Cinco sentidos

Buenos vecinos

De los conflictos más complejos que me ha tocado conocer durante mi carrera como  abogado, pocos igualan a las disputas entre vecinos. Son diferencias que, cuando no  encuentran límites, suelen escalar hasta niveles impensados. En Mar del Plata quedó  grabado un caso paradigmático, conocido como La Guerra de la Medianera (Yatah c.  Borrazas), donde una discusión por un muro divisorio derivó en disparos, un automóvil  incendiado, un gato muerto, agresiones con cuchillos y hasta heridas provocadas con un  rifle de aire comprimido. Todo comenzó por una pared. 

Pero hoy no quiero hablar de los vecinos de un barrio, sino de los vecinos que comparten  fronteras. Las relaciones entre los Estados exigen una prudencia mucho mayor, porque  detrás de cada declaración altisonante o de cada gesto de confrontación no sólo se juega el  prestigio de un gobierno: también están en riesgo el trabajo, las inversiones, el comercio y  el futuro de millones de personas. 

Los gobernantes son administradores circunstanciales del poder. Los países, en cambio,  permanecen. Por eso resulta preocupante cuando las diferencias políticas se transforman en  agravios personales o en decisiones que deterioran vínculos construidos durante décadas.  Las tensiones diplomáticas entre naciones vecinas nunca son un problema exclusivo de los  presidentes. Las consecuencias recaen sobre empresarios, productores, trabajadores,  transportistas y familias que dependen de una relación estable para desarrollar su actividad. 

Con demasiada frecuencia la política parece olvidar que el sector privado no es un  espectador, sino quien genera riqueza, empleo y oportunidades. Una palabra imprudente,  una amenaza innecesaria o una decisión tomada pensando únicamente en la coyuntura  pueden desalentar inversiones, afectar exportaciones o sembrar incertidumbre donde  debería existir confianza. 

Frente a esa realidad, vale la pena recordar la figura de Enrique Shaw. Empresario y  dirigente comprometido con la doctrina social cristiana, entendió que la empresa no debía  limitarse a obtener beneficios económicos, sino convertirse en una comunidad al servicio  de las personas. Demostró que la rentabilidad y la ética no sólo son compatibles, sino que  se fortalecen mutuamente cuando el respeto por la dignidad humana guía las decisiones. 

Los países necesitan gobernantes prudentes, pero también necesitan empresarios  confiables, capaces de generar empleo, invertir a largo plazo y construir puentes donde  otros levantan muros. El desarrollo sostenible sólo es posible cuando existe cooperación  entre un Estado responsable y un sector privado comprometido con el bien común. 

Quizás la conciencia de nuestra propia finitud sea el mejor remedio contra la soberbia. Los  funcionarios pasan; las empresas permanecen; los pueblos continúan escribiendo su  historia. Como ocurre entre buenos vecinos, el respeto, el diálogo y la cooperación siempre  producen mejores resultados que el grito, la provocación o el conflicto permanente. 

Porque, al final, las fronteras seguirán allí mucho después de que quienes hoy gobiernan  hayan dejado sus cargos