lugar distinto y eso siempre se agradece.

¿De qué forma su escritura se vincula con problemáticas históricas, sociales o políticas? 

Me resulta difícil pensar que lo que escribo no esté enmarcado en estos tres componentes, en mi caso soy una mujer, nací en el último tercio del siglo XX, en una familia de izquierda, en México, un país latinoamericano, desde la primaria hasta la preparatoria estudié en escuelas activas y después en la UNAM, una universidad pública… todo esto determina mi historia, mis intereses, lo que quiero compartir y dialogar con quien pueda llegar a leer lo que escribo.

¿Cómo se puede estar fuera de un momento histórico, social o político? Es precisamente esto lo que determina que las personas tengamos una manera u otra de asumir la existencia, de proceder en la vida, de pronunciarnos, lo que nos hace preferir una cosa u otra, lo que nos da una identidad y nos permite relacionarnos con los demás.

En particular en mi novela La vida que no vivimos la historia involucra a un músico de la movida madrileña que nace en 1951, en una época en el que todos en España estaban esperando el final de la dictadura para salir a desparramar y se valía todo, el caso era epatar; daba igual un ataque preventivo en la URSS, que bailar o cantar rock and roll.

La rebeldía de este personaje y sus congéneres muchas veces los hizo confundir droga con revolución y antifranquismo con emborracharse y romper todos los platos. Era natural, estaban hartos de entonar el “Cara al Sol” alguien tenía que cambiar de himno e intentaron romper el muro con la cabeza, pero el muro de Berlín con la cabeza no se tira, incluso después cuando decidieron tirarlo políticamente nadie dio cabezazos, todo el mundo iba con un martillo en la mano.

Cuando comencé a escribir esta historia no imaginaba que tocaría estos temas y al final tuve que investigar al respecto para no cometer equívocos y después me vi narrando momentos importantes sobre varias cosas que no sabía y que me fueron interesando. Es la parte fascinante de la escritura: nunca sabes hasta donde llegarán las ondas de la piedra que tiras al centro del estanque.

¿Cómo entiende la figura del autor en la actualidad: como sujeto central, como construcción textual o como instancia crítica? 

Bueno hay días y días y depende de los temas acerca de los que uno quiera hablar o sobre lo que va a escribir. En mi trabajo como gestora cultural cuando lo que tengo que hacer es la elaboración conceptual de los contenidos temáticos para exposiciones, festivales o coloquios académicos desde luego que tiene que haber una parte crítica que retome momentos históricos determinados pero que proponga nuevas aproximaciones o detone otras discusiones.

En la ficción me resulta complicado hacer a un lado la parte autobiográfica, en ese sentido todo lo que escribo tiene una parte en donde esos textos los genera una autora que es el sujeto central de algunas de las historias que se entrecruzan. Además de esto, escribir también es una manera que me permite honrar la vida de personas que han estado conmigo en la vida o no… pero con quienes sin duda me habría gustado coincidir. Así como me gusta sorprenderme y compartir lo que me asombra, me angustia el olvido y cuando escribo, de alguna manera u otra, siempre termino en el rescate de la memoria.

La construcción textual me parece que siempre está y es la parte lúdica de la escritura, donde uno experimenta, donde juegas con distintas figuras o recursos literarios. En La vida que no vivimos la historia se hila a partir de estribillos de canciones, no fue algo premeditado, fue una licencia que me permití en un capítulo cuando empecé a escribir sin saber a dónde me llevaría, que funcionó y terminó siendo el hilo que conduce la historia.

¿Qué importancia tiene la intertextualidad en su obra y qué autores o corrientes reconoce como fundamentales en su formación?

Ayyy, esta es una pregunta que entiendo que siempre resulta pertinente hacer porque tenemos curiosidad de saber que leen las personas que escriben, incluso las respuestas pueden despertar simpatía en quienes vayan a leer nuestra respuesta porque yo misma he dicho en más de una ocasión “Uyyy, nos gustan los mismos géneros, qué bien yo también disfruté mucho esa novela o al leer a tal o cual autor, a esa poeta…”, pero al mismo tiempo es complicado no terminar en los lugares comunes como aquel expresidente que no pudo nombrar tres libros y para colmo la respuesta que alcanzó a esbozar no sorprendió a nadie.

Pero para responder la pregunta me gusta leer a las mujeres, es curioso que los hombres suelen leer generalmente a otros hombres y son pocas las autoras a las que consideran magistrales, inigualables, geniales. Sin embargo, las mujeres podemos con absoluta comodidad leer autores y autoras.

En mis libreros conviven estas mujeres Austen, Beauvoir, Comesaña, Duras, Fallaci, Garro, Gavalda, Grandes, Hustvedt, Lagerlöf, Lessing, Lindo, Mazzantini, Molina, Morrison, Muñiz, Murguía, Nin, Peña, Roy, Saavedra, Santibáñez, Sefchovich, Solnit, Tagüeña, Woolf, Yourcenar, o a la misma Nancy Friday… ¿Por qué no? si, al fin y al cabo, ya lo he dicho antes, se me adelantó varias décadas cuando a ella se le ocurrió el título de algo que desde luego que me gustaría haber escrito “Mi madre, yo misma”.

Y algunos de los hombres que las acompañan son Aub, Baricco, Calvino, Castañón, Cernuda, Durell: Gerald y Lawrence, Eco, Huerta: Efraín y David, Ibargüengoitia, Kundera, Lorca, Machado, Morábito, Murakami, Pitol, Revueltas, Rius, Tabucchi, Towles y Vallejo.