Las rosas secretas
La casa, de dos niveles, deja ver al fin del invierno la llegada de los Robins y de los Blue jets, pájaros rojos y azules que buscan nido bajo los aleros. Senderos bien delineados conducen a la puerta de columnas jónicas que sostienen una pequeña terraza, como se estilaba en las viejas construcciones de Nueva Inglaterra.
Esta es la casa de la poetisa más respetada del norte de América; la morada de Emily Dickinson, hecha en el mismo ladrillo desnudo que caracteriza a esta zona de los Estados Unidos, y que alcanza su apoteosis en la vieja Universidad de Harvard.
El puritanismo religioso, traído de Inglaterra, se ve también aquí en la arquitectura austera de mansiones y templos, hechos a la medida del ojo humano; las puertas están cerradas en esta morada que es ahora museo -el pasado 10 de mayo se cumplieron 140 años del fallecimiento de Emily-, pero es posible imaginar su figura delgada, vestida de blanco, en el recorrido diario que hacía "por las tierras de mi padre", donde cuidó rosales, de rodillas, perfumó su habitación con las corolas recién llovidas, y se hizo botánica, antes de pasar los últimos diez años de su vida sin salir de la casa, entregada con denuedo a la escritura de unos 80 tomos, los mismos que ella cosió por los lomos y guardó secretamente hasta el día de su muerte, el 10 de mayo de 1886.
Amherst es hoy un pequeño poblado de 4.500 familias y menos de 40.000 habitantes, en el condado de Hampshire, Massachussetts, y con la vecindad del río Connecticut. Cuando Emily nace ahí en 1830, era poco menos que una aldea, regida por severas normas morales, las mismas que habían traído hasta aquí sus antepasados peregrinos. En 1760 el pueblo recibe su nombre, en homenaje a William Amherst, un capitán que se involucra en la lucha de Inglaterra contra los franceses, en pos del territorio de Canadá, y que gana además fama por su guerra en contra de los indígenas nativos.
Los poemas de amor de Emily Dickinson han sido comparados con los de Keats, y también con las composiciones de Walt Whitman. En ambos casos, dicen los críticos, se nota la influencia de los cuartetos de Emerson, el poeta naturalista que ponderó la vida rural, la entrega al campo: “By the rude bridge that arched the flood, their flag to April´s breeze unfuried, here once the embuttled farmers stood, and fired the shot hear round the world…”. Ralph Waldo Emerson, en efecto, acompaña ese aliento monástico, de contenido erotismo, en los versos de Emily Dickinson. Como Santa Teresa de Jesús y Sor Juana, monja jerónima, la poetisa de Amherst salió muy poco de sus contornos. Dedicaba todo el tiempo a escribir, a orar y a observar el apogeo del color en sus flores. Vivió en un mundo donde las mujeres tenían pocos derechos y en una región donde un asomo de liberalidad en las costumbres era tomado como libertinaje, gusto por prácticas hechiceras. De hecho, ahí, en Salem, algunas mujeres fueron quemadas vivas, luego de ser señaladas como brujas.