La cesta de la compra, la multiplicación de los precios y los seres de luz
Es posible que nuestra Iglesia, siempre tan diligente en milagros, se haya olvidado de uno que sucede cada día ante nuestros ojos: ¡la cesta de la compra! Antaño necesitábamos un buen carro, del tamaño del camión de los Reyes Magos, sin embargo hoy, por el contrario, cabe todo en una mano. No exagero. Viví aquellos gloriosos sábados en que empujábamos carros que desbordaban prosperidad. Cargados de carnes, pescados, legumbres, verduras, leche, fiambres, huevos, detergentes y hasta algún capricho que nos hacía sentir ciudadanos de primera. Era tanta la compra que parecía un vagón del ferrocarril.
Hoy nuestra compra no necesita más ayuda que una sola mano. La inflación ha convertido cada producto en un truco de prestidigitación. El precio sube y la cantidad baja. Hasta los huevos vienen en cajitas de media docena y, para los más aguerridos, en decenas. El supermercado es el perfecto termómetro social y hoy, lo que nos dice, es que la fiebre es alta.
Pero contaré que en el supermercado desfilan dos especies distintas. De un lado los privilegiados, que son los «seres de luz» que empujan uno e incluso dos carros. Van tan repletos que parecen de otro planeta. Al llegar a la caja abonan todo con una tarjeta mágica, sin presencia de logos o entidad bancaria. Hace unos días observé cómo se agotaba la magia de la tarjeta de uno de estos seres de luz y, de la nada, surgió un adjunto que sacó otra tarjeta que debía de ser todavía más mágica. Salvó una situación que he llamado “operación tonelada”, y digo así porque la “operación kilo” sólo queda para nosotros. Los seres de luz son los nuevos aristócratas del pasillo de congelados, los duques del detergente, los marqueses del jamón…, aunque ese día, por lo que sea, no llevaban jamón.
En el otro extremo estamos los currantes. No usamos carro con la intención de que nuestra compra no se pierda en el abismo de la nada. Preferimos la cesta infantil, la más pequeña, la que antes servía para “un par de cosas”. Ahora sirve la diminuta para la compra semanal: un yogur, dos manzanas de las baratas, un paquete de arroz y una bandeja de pollo del más pálido —el colorado es “de Luxe”—. Duramos poco en el supermercado y cuando llegamos al aparcamiento no necesitamos abrir el maletero porque todo cabe a los pies del acompañante, en una esquinita o, si acaso, en la guantera. Mientras arrancamos, vemos a los privilegiados como hacen malabares para encajar todo su botín en el maletero de su cochazo —un vehículo probablemente pagado con otra tarjeta mágica—.
Al llegar a casa es cuando surgen los dilemas éticos. ¿Debemos indignarnos porque el paquete de galletas trae menos que el mes pasado? ¿Es moral que la bolsa del detergente sea micro? ¿Tenemos que aceptar con alegría que nuestra austeridad financie la opulencia de los que viven en un «Black Friday» permanente? Pues sí, tenemos que aguantarnos porque los ilustres votantes deciden año tras año que tenemos que seguir sacrificándonos y alimentando políticos que disfrutan de un Falcón, o de cajas fuertes con joyas o, también, a los amables y felices seres de luz.
Mientras tanto, los privilegiados siguen cargados de bolsas y están radiantes, satisfechos, como si hubieran descubierto el maná. Y nosotros, al otro lado, trabajando, pagándolo todo, disfrutando de nuestra micro compra, mirando el móvil o soñando en la multiplicación de los panes, cuando en realidad, lo único que se multiplica y sin necesidad de milagros, son los precios.