Cuando fuimos peces

El honor que aún sostiene a España

Hay frases que atraviesan los siglos como una flecha bien lanzada. Una de ellas, quizá la más incómoda para estos tiempos de piel fina y memoria corta, dice: “A rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero no el honor, que es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios.” En España, donde últimamente se entrega la hacienda, la vida, el alquiler, la paciencia y hasta el wifi, el honor parece lo único que algunos aún se resisten a ceder.

Entre esos “algunos” está la Guardia Civil, que mantiene su lema como quien sostiene una antorcha en mitad de un temporal: “El honor es mi divisa.” Y no es una frase bonita para poner en una placa; es una forma de estar en el mundo. Una que, por cierto, empieza a escasear en otros gremios donde la divisa es más bien el escaqueo, la ocurrencia o el trending topic.

España, mientras tanto, sigue en su costumbre de almendro florido: “Si un rudo golpe recibe, suelta una lluvia de flores.” Y vaya si recibe golpes. Económicos, políticos, sociales, de esos que te dejan mirando al cielo como preguntando si queda alguien ahí arriba o ya han apagado la luz para ahorrar. Pero incluso así, el país responde con humor, ironía y una capacidad casi milagrosa para no romperse del todo. Somos un almendro testarudo: nos sacuden y florecemos.

La Guardia Civil, en cambio, no florece: aguanta. Aguanta carreteras, montes, mares, rescates, incendios, desapariciones, fronteras, denuncias, insultos y silencios. Aguanta porque alguien tiene que hacerlo. Y porque, aunque suene antiguo decirlo, hay oficios que no se sostienen sin honor. No se puede patrullar sin él, ni proteger sin él, ni mirar a un ciudadano a los ojos sin él.

Quizá por eso, cuando fuimos peces —cuando aún intuíamos lo esencial sin necesidad de discursos— ya sabíamos que el honor no se vende, no se alquila y no se negocia. Se vive. Y se defiende.

Hoy, en esta España que a veces parece escrita por un guionista cansado, conviene recordar que hay instituciones que no improvisan, que no juegan a ser poema ni sainete. La Guardia Civil es una de ellas.

Y menos mal. Porque en un país que suelta flores cada vez que lo golpean, alguien tiene que sostener el tronco.