El liberal anónimo

Gonzalo Edmundo Celorio Blasco: De un valle asturiano al Premio Cervantes

Con la colaboración de Juan de Allonca y Fernández de Bustelo, Secretario de la Academia Asturiana de Heráldica y Genealogía

En estos tiempos de enérgico fervor popular, cuando tantos buscan en la tierra y en la costumbre la raíz de su profunda identidad, conviene detenerse en aquellos que, lejos del ruido, cultivan con atención la memoria de su pueblo. Viven entre nosotros algunos hombres, eruditos, custodios de una palabra que se labra con paciencia, de quienes gustan examinar los prolegómenos de su propia naturaleza. Entre ellos destaca el reciente Premio Cervantes, Gonzalo Edmundo Celorio Blasco, catedrático, ensayista y director de la Academia Mexicana de la Lengua, cuya figura honra tanto a México como a la tradición hispánica que lo vio formarse.

En la pesquisa que sustenta estas líneas —realizada junto a Juan Allonca y Fernández de Bustelo— hemos seguido el hilo de un linaje que, como tantos otros, hunde sus raíces en la toponimia asturiana. No sabemos si el lugar dio nombre a la familia o si la familia designó al lugar, pero sí consta documentalmente que en 1665 fue bautizado en la parroquia de San Pedro de Vibaño, en el concejo de Llanes, Benito Celorio, antepasado directo del escritor. Aquel rincón, que hoy apenas supera los trescientos habitantes, fue solar primero de una estirpe que, generación tras generación, mantuvo su arraigo en el oriente asturiano.

En el barrio de Las Riegas vivió su hijo Pedro Celorio, casado con Francisca de Vega Martínez. De esa rama surgieron José Celorio, casado con María Francisca Sánchez, padres de José Antonio, quien contrajo matrimonio con Ana María de Santoveña y de Ynguanzo. Su hijo, Vicente Antonio, aparece en los documentos como «Soldado Granadero Miliciano», figura modesta pero significativa de una España convulsa. De él nació Emeterio Juan Celorio, en diciembre de 1808, cuando la nación combatía la invasión napoleónica. Emeterio casó con Santa Díaz San Pedro, y de esa unión vino Benito, casado con María de Loreto Carmona y Vilchis, padres del astur-mexicano Miguel Celorio, nacido en Ciudad de México en 1891. 

De Miguel y su esposa Virginia Blasco Millán nació, un 25 de marzo de 1948, el hoy celebrado Gonzalo Celorio. Su biografía familiar resume, como pocas, la historia de tantos asturianos que cruzaron el océano en busca de una vida más próspera. Aquellos emigrantes sabían que la fortuna no se improvisaba y que había que conquistarla con mucho tesón y disciplina. Así llegó a México un hombre de voluntad férrea cuya descendencia ha alcanzado la cima de las letras hispánicas. 

No es casual que un hijo de esta tierra nuestra —de silencios y hondas fidelidades— se haya convertido en uno de los más finos custodios del idioma de Cervantes en el continente americano. Tampoco deja de ser significativo que el apellido Millán, de su madre, nos remita a la comarca riojana y al monasterio de San Millán de la Cogolla, cuna histórica del castellano. La lengua, como la sangre, traza caminos misteriosos, pero siempre deja señales para quien sabe leerlas.

Hoy celebramos la obra y figura de Gonzalo Celorio, pero conviene recordar que su historia no es únicamente la de un escritor ilustre, es la de un linaje humilde que, desde un valle asturiano, supo proyectarse hacia el mundo sin renunciar jamás a sus orígenes. En él se encarna, con rara armonía, la continuidad de una tradición que une a España y a América por la palabra, ese patrimonio común que debemos salvaguardar con la misma devoción con que sus antepasados guardaron, en aquel Vibaño, su memoria familiar.