Arde Troya
No se extingue el fuego en la península ibérica. Hay muchos puntos calientes en España, tantos como políticos aupados a la palestra de la discordia. El país arde lo mismo que la legendaria Troya. El fuego avanza como un loco en una carrera sin meta. Devasta, asola, quema ilusiones, consume los escenarios habitados por los que se alejan de la ciudad al encuentro con la naturaleza.
¿Y qué queda ahora de ese paisaje? Ceniza. La yesca que cubre los montes prende rápido, una pequeña chispa y el paraíso queda convertido en infierno. Las pulsiones humanas prenden también con facilidad. Los políticos no deberían abrir la cancela de los bajos instintos, su odio se eleva al cielo político con llamaradas de inquina. Las redes sociales son para ellos antorchas de un malsano fuego interior. Óscar Puente es un pirómano de los asuntos públicos. Y, como él, muchos otros echan gasolina para apagar los incendios que abrasan la convivencia.
Mientras buena parte de la Sierra Oeste de Ávila y Madrid ha ardido, los políticos avivan el fuego de las divergencias apretando el fuelle del frentismo. Más de 75.000 hectáreas han quedado calcinadas. Como calcinados quedan siempre los puentes del entendimiento. En Troya tampoco hubo entendimiento y, tras diez años de asedio, la ciudad terminó convertida en ceniza. Hay cosas que nunca cambian, como la soberbia del ser humano. Agamenón era un comandante soberbio, aunque apto para la empresa que debía acometer. Puente es un ministro soberbio e inepto, incapacitado para la tarea que exige su cargo. Los dioses de Homero también son fatuos en muchas ocasiones. Grave problema, que un dios caprichoso marque el destino de los hombres. O aún peor, que hombres endiosados marquen el futuro de sus semejantes.
En la naturaleza, los montes heridos tienen ahora piel de polvo gris. En la naturaleza de las personas, las centellas del odio saltan en la combustión permanente del fuego político. Chispas de rabia enconan los ánimos de la sociedad.
Toda noticia es susceptible de transformarse en fuego. Llamas que se arrojan los unos a los otros, deseando ver arder al enemigo. Y en ese imperio triste de tierra quemada, alzarse en gobernantes perpetuos aclamados por la masa, indiferente a quien porta el fuego, fósforos que avivan la satánica fiesta de un infierno creado para quemar la democracia. Políticos en combustión constante, pavesas que saltan descontroladas, yesca milenaria que arde en la pira donde el pueblo depositó su confianza.