Catetos
Según el Diccionario de la Real Academia Española, el cateto, en su tercera acepción, es una persona tosca y vulgar.
Algo tremendamente vulgar es una comparación en la forma. Alguien con las meninges más o menos en su sitio, ante la visita del Papa a España, se conmovería ante la concentración de cientos de miles de personas con un propósito trascendente. Miles de almas que se unen entre sí y con la Historia -así, en mayúsculas- ante un hombre que es también una figura que ha estado presente a lo largo de toda esa Historia.
Ese mismo individuo con cierta altitud de miras, vería en ello una comunión no sólo temporal y de reafirmación ante lo que se es y ha sido bueno, sino una vocación de futuro que parte del reconocimiento de uno mismo, de lo que se ha hecho y de una paz ecuménica. Un mundo katolikhós. Esto es, universal. Literalmente: acerca del todo.
No en vano, y acerca de ese todo, León XIV recordó a esas acémilas intituladas como señorías (que tiempos aquellos de Calígula en los que sólo había una bestia en el Senado), la labor de la Escuela de Salamanca o Escuela Hispánica. El punto culmen de la filosofía griega, la institucionalidad romana y el valor sacrosanto del individuo de la cristiandad que, como colofón de la Escolástica, supo poner en el centro de cualquier sistema la dignidad del hombre. Ello no sólo es que hiciera posible, sino que obligó a que la conquista de América fuera en realidad la creación de una civitas con valor universal. Un imperio verdaderamente, y repito, katholikós.
Todo ello y algunas otras cosas asombrarían a alguien que no fuera tremendamente tosco y vulgar. Esto es, a un cateto.
El cateto, y más aquel con vocación de enseñarse, por todas estas cuestiones no es que pase de puntillas. Es que no pasa. El cateto lo primero que hará es comparar. Y dado que la comunión con la Historia y lo espiritual no existe para él porque no lo ve, irá directamente a lo formal. Y, formalmente, ¿qué mejor para el cateto que unos fuegos artificiales y unos drones?
Para el cateto en su vulgaridad comparativa, no hay color. Que recen más de un millón de personas -hablo de todos los sitios sumados, sin distinción- y todas ellas salgan con el alma ensanchada, palidece vergonzosamente ante la idea de poder dibujar frases en el cielo. Y si ya le pones un petardo final, apaga y vámonos.
Esta es la idea de éxito del cateto. Oscila entre la brujería y el show. No hay nada trascendente en él, pero sí se pone muy campanudo haciendo un gorgorito comparativo que él llama opinión.
Y así estamos.
Miles de personas en comunión consigo mismas, con su entorno y con su historia en Madrid, Barcelona y Canarias como representantes de toda España, y los catetos colando esteladas entre partituras y con tweets pretendidamente ingeniosos.
Así nos va.