La luz que permanece
A veces —dice María Zambrano— unas cuantas palabras ignoradas alcanzan un eco que resuena por espacio de siglos. No por la fuerza de quien las pronuncia, ni siquiera por la literalidad de su formulación, sino porque en ellas transparenta una actitud esencial. Son palabras–hechos: pueden olvidarse sus autores, borrarse su forma exacta, pero queda actuando su sentido, vivo y duradero, como una corriente subterránea que sigue modelando la historia del pensamiento. Así ha sucedido con la condenación platónica de la poesía en La República: uno de los acontecimientos más decisivos de Occidente, pronunciado en nombre de la verdad, la justicia y la moral.
Zambrano subraya que este gesto ocurre en la Grecia luminosa, allí donde todo parece bañado por una claridad deslumbradora. Y, sin embargo, esa luz está lejos de disipar el misterio: lo vuelve inteligible sin volverlo transparente del todo. Percibimos que el acto es comprensible, que responde a una justificación histórica y filosófica precisa, pero también advertimos que inaugura una herida fundacional: la separación entre poesía y verdad, entre palabra creadora y razón normativa. Desde entonces, la historia del pensamiento occidental puede leerse como la prolongación de esa escisión, como el intento —siempre inacabado— de reconciliar lo que fue violentamente separado.
La razón poética de Zambrano se sitúa exactamente en ese punto de fractura. No para negar la luz griega, sino para internarse en su misterio; no para abolir la filosofía, sino para recordarle su origen poético, su vínculo con la palabra que no domina sino que revela. En este sentido, su pensamiento dialoga fecundamente con la hermenéutica contemporánea. Paul Ricœur, en La metáfora viva, advierte que la crisis de la retórica moderna proviene de haber perdido la profunda relación entre retórica, gramática y lógica, aquella unidad del trivium que hacía del lenguaje un espacio de conocimiento. La metáfora adquiere un rango heurístico: por su poder de comparación y proporción, se convierte en capacidad de significar la actualidad, de abrir mundo allí donde el concepto se vuelve insuficiente.
La poesía, así entendida, es una forma radical de conocimiento del presente. Basta un instante —como sugiere Bachelard— para quedar ebrio del mundo. El tiempo propio de la creación poética no es el de la cronología homogénea, sino el instante pleno, el tiempo del florecimiento y del silencio. “La poesía —escribe— es verdaderamente el primer fenómeno del silencio”: construye el poema sobre un tiempo al que nada martillea ni ordena, un tiempo disponible para todas las espiritualidades, el tiempo mismo de la libertad.
Ese tiempo silencioso es también el tiempo de la historia interior, el que la razón instrumental no sabe escuchar. Allí, en ese claro donde la palabra atiende, la poesía conserva lo que la historia suele perder: la experiencia viva, el temblor originario ante la realidad, la fidelidad a una verdad que no se deja poseer. Por eso, frente a la condena platónica, Zambrano no responde con una absolución ingenua, sino con una reintegración más honda: la poesía no debe ser expulsada de la ciudad, porque en ella late la memoria de aquello que hace habitable al mundo.
El instante poético no se impone: acontece. Irrumpe como una claridad que acompaña, una luz que no enceguece porque no separa. Es esa zona de penumbra fecunda donde poesía, historia y razón poética se entrecruzan. Hay en este gesto una ética del desprendimiento. Como escribió Albert Camus, “qué sensación tan buena y tan profunda esta de ir poco a poco desprendiéndose de todo y todos los que nada merecen”. También el pensamiento —cuando se vuelve verdaderamente humano— aprende a soltar: renuncia a la violencia del concepto absoluto, al afán de posesión de la verdad, a la soberbia de la certeza. Se despoja de lo que pesa y no ilumina.