El último vítor
Hubo un tiempo en que las paredes de la Universidad de Salamanca hablaban. Cada nuevo doctor dejaba en ellas un vítor, aquel emblema rojo que proclamaba ante todos que un hombre o una mujer había conquistado el grado más alto del saber universitario. No era un simple grafiti, sino la expresión de una victoria intelectual. Mientras otras celebraciones desaparecían con el último brindis, aquel signo permanecía durante siglos recordando que alguien había dedicado una parte de su vida a ampliar el conocimiento humano.
He recordado esa vieja tradición al conocer la investidura, este 15 de julio, del 2026, año del Señor, de Pablo Martínez Segura como doctor, con una tesis sobre la prensa farmacéutica española del siglo XIX. Confieso mi debilidad por este tipo de investigaciones. Frente a la investigación puramente técnica, tan necesaria como efímera en muchas ocasiones, el estudio histórico posee una rara vocación de permanencia. Un procedimiento, una tecnología o un medicamento pueden quedar superados en pocos años; la reconstrucción rigurosa de nuestra memoria colectiva sigue iluminando el camino de quienes vienen detrás.
No deja de venir a la memoria una reflexión de Manuel Lora Tamayo, científico, ministro y presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En una España que aún trataba de recuperar el tiempo perdido, defendía impulsar al máximo la investigación especulativa, esa que puede hacerse con un lápiz, un papel y una inteligencia inquieta. Sabía que, cuando escasean los recursos materiales, las ideas continúan siendo el mejor laboratorio.
Quizá por eso contemplo con una mezcla de ironía y resignación mi propia tesis doctoral, defendida hace ya más de medio siglo. En su día me pareció importante. Hoy apenas conserva un brillo mayor que el de una cerilla recién encendida. La ciencia experimental avanza precisamente porque deja atrás muchas de sus certezas. En cambio, las tesis históricas bien construidas envejecen con una dignidad extraordinaria. No caducan; simplemente esperan a que nuevos lectores las redescubran.
Existe, además, otra enseñanza menos evidente. Alcanzar el grado de doctor, sea en Farmacia o en cualquier otra disciplina, representa mucho más que la obtención de un título académico. Cuando quien procede de un ámbito profesional distinto culmina un doctorado en Farmacia, no adquiere las atribuciones propias del ejercicio farmacéutico, reservadas a quienes poseen esa habilitación profesional. Lo que conquista es algo igualmente valioso: una nueva dimensión intelectual y humana, la capacidad de dialogar con otra disciplina desde dentro, con el rigor que solo proporciona la investigación.
Ese es, a mi juicio, el verdadero significado del antiguo vítor salmantino. No celebrar únicamente una tesis, sino la transformación de una persona. Pablo Martínez Segura seguirá siendo periodista, pero desde ahora también pertenece a esa discreta comunidad de quienes han aprendido que el conocimiento exige paciencia, método, humildad y muchas horas de trabajo silencioso.
Víctor Hugo escribió que «no hay más religión que la bondad» y también que «no hay más aristocracia que la del saber». De la primera anda sobrado el nuevo doctor; en la segunda acaba de ingresar por méritos propios. Es una satisfacción para sus amigos, un orgullo para sus lectores y también para El Diario de Madrid, que desde hace tiempo acoge sus magníficos artículos sobre la historia de nuestra ciudad. Si la tradición de Salamanca siguiera viva en toda su fuerza, bien merecería que algún viejo muro universitario conservase para siempre su vítor, aunque ahora ya permanecerá para siempre en las bases de datos, que es el muro de nuestros tiempos.