Poéticas de la inteligencia

El lenguaje como revelación del ser

Desde sus orígenes, la poesía ha sido mucho más que una forma estética: es un modo de pensamiento, una vía de conocimiento y una experiencia de revelación. Allí donde el discurso conceptual no alcanza, la palabra poética abre un resquicio lúcido. Y es que, como intuían Antonio Machado y Miguel de Unamuno, el lenguaje del poema no describe la realidad: la desentraña.

Machado sabía que todo poema es una meditación sobre el tiempo, el alma y el paisaje interior; Unamuno, que la palabra no envuelve al pensamiento, es el pensamiento mismo, la poesía es en sí un acto reflexivo que interroga la identidad humana: el yo, el mundo, Dios, la muerte. En esa fusión entre intuición y razón, el poeta se vuelve filósofo sin renunciar al temblor de lo sensorial.

Para Martin Heidegger, el poeta ocupa un lugar decisivo: es el guardián del ser. El lenguaje poético —decía— no es un adorno sino una forma originaria de habitar el mundo. En él, la verdad acontece. La palabra poética no explica; revela. Nombrar es dejar aparecer el ser, permitir que las cosas se desplieguen en su verdadero resplandor. De ahí que la poesía sea para él un modo privilegiado de acceso a lo real, una apertura ontológica.

Wittgenstein también comprendió este poder. Él, tan riguroso con la lógica, terminó afirmando que ciertos pensamientos solo pueden decirse como poesía —dichten— porque hay dimensiones de la experiencia humana que no caben en el lenguaje conceptual. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”, escribió. La poesía, al expandir el lenguaje, expande nuestra mente.

Octavio Paz lo expresó de manera luminosa: hubo un tiempo en que el ser humano confiaba plenamente en la palabra, cuando “hablar era re-crear el objeto aludido”. Para él, la palabra poética conserva algo de ese poder primigenio: un contacto entre signo y mundo que permite al lenguaje no solo representar, sino engendrar realidad. Por eso los símbolos —aun los matemáticos, aun los rituales— son formas de conocimiento.

En esa realidad indivisible que nos constituye —como afirma Paz— el lenguaje no es un objeto que tomamos ni una herramienta que soltamos: es la respiración misma de nuestra existencia. Somos en la palabra y por la palabra; en ella despertamos, recordamos, imaginamos. Por eso, estudiar el lenguaje no es un ejercicio filológico ni un análisis de signos muertos, es una exploración radical del ser humano, una ciencia total del hombre.

El poeta lo sabe, en cada imagen que enciende, en cada ritmo que pulsa en su voz, no hace una descripción del mundo, lo crea nuevamente. En la palabra se cifra una forma de habitar lo real y de transformarlo. Allí donde el lenguaje se vuelve conciencia, la vida adquiere hondura; allí donde la palabra se vuelve revelación, el hombre se reconoce como algo más que historia o biografía: como fuente, tránsito y destino y en esa confluencia de existencia y lenguaje se abre siempre la posibilidad de volver a empezar.