Innovación abierta, geopolítica y el puente hispanoamericano
Luis Ángel Galindo no solo dirige programas de innovación y enseña en la universidad: su interés por la política, la economía y la sociología le lleva a analizar el impacto de la tecnología más allá de las empresas. En la última parte de la entrevista enlaza la innovación con la geopolítica y el papel de España. Defiende que la innovación abierta no se limita a la colaboración entre empresas y startups, sino que trasciende fronteras y sistemas políticos. Para ilustrar su idea, recurre a ejemplos tan diversos como el éxito de WhatsApp (que se ha convertido en un operador de comunicaciones sobre la infraestructura de los telecos), la minería de cobre en Chile controlada por multinacionales extranjeras o el debate sobre si Europa debe aliarse con Hispanoamérica para competir con China y Estados Unidos.
Startups frente a corporaciones: cultura y negociación
Una lección que se repite en la conversación es la resistencia cultural de las grandes empresas a colaborar con terceros. Galindo recuerda cómo los responsables de producto de Telefónica se sentían “dios” y rechazaban compartir ingresos con startups porque creían saber lo que querían los clientes. Esa mentalidad chocaba con la realidad: muchos proyectos de marketing fracasaban estrepitosamente. El directivo destaca que, para innovar, una compañía debe entender que su principal aportación es el canal y que necesita productos externos tanto como la startup necesita su base de clientes. La negociación del reparto de beneficios, afirma, no puede reducirse a la posición de poder de la multinacional.
El concepto de innovación abierta implica además aceptar que no se puede controlar todo. Según Qmarkets, este enfoque anima a las empresas a compartir riesgos y recursos con socios externos para acelerar la innovación. Galindo señala que, en la era de los hackers creativos, cualquiera puede tener una idea brillante desde cualquier lugar del mundo. Por ello, Telefónica y otras compañías se han visto obligadas a organizar challenges y convocatorias para descubrir soluciones que no habrían surgido internamente. El reto ahora es gestionar bien ese ecosistema: evitar el poder de popa de los empresarios de subvenciones y centrarse en proyectos con clientes reales.
Escala global y alianzas regionales
El entrevistado distingue entre innovación incremental y disruptiva. Las segundas, como los ordenadores cuánticos, requieren inversiones colosales que solo pueden asumir Estados Unidos, China o conglomerados con músculo financiero. Las primeras pueden florecer en cualquier lugar. España y Europa tienen talento, pero su fragmentación y la falta de inversión privada les alejan de los líderes. Bruegel advierte que Europa va por detrás en inteligencia artificial, semiconductores y computación cuántica; además, la Unión Europea tarda más en comercializar patentes y depende en exceso de la investigación pública.
Diferencias en los modelos de investigación. Durante la conversación, Galindo explica que los ecosistemas de innovación no son iguales en todo el mundo. En Estados Unidos, la colaboración público‑privada está integrada en el ADN: las universidades trabajan mano a mano con empresas que financian proyectos y, a cambio, obtienen beneficios fiscales o acceso anticipado a los resultados. En China, es el Estado quien marca la agenda científica y tecnológica y dirige a las empresas en función de una estrategia nacional. En Europa, la investigación se apoya sobre todo en fondos públicos y las empresas dedican menos recursos, lo que ralentiza la transferencia al mercado. Para Galindo, la falta de incentivos y la burocracia restan agilidad a la innovación europea y explican en parte el liderazgo de Estados Unidos y China.
Galindo propone mirar hacia Hispanoamérica como una oportunidad estratégica. El idioma y la cultura compartidos facilitan las sinergias, y muchos países latinoamericanos están hambrientos de tecnología. Sin embargo, observa dos grandes barreras: la inseguridad jurídica y los discursos políticos populistas. Recuerda cómo algunos líderes han atacado a España, acusándola de colonialismo para reforzar agendas internas. Estos mensajes, advierte, generan desconfianza y dificultan la colaboración. Además, muchos sectores estratégicos en Latinoamérica (minería, energía) están controlados por empresas de Estados Unidos o China, lo que limita la capacidad de los innovadores locales y europeos para entrar.
Creatividad y política: una crítica a la mediocridad
La conversación se vuelve más crítica cuando Galindo reflexiona sobre la política y la educación. Afirma que la mediocridad se ha globalizado y que los dirigentes prefieren ciudadanos “comodones” porque son más fáciles de controlar. La falta de pensamiento crítico se refleja en la universidad: estudiantes que abandonan carreras al primer obstáculo o que esperan instrucciones en lugar de buscar soluciones. “Les hemos creado un mundo demasiado cómodo y eso es muy malo para que la sociedad avance”, lamenta. La innovación, insiste, requiere creatividad, resiliencia y motivación. Sin ellas, ni siquiera la tecnología más avanzada puede generar progreso.
En ese sentido, cita el ejemplo de M‑Pesa: una innovación que no surgió de un laboratorio europeo o norteamericano, sino de la necesidad de transferir dinero en un país donde las oficinas bancarias eran escasas y el cable de cobre se robaba. La herramienta utilizaba SMS para enviar saldo electrónico y, en pocos años, transformó la economía keniana. Para Galindo, la lección es clara: la innovación de base resuelve problemas reales y no debe despreciarse aunque use tecnología “antigua”.
España e Hispanoamérica en la innovación global
Este tercer reportaje concluye que la innovación abierta es tanto una estrategia empresarial como un reto político. España, como puente entre Europa y América Latina, tiene la oportunidad de liderar una red de creatividad hispana que compita con las grandes potencias. Pero para que eso ocurra, hace falta voluntad política, seguridad jurídica y una reforma cultural que premie la excelencia y la curiosidad en lugar de castigar al que destaca. La colaboración público‑privada, la apertura a ideas externas y el respeto a los innovadores locales son ingredientes indispensables. Como recuerda Luis Ángel Galindo, la innovación es un “sumatorio” de las capacidades, habilidades y motivaciones de las personas; multiplicar esas variables a escala hispanoamericana podría ser la clave para afrontar los desafíos de un mundo cada vez más competitivo.