Zapatero, P.S., y las Joyas de la Corona
Las viejas crónicas no cuentan nada sobre tesoros familiares del linaje de los Zapatero. Tampoco nadie sospechaba, ni siquiera el juez que decidió levantar el polvo del misterio, que hubiese algo. Con una intrépida narrativa ordenó la búsqueda de pruebas y riquezas, y las encontró. Un caudal de más de 1,3 millones de euros escondidos en el interior de una caja fuerte. Joyas a las que no se conoce explicación. Esto recuerda la advertencia de un viejo moralista que decía que cuando la verdad se esconde, la fábula se multiplica, ¡y vaya si se ha multiplicado!
El Conde Rodríguez Zapatero ha querido explicar que semejante tesoro procede de una herencia familiar, aunque después declara que perdió los papeles. En el PSOE no dudan de la honradez del Virrey de Venezuela, y no les sorprende saber sobre sus castillos, palacios o de las minas de oro. Sus lujos relucen más que su escudo de armas. Zapatero es señor de todo y de nada. Y el mismísimo P.S. —el «one»— sabe bien que el linaje de los Zapatero es antiguo y que pasó a la historia alternando entre rosarios y joyerías de Corte —tal vez Begoña venga de la misma casa grande, ¡hasta tenían saunas!—. Los Zapatero fueron amigos de Herodes, Mauregato y hasta de Carlos II, ¡gran linaje! Agraciado con la Capitanía General de Venezuela, han vivido entre faustos y opulencias. Acostumbraba la mamá del Conde Zapatero a cocinar en la chimenea con tiara, pendientes de piedras preciosas y principescas gargantillas.
Sin embargo, algunos resentidos insinúan que no tenían tanta enjundia. Por eso el juez Calama ordenó una tasación profesional y rigurosa. Y ahí, ay, es en donde se desvanecen los cuentos porque el inventario brilla más que los ojitos del Virrey Zapatero con el sol de agosto en la piscina de su palacete de Lanzarote. El valor de las baratijas ha alcanzado cifras que no suelen darse en las cómodas de la abuela ni en los cajones de la mesita. Quiero imaginar esa situación:
—Disculpe, ¿ha dicho un millón trescientos mil euros… en joyas?
—Eso es. Nada, una bagatela doméstica.
—¿Y cree que son herencias de la madre y la suegra?
—Eso parece, eso cuentan.
—¿De qué familia dice que eran? ¿De los Zapatero? Pues qué mamás más espléndidas tiene, porque a mí solamente me dejaron cuatro tenedores y siete platos desparejados.
—Cada cual hereda lo que merece.
—¿No le parece extraño todo esto?
—Dice P.S. que ha preguntado a Leire y que ella cuenta que lo extraño sería dudar de Zapatero. También Marlaska cuenta que no sabe nada, que ni de eso ni tampoco de escoltas.
Pero en este momento la historia de Zapatero recuerda mucho a la figura de Cayo Verres, un político y gobernador romano que entró en los anales de la infamia histórica por su abusivo gobierno en Sicilia. Tal fue así que Cicerón, en sus célebres Verrinas, lo describió como un hombre capaz de saquear hasta los templos y dejar sin estatuas a los dioses. Verres convirtió la administración pública en el arte del expolio. Requisó joyas, vasijas, esmeraldas y hasta las lámparas de los magistrados locales, todo ello con el convencimiento de que la ley es un simple cuento. Su caída, cuando por fin llegó, fue tan estrepitosa como ejemplar, lo que nos recuerda que quien confunde el cargo con un botín termina siendo víctima de su propio inventario.
Fue juzgado y la primera sesión de la acusación fue tan demoledora que el público quedó sin aliento. El mismo Verres optó por hacer lo único sensato que podía y que fue retirarse al exilio. Marchó a Marsella donde disfrutaba la vida rodeado de todas las riquezas que había expoliado y robado en Sicilia, hasta que dos años más tarde, Marco Antonio ordenó ejecutarle y confiscarle las joyas y arte que aún conservaba. Todo finó en una ironía que más parece una tragedia latina, porque el ladrón de tesoros murió porque otro más poderoso los codició todos.