Los colores del prisma

Colombia: la otra hora difícil de Uribe Vélez

Durante casi tres décadas, el expresidente Álvaro Uribe Vélez ha marcado el ritmo de la política colombiana. Ganó elecciones, definió debates, construyó mayorías y se convirtió en referencia obligada para partidarios y detractores. Ningún dirigente político de este siglo ha generado en Colombia tantas adhesiones ni controversias.

La condena de Santiago Uribe Vélez, a 28 años de prisión por paramilitarismo, es un episodio grave para el exmandatario. Hace años fue su primo, Mario Uribe Escobar, expresidente del Congreso de la República. Lo de ahora es otro golpe político, familiar y simbólico para un liderazgo que atraviesa un momento complejo en su vida pública.

Más allá de las implicaciones jurídicas para su hermano, que continuarán siendo objeto de recursos y debates legales, el fallo tiene un profundo significado. No sólo porque involucra a un miembro de una de las familias más influyentes del país, sino porque reabre interrogantes que han acompañado durante años la figura del líder.

La condena llega en un momento adverso. Su prolongada confrontación con el presidente Gustavo Petro, la pérdida de su candidata Paloma Valencia Laserna es una muestra de la interpretación del país, del conflicto armado y del legado de las últimas décadas. Más que una controversia entre dos dirigentes se trata del choque entre dos visiones de la realidad.

Tampoco puede ignorarse el factor electoral. El uribismo y el Centro Democrático ya no exhiben la capacidad de convocatoria que los convirtió durante años en una fuerza determinante. Los resultados recientes evidencian un desgaste político que hace apenas una década habría parecido improbable.

Aunque figuras como Abelardo de la Espriella continúan defendiendo con firmeza el legado del expresidente, el candidato Iván Cepeda representa la orilla ideológica opuesta. Lo cierto es que la discusión sobre Uribe se libra ahora en los tribunales, en las urnas y en la historia.

La reacción de los partidos políticos y de los medios de comunicación también resulta reveladora. Los aliados han cerrado filas en su defensa. Los opositores interpretan la condena como una confirmación de cuestionamientos históricos. Entre ambos extremos emerge una ciudadanía que parece más interesada en las decisiones judiciales que en las consignas partidistas.

Por eso, el verdadero significado de esta condena a Santiago Uibe va mucho más allá de los tribunales. La pregunta que surge es si Colombia está asistiendo al comienzo de una nueva valoración histórica del uribismo y de su principal protagonista.

Los procesos judiciales, los cambios generacionales, las nuevas prioridades del electorado y la aparición de nuevos liderazgos están modificando el paisaje político colombiano. Lo que antes era una fuerza capaz de ordenar el tablero enfrenta hoy un escenario fragmentado, competitivo y menos dependiente de figuras individuales.

Tal vez esa sea la principal enseñanza de este momento. Ningún dirigente, por poderoso que parezca, permanece para siempre en la cima de la historia. Las sociedades cambian, los liderazgos se transforman y las instituciones terminan ocupando el lugar que durante años perteneció a los caudillos.

Lo que hoy ocurre alrededor de Álvaro Uribe Vélez no debería leerse únicamente como un episodio difícil para un hombre poderoso o para una corriente política. También es una advertencia para la dirigencia. En democracia nadie recibe un cheque en blanco de la historia. Tarde o temprano, todos los liderazgos terminan sometidos al mismo examen: el de la justicia, las urnas y la memoria colectiva. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.