Entre España y México: Celorio consagra una vida literaria en el Premio Cervantes 2025
El 23 de abril, día en que la lengua española se celebra a sí misma en la figura de Miguel de Cervantes, el Paraninfo de la Universidad de Alcalá volvió a convertirse en un espacio de resonancia histórica y simbólica. Bajo la mirada solemne de los Felipe VI y Letizia Ortiz, el escritor mexicano Gonzalo Celorio recibió el Premio de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes” 2025, en una ceremonia que no fue solo un acto protocolario, sino una afirmación de la memoria, la lengua y la universidad como espacios vivos.
El Paraninfo —ese recinto donde la piedra parece haber aprendido a escuchar— no acogía únicamente a un galardonado, sino a una tradición que se prolonga y se transforma. En la voz de Celorio, el español no apareció como una herencia estática, sino como un territorio en movimiento. Su discurso, atravesado por la emoción, encontró uno de sus momentos más intensos en la evocación de su padre: “Tú llegarás, hijo… si no puedes, yo te empujo”. Y, décadas después, el hijo llegó. “Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después”, dijo, estableciendo un puente íntimo entre la vida privada y el reconocimiento público, entre la historia personal y la historia de la lengua.
El jurado, cuyo fallo fue anunciado por el ministro de Cultura Ernest Urtasun, reconoció en Celorio una obra sostenida durante más de medio siglo, caracterizada por una prosa de notable elegancia y una reflexión constante sobre temas como la identidad, la memoria y la pérdida. No se trata solo de un escritor que narra, sino de un autor que piensa la literatura desde dentro, que hace del lenguaje un espacio de interrogación y de permanencia.
En su intervención, el rey Felipe VI subrayó precisamente esa dimensión: la lengua como “saber vivo”, como materia en continua transformación que exige cuidado y responsabilidad. Esta idea dialoga con la obra de Celorio, donde el idioma es un organismo que respira en cada página. Su escritura, lejos de la estridencia, apuesta por una claridad reflexiva que recuerda la tradición ensayística mexicana, en la que la elegancia es una forma de pensamiento.
Por su parte, Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, describió la ceremonia como “un acto muy emocionante y además profundo”, destacando en Celorio no solo al escritor, sino al universitario comprometido. En efecto, la figura de Celorio está inseparablemente ligada a la Universidad Nacional Autónoma de México, institución a la que él mismo se refirió como su casa intelectual. “Universitario de todo corazón”, se definió, reivindicando una idea de la universidad como espacio de formación crítica, de libertad y de diálogo.
El rector Leonardo Lomelí Vanegas subrayó este aspecto al señalar que el premio reconoce no solo a un escritor, sino a la universidad pública, a las migraciones y a la riqueza compartida de la lengua española. En esta lectura, el galardón trasciende al individuo: se convierte en un símbolo de los vínculos históricos entre México y España, de esa “larga historia” a la que aludió García Montero, marcada por la literatura, pero también por episodios de hospitalidad, como el exilio republicano que encontró en México un lugar de acogida.
La obra de Celorio puede entenderse, en este contexto, como un mapa emocional y cultural donde convergen estas historias. Sus textos no solo narran experiencias individuales, sino que trazan conexiones entre espacios, tiempos y tradiciones. En ellos, la ciudad —especialmente la Ciudad de México— aparece como un palimpsesto donde se superponen capas de memoria. La escritura se convierte así en un acto de reconstrucción: una manera de habitar el pasado desde el presente.
Pero hay algo más en la escena del Paraninfo: una lección silenciosa sobre la continuidad. Cada 23 de abril, el Premio Cervantes no solo reconoce una trayectoria, sino que renueva un pacto con la lengua. En la figura de Celorio, ese pacto adquiere una tonalidad particular: la de una prosa que, sin renunciar a la complejidad, apuesta por la claridad; la de una inteligencia que entiende que escribir es también hacerse entender, en el decir de Celorio: “Escribir no es una elección sino un destino”.