La crisis de la fecundidad del retorno
La sociedad de la inmediatez destruye la confianza en que el mundo siga revelándose
La historia de la imagen parece describir un movimiento de retorno. Como señaló Vilém Flusser, el ser humano creó las imágenes para hacer imaginable el mundo. Más tarde, al olvidar su función, arrancó de su superficie los elementos que las componían para alinearlos en una secuencia de signos. Así nacieron la escritura y el pensamiento conceptual. Cuando esos códigos se volvieron herméticos, la fotografía permitió que la imagen regresara para devolver visibilidad a aquello que los textos ya no alcanzaban a mostrar.
Y es así porque ese movimiento parece dar una nueva vuelta sobre sí mismo como sucede con la experiencia y el retorno a la memoria que la alberga. La fotografía deja de ser el punto de llegada. Los trazos que un día abandonaron la imagen para convertirse en signos regresan ahora transformados por la experiencia del pensamiento abstracto, y lo hacen no de la mano del fotógrafo, sino del artista plástico.
La historia no avanza sustituyendo lenguajes, sino permitiendo que vuelvan a encontrarse bajo nuevas formas.
Hablar de retorno no es repetir una experiencia, sino volver a ella con la confianza de que todavía puede transformarnos. No depende únicamente de la disposición del sujeto para regresar. Depende también de que el mundo conserve la hospitalidad suficiente para seguir ofreciéndose como inagotable. El retorno es la estructura mediante la cual una experiencia conserva la capacidad de seguir produciendo sentido a través del tiempo. Es el encuentro recíproco entre una experiencia que aún guarda algo por revelar y una mirada dispuesta a dejarse sorprender de nuevo.
Este ensayo nace precisamente de ese regreso. Debe mucho a la experiencia de recorrer la exposición Una era construye ciudades. Una hora las destruye, de Águeda de la Pisa y David Beltrán, presentada en la Galería Freijó de Madrid dentro de PHotoESPAÑA 2026. Algunas obras no terminan cuando abandonamos la sala. Comienzan entonces a acompañarnos. Las páginas que siguen nacen de esa compañía.
I. El vals de la experiencia
(Hemos dejado de volver)
El problema
Vivimos en una época fascinada por la primera impresión. Todo parece exigir una respuesta inmediata: la imagen debe comprenderse al instante, el aroma de un vino describirse en una única nariz, la obra de arte consumirse antes de pasar a la siguiente, la ciudad atravesarse sin llegar a ser habitada. Nunca habíamos tenido un acceso tan inmediato al mundo y, sin embargo, quizá nunca habíamos concedido tan poco tiempo para que una misma experiencia volviera a revelarnos algo nuevo.
Merry-Go-Round of Life, de Joe Hisaishi, es el umbral de este ensayo. Como un vals, su música regresa sin repetirse. Cada vuelta parece reconocer la anterior y, sin embargo, algo ha cambiado.
Ahí se esconde una intuición decisiva: comprender el mundo no siempre consiste en avanzar; a veces consiste en volver sobre aquello que creíamos conocido.
Quizá la gran crisis de nuestro tiempo consista en haber dejado de confiar en que una misma experiencia pueda seguir transformándonos. A esa capacidad de seguir dando fruto mediante el regreso la llamaremos la fecundidad del retorno.
La crisis contemporánea quizá no consista tanto en haber perdido el sentido como en haber dejado de confiar en que una misma experiencia pueda seguir produciéndolo.
Un gran vino no se revela en la primera nariz, una novela no termina en la primera lectura y una ciudad nunca se agota en el primer recorrido. Comprender es descubrir que aquello que creíamos conocer aún no había terminado de revelarse.
II. El regreso de la experiencia
(Cuando el regreso transforma la mirada)
La experiencia
Ésta es, precisamente, la experiencia que propone “Una era construye ciudades. Una hora las destruye”. No nos invita simplemente a mirar ciudades; nos invita a volver sobre ellas. La ciudad deja de ser un objeto reconocible para convertirse en una experiencia que reorganiza nuestra mirada.
Águeda de la Pisa y David Beltrán interrumpen la evidencia cotidiana del espacio urbano mediante estrategias distintas.
Águeda organiza las condiciones para que el retorno ocurra a través de la repetición especular de una misma imagen; Beltrán lo provoca mediante la fragmentación.
En Águeda,
La fotografía gira.
Pero el periódico no gira.
El periódico siempre pertenece al tiempo.
A la fecha.
A la noticia.
Al acontecimiento.
El collage nos indica que: a percepción gira, mientras la historia continúa. Las bandas funcionan como una costura temporal
La trayectoria de Águeda no ilustra la tesis del ensayo. La encarna. Su obra no avanza sustituyendo lenguajes; avanza permitiendo que cada uno siga actuando dentro del siguiente.
Cielo Habitado no. 10, 2006
Impresión piezoeléctrica a siete tintas sobre papel.
152 x 112 cm.
Galería Freijo, Madrid
Havana 8. De la serie "Fragmentos de infinito", 2013
21,7 x 32,5cm.
Galería Freijo, Madrid
Uno nos hace volver sobre la imagen; el otro, sobre la ciudad ausente que la imagen ya no contiene. En ambos casos el sentido deja de residir en el objeto para nacer en el movimiento del espectador.
También la trayectoria vital de Águeda responde a esa lógica, la de la ecoetología del sentido. La abstracción reaparece en la fotografía; el collage continúa habitando la imagen; la pintura nunca desaparece. Nada queda atrás. Todo vuelve reorganizado.
Como sucede en la experiencia del vino, el pasado nunca permanece intacto. Cada nueva percepción reorganiza las anteriores. La memoria no archiva la experiencia; la transforma. Por eso regresar nunca consiste en repetir lo vivido, sino en descubrir que todavía seguía creciendo silenciosamente dentro de nosotros.
III. La recursividad de la experiencia
(El mundo nunca termina de aparecer)
La estructura
Volvemos porque el mundo nunca termina de aparecer.
El mundo nunca se ofrece de una vez para siempre. Cada regreso reorganiza la experiencia: no cambia sólo lo que vemos, sino el horizonte desde el que seguimos viendo.
La experiencia olfativa del vino lo muestra con claridad.
El vino convierte en experiencia inmediata una estructura que la filosofía llevaba siglos intentando describir. La segunda nariz reorganiza la primera; la persistencia aromática modifica retrospectivamente el conjunto; la memoria no conserva simplemente lo percibido, sino que lo reconfigura. Lo que en Heidegger, Gadamer o Ricoeur aparece como un movimiento difícil de pensar, en una copa puede experimentarse en apenas unos minutos.
Cada nueva percepción no sustituye a la anterior; la transforma. La primera nariz permanece actuando sobre todas las que vendrán después. Por eso cada regreso restituye la confianza en que el mundo todavía puede revelarnos algo nuevo.
¿Cómo responder a un mundo que nunca termina de aparecer?
Lo decisivo es no dejar de confiar en que todavía puede hacerlo.
Quizá aquí converjan Heidegger, Gadamer, Merleau-Ponty, Deleuze y Morin.
La ciencia descubre el mundo.
La fenomenología nos enseña cómo aparece.
La hermenéutica cómo lo comprendemos.
La recursividad permite que descubrimiento, aparición y comprensión se fecunden mutuamente. No nace del simple regreso, sino de la imposibilidad de agotar una experiencia. Volver nunca significa repetir; significa apostar por la posibilidad de que una misma experiencia todavía vuelva a abrir y reorganizar nuestro horizonte de sentido.
La sociedad de la inmediatez quizá no destruya el sentido. Destruye algo más sutil: la confianza en que el sentido pueda seguir apareciendo allí donde creemos haber visto suficiente.
IV. La pedagogía del no retorno
(Cuando dejamos de confiar en el regreso)
El diagnóstico
La economía de la atención no nos prohíbe regresar; nos persuade de que hacerlo ya no merece la pena.
Nuestra cultura parece haber aprendido a desconfiar del regreso. Las plataformas digitales, la publicidad y la economía de la atención no impiden volver; convierten el desplazamiento continuo en la forma más rentable de habitar el presente.
Premian la siguiente imagen.
La siguiente noticia.
El nuevo producto.
El siguiente vino.
Dejamos de creer que el mundo todavía pueda recompensar el regreso.
La anamnesis no consiste en regresar al pasado, sino en mantener viva la confianza de que el pasado todavía puede fecundar el presente y reconciliarnos con aquello que sigue teniendo la capacidad de transformarnos.
V. Cultivar el regreso
(De consumir experiencias a aprender a habitarlas)
La práctica
Tal vez la verdadera cuestión de nuestro tiempo no sea únicamente qué hemos perdido, sino qué prácticas pueden reconstruir las condiciones de posibilidad para que el mundo vuelva a revelarse.
La pregunta ya no es únicamente cómo producimos experiencias significativas, sino qué condiciones permiten que una experiencia continúe siendo significativa con el paso del tiempo.
Cuando nos acercamos al arte, a la filosofía o al vino como ejercicios de disponibilidad para el regreso, descubrimos otra manera de habitar el mundo: permanecer en una experiencia porque todavía puede seguir transformándonos.
La cultura de la inmediatez no sólo nos empuja a consumir experiencias; las organiza para que ninguna permanezca el tiempo suficiente como para echarnos raíces. Ha sustituido la fecundidad por la intensidad como criterio de valor. Su finalidad ya no es nuestro crecimiento, sino mantenernos disponibles para la siguiente experiencia.
Consumir una experiencia es agotarla.
Habitar una experiencia es dejar que continúe reorganizándonos.
No es casual que cultura proceda de colere: cultivar, cuidar, habitar. Ninguna experiencia transforma por sí sola; necesita silencio, memoria, hospitalidad y retorno.
La cultura comienza cuando aprendemos a cuidar las condiciones que permiten que una experiencia siga dando fruto. No existe para conservar el pasado, sino para impedir que el presente lo clausure. Porque una cultura no se reconoce sólo por aquello que produce, sino por aquello a lo que decide volver.
VI. Habitar el regreso
(Cuando el mundo nos espera)
La reconciliación
Al igual que el vals, la experiencia gira sobre sí misma y, sin embargo, avanza. Nunca vuelve exactamente al mismo lugar. El verdadero retorno no consiste en regresar al punto de partida, sino en descubrir que una parte del mundo continúa habitándonos incluso cuando el regreso ya no es posible.
Quizá por eso el final de Dances with Wolves resulta tan conmovedor. Cuando Viento en su Pelo grita a John Dunbar: «¿No ves que siempre serás mi amigo?», no intenta impedir la despedida. Revela algo más profundo: hay encuentros cuyo verdadero destino no es permanecer a nuestro lado, sino permanecer en nosotros.
Tal vez la gran pregunta de nuestro tiempo ya no sea únicamente cómo aparece el sentido, sino qué condiciones necesita para seguir dando fruto.
Tal vez necesitemos aprender a cuidar una ecoetología del sentido: no una teoría del significado, sino de las condiciones que permiten que el significado continúe naciendo. Un ecosistema donde el retorno sea el movimiento, la recursividad su estructura, la reorganización su modo de crecer y la fecundidad su fruto.
La filosofía del siglo XX se preguntó cómo aparece el sentido. Este ensayo ha intentado preguntar qué condiciones permiten que el sentido permanezca vivo y continúe fecundándose a través del tiempo.
Quizá las experiencias más valiosas no sean las que vivimos con mayor intensidad, sino aquellas que permanecen cuando todo parece haber terminado.
Así ocurre con el vino. El aroma desaparece. La copa queda vacía. Pero, de pronto, un inesperado recuerdo de tabaco despierta su semejanza al aroma de una ciruela que nunca habíamos percibido. Y es, entonces, solo entonces, cuando comprendemos que el vino nunca había dejado de hablarnos. Éramos nosotros quienes todavía no habíamos aprendido a volver.
El Perfume del Vino
Plataforma de Investigación