La gran "pedrada" del eclipse: noventa segundos de sombra y un circo de tres pistas
El próximo miércoles 12 de agosto, España se quedará a oscuras durante noventa segundos. Para el resto del planeta es mecánica celeste; para nosotros, el escenario de la película definitiva de Luis García Berlanga que el maestro nunca llegó a rodar. Hemos logrado convertir un capricho del sistema solar en la mayor pedrada colectiva del siglo XXI: un delirio burocrático, político y comercial donde el sentido común ha salido huyendo.
El primer acto de la comedia se escribe en los portales de reservas. El capitalismo de campanario ha descubierto que la penumbra cotiza al alza. Pensiones de carretera en el norte que habitualmente huelen a naftalina se ofrecen a precio de suite en Dubái. Hoteleros frotándose las manos, convencidos de que un minuto y medio de sombra justifica el atraco. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie —convertidos en los sparrings perfectos de este circo— calientan motores en las carreteras, listos para colapsar los miradores con sus gafas de cartón y ver cómo se hace de noche a la hora a la que, habitualmente, ya se hace de noche.
Pero el cénit del esperpento se vive en el palco de autoridades. En el papel principal tenemos al Timonel del Cosmos, un Pedro Sánchez que —gafas en mano y vídeo de TikTok mediante— ha decidido tutelar el movimiento de los astros. El despliegue de Moncloa roza lo divino. Mientras medio país naufraga en las urgencias del día a día, el presidente fleta el Falcon desde su descanso en Lanzarote solo para aterrizar en Guadalajara y liderar el show en el Observatorio de Yebes. Da igual que la crisis migratoria apriete en Ceuta, que los frentes judiciales le rocen los talones o que el panorama político esté hecho unos zorros; la soberbia de una macroeconomía explosiva todo lo justifica. Sánchez ha ido allí a comprobar que los astros no solo se le alinean y le sonríen, sino que directamente se descojonan con él. Mientras la masa se entretiene peleando por el último publirreportaje espacial, el Gobierno se asegura de desviar la atención de los problemas reales del día a día.
Al otro lado del cuadrilátero, asistimos a la crónica de una muerte anunciada por pura inanición política. Alberto Núñez Feijóo, encogido en su esquina y parapetado en la penumbra, observa sin decir palabra. Uno se pregunta qué demonios hace su equipo de asesores. En lugar de salir a morder y desmontar el delirio monclovita con un cachondeo frontal al más puro estilo Gila —
ridiculizando que se monte un viaje de estado para ver la luna mientras se mira hacia otro lado en las fronteras—, el líder de la oposición prefiere la parálisis de la prudencia. Su silencio timorato no se lee como moderación, sino como otra capitulación ante un rival que maneja los focos a su antojo.
Y es aquí donde se masca el verdadero colofón berlanguista. Porque el gran chiste de esta historia no lo firmará ningún político, sino la caprichosa meteorología del norte. Imaginen la escena: la Moncloa con las cámaras preparadas, los comités con el BOE en la mano, los hoteles cobrados a precio de oro... para que entre un frente cerrado de nubes y orballo que tape el cielo por completo. Un simple nubarrón apagando el escaparate mediático.
El miércoles, los pájaros se irán a dormir antes de tiempo confundidos por la sombra; el resto de los mortales deberíamos hacer lo mismo, abochornados por este delirio. Habrá que bautizar esta columna como el inicio de una nueva sección sobre el esperpento nacional. Porque si esto sigue así... necesitaremos muchas más páginas para retratar tanta pedrada.