Médicos, pacientes y burócratas. La sanidad gobernada desde el despacho
El anteproyecto del nuevo Estatuto Marco del Sistema Nacional de Salud se presenta como una gran reforma destinada a modernizar las condiciones laborales de los profesionales sanitarios, mejorar la planificación de recursos humanos y reforzar la calidad asistencial. Sus buenas intenciones aparecen repetidas a lo largo de más de ciento sesenta páginas de exposición normativa. Sin embargo, la reacción de buena parte de la profesión médica demuestra que existe una distancia considerable entre lo que los redactores creen que necesita la sanidad y lo que realmente ocurre cada día en consultas, centros de salud y hospitales.
Los médicos llevan años denunciando problemas muy concretos: plantillas insuficientes, jornadas interminables, guardias mal remuneradas, falta de reconocimiento profesional y una burocracia creciente que consume una parte cada vez mayor de su tiempo. El anteproyecto admite la existencia de una presión asistencial creciente, la dependencia excesiva de las guardias como mecanismo organizativo y la necesidad de reorientar estructuralmente las plantillas. También reconoce la carga horaria excesiva como un problema y amplía la intervención de los servicios de prevención en la organización del trabajo.
Pero aquí surge la gran paradoja. Cuando un problema sanitario aparece, la respuesta habitual de la Administración no suele ser contratar más médicos, enfermeros y otro personal sanitario. La respuesta suele consistir en crear nuevos procedimientos, nuevos informes, nuevos registros, nuevas evaluaciones, nuevas comisiones y nuevos órganos de coordinación. El anteproyecto dedica páginas enteras a registros, foros, sistemas de información, mecanismos de seguimiento, órganos de planificación y estructuras de gobernanza.
La pregunta es sencilla: ¿cuántos pacientes ha curado alguna vez una comisión? ¿Cuántas listas de espera ha reducido un registro informático? ¿Cuántas urgencias ha atendido un foro de diálogo social?
La sanidad española no sufre una crisis por falta de reglamentos. Sufre una crisis por falta de tiempo clínico. El médico dedica cada vez más horas a introducir datos, justificar decisiones, cumplimentar protocolos y atender requerimientos administrativos. La consecuencia es que el profesional que debería estar mirando al paciente termina mirando una pantalla.
Resulta especialmente llamativo que mientras se habla de profesionalización de la dirección sanitaria, apenas se plantee una reducción efectiva de los niveles burocráticos que se han ido acumulando durante décadas. En muchos centros existen más personas dedicadas a controlar procesos que a curar de verdad. La administración sanitaria ha desarrollado una extraordinaria capacidad para supervisar a quienes trabajan, pero una habilidad mucho menor para facilitarles el trabajo.
Las reivindicaciones médicas, por tanto, no son corporativas ni egoístas. Son una defensa directa de los pacientes. Cuando un médico reclama menos burocracia, más autonomía profesional y mejores condiciones laborales, está reclamando también más tiempo para diagnosticar, escuchar y tratar. Lo mismo ocurre con el resto de profesionales sanitarios.
La verdadera reforma que necesita la sanidad española no consiste en multiplicar estructuras administrativas. Consiste en devolver el protagonismo a quienes están delante del enfermo y particularmente al médico, que es el único autorizado para diagnosticar, y proponer los medios de curar al enfermo.