Timanfaya Hernández (COPM): "Los seres humanos tenemos una capacidad de respuesta enorme; no hay que pensar que de cada crisis vamos a desarrollar un gran trastorno"
Los incendios en la región han activado la respuesta psicológica de urgencia. Timanfaya Hernández, decana del COP Madrid, explica en esta entrevista la atención en crisis y otras cuestiones que afectan al bienestar psicológico, como el impacto del ritmo urbano, las redes sociales o la saturación del sistema público de salud.
La violencia de los incendios forestales que asuelan distintos puntos de la región ha vuelto a poner a prueba la capacidad de respuesta de los servicios de emergencia, entre los que nos centramos ahora en la atención psicológica sobre el terreno. Ante la gravedad de la situación y el impacto emocional en las familias evacuadas, el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid (COPM) ha activado en colaboración con la Comunidad de Madrid a través del SUMMA 112 y de las Oficinas Móviles de atención al ciudadano de la Comunidad de Madrid un dispositivo de intervención urgente para prestar primeros auxilios psicológicos y contención emocional a los damnificados.
Conversamos con Timanfaya Hernández Martínez, decana del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, para conocer de primera mano cómo se trabaja a pie de campo con quienes lo han perdido todo y con los propios equipos de extinción. Además, analiza el estado de la salud mental en la sociedad actual: la acumulación de crisis, el impacto de las redes en los jóvenes, la soledad no deseada, la saturación del sistema público y los riesgos del intrusismo profesional.
El Colegio Oficial de la Psicología de Madrid ha desplegado un dispositivo de urgencia ante los incendios en la región. ¿En qué consiste exactamente esta intervención y qué es lo primero que hace un psicólogo al llegar al lugar?
La psicología de urgencias, emergencias y catástrofes es una rama diseñada específicamente para intervenir en momentos de crisis colectiva. Lo primero que hacemos en estas situaciones es una contención emocional. Algo fundamental es identificar a las personas más vulnerables para acompañarlas e intentar que el fuerte impacto psicológico que están sufriendo no se dispare ni derive con el tiempo en problemáticas más graves.
¿Cuántos profesionales se han desplazado sobre el terreno dentro de este operativo?
Hemos movilizado dos dispositivos. Hubo un equipo inicial y ayer se incorporó otro turno de 12 personas que se están encargando de llevar a cabo la atención directa y el retorno de los afectados. En total, podemos hablar de unos 40 profesionales.
En este tipo de emergencias no solo sufren los vecinos afectados; los propios bomberos y servicios de extinción acumulan un desgaste enorme. ¿Se actúa también con ellos?
Sí, por supuesto. Con el paso de los días el desgaste acumulado en los profesionales de emergencia es muy alto y hay que ofrecerles espacios y herramientas para gestionar ese impacto.
Cuando atendéis a alguien que no sabe si lo ha perdido todo, ¿cómo se le ayuda a gestionar esa angustia?
Una de las claves es no patologizar las emociones. En situaciones de un impacto tan alto, sentir angustia, desorientación o miedo es absolutamente normal. Nuestro trabajo inicial consiste en reducir el impacto, acompañar la vivencia emocional y trasladar la información con la mayor delicadeza posible.
¿Cuándo se convierte esa angustia en algo que requiere tratamiento continuado en el tiempo?
Cuando la persona es incapaz de recuperar sus tareas cotidianas, cuando hay una pérdida continuada del sueño, dificultad para concentrarse o vemos que tras un tiempo razonable no se logra gestionar la pérdida. Ahí es cuando se necesita tratamiento especializado.
Si echamos la vista atrás, encadenamos Filomena, la pandemia, la DANA, el volcán de La Palma y ahora los incendios forestales. Da la sensación de que la población vive en constante incertidumbre. ¿La sociedad está llegando al límite psicológicamente con estas catástrofes excepcionales que se repiten?
Es cierto que encadenar situaciones de incertidumbre o temor afecta a la población. Pero es muy importante remarcar que los seres humanos tenemos una gran capacidad de respuesta y resiliencia. También corresponde a las instituciones y administraciones generar entornos que nos permitan recuperarnos. No tenemos por qué pensar que, ante estas emergencias, la sociedad vaya a desarrollar masivamente grandes trastornos psicológicos.
¿Habéis notado si esta sucesión de catástrofes ha cambiado los miedos o las consultas de la gente?
Depende mucho de la situación personal. Hay personas que han vivido circunstancias previas muy duras y sienten más miedo, mientras que otras responden de otra manera. Lo crucial para nosotros es identificar qué perfiles presentan mayor vulnerabilidad para prevenir los efectos a largo plazo.
Diversos estudios señalan que las consultas de salud mental no paran de crecer. ¿A qué se debe? ¿Estamos más "enfermos" o es que, por fin, se pide ayuda sin vergüenza?
Espero que sea una combinación de ambas. Más que hablar estrictamente de "enfermedad", es importante entender que cuando los síntomas se tratan a tiempo el pronóstico siempre es mucho mejor. Por otro lado, el ritmo de vida actual y la presión social a la que estamos sometidos van en aumento, y eso impacta directamente en nuestra salud psicológica. La prevención debe abordarse desde una perspectiva comunitaria, estructural y social para reducir los factores estresores.
Hablas del ritmo de vida. En grandes ciudades como Madrid, por citar una, y en la que estamos, ¿cómo puede una persona protegerse ante tanto estrés diario?
Todos somos conscientes de que en las grandes ciudades el ritmo es acelerado. Lo más importante es la capacidad de autogestión: darnos cuenta de qué nos está pasando y detectar a tiempo los síntomas que nos indican que necesitamos parar o pedir ayuda. Es clave dedicar un tiempo al día a actividades que nos aporten tranquilidad, vigilar cómo dormimos, cómo comemos y el funcionamiento de nuestros pensamientos. Hay que crear rutinas saludables para compensar la exigencia del entorno.
¿Cómo influyen las redes sociales y el entorno digital en la autoestima de los más jóvenes? ¿Son un catalizador de trastornos o simplemente amplifican algo previo?
Los medios digitales son una realidad cotidiana para niños y adolescentes. A menudo están expuestos a un acceso desmedido y a contenidos absolutamente inadecuados para su edad, creándose casi dos vidas paralelas: la real y la digital. Los adultos tenemos una gran responsabilidad. Se necesita una regulación normativa sobre los contenidos accesibles a menores, pero también educar en valores y supervisar cómo y cuándo acceden a las pantallas.
Existe la paradoja de que estamos más conectados que nunca, pero aumentan los casos de soledad no deseada. ¿Por qué ocurre esta desconexión humana?
Aunque estemos en un mundo globalizado y conectado, nos estamos convirtiendo en una sociedad más individualista. Se está perdiendo la comunicación básica, la necesidad de compartir, de acompañar, de escuchar y de gestionar emociones en comunidad. Además, las dinámicas familiares han cambiado y existe una brecha preocupante con nuestros mayores que debemos cuidar con urgencia.
¿Esta desconexión digital está agravando también la soledad de las personas mayores?
Absolutamente. Se está generando una brecha preocupante con nuestros mayores. Al perder la comunicación básica, la escucha y el acompañamiento presencial en favor del entorno digital, dejamos a una parte de la población mayor desconectada de las dinámicas comunitarias actuales.
En el caso de los menores, ¿cuál es la línea roja para que un padre o una madre acuda a un profesional?
El aislamiento. Si un hijo cambia radicalmente sus rutinas, deja de disfrutar con lo que antes le gustaba, le cuesta hablar en casa o muestra un retraimiento muy marcado, hay que prestar atención. Cualquier cambio de actitud no explicable justifica generar espacios de comunicación familiar y, si se producen verbalizaciones preocupantes, acudir a un especialista.
El suicidio sigue siendo la primera causa de muerte no natural en España. A pesar de que se habla más de ello, las cifras siguen siendo alarmantes. ¿Qué está fallando?
Falla la forma de comunicarnos y el estar verdaderamente al lado de la persona que sufre. La exposición continua a situaciones estresantes y la soledad influyen. Es vital diferenciar entre una idea fluctuante y el acto de llevarlo a cabo. Hay que construir una sociedad más compasiva que se comunique mejor. Pero esto no es solo responsabilidad individual; los organismos e instituciones deben garantizar entornos comunitarios saludables. No se puede hacer una prevención eficaz del suicidio si el entorno social no acompaña.
Respecto a las personas mayores y la soledad no deseada, ¿crees que la atención psicológica está bien cubierta en el sistema público?
Cada vez se hace más hincapié y existen más programas comunitarios de acompañamiento, pero hay que seguir trabajando. La población envejece y debemos articular medidas apropiadas para que nuestros mayores tengan una vida saludable, recordando que la salud física no se puede separar nunca de la salud psicológica.
En la sanidad pública, pedir cita con el psicólogo puede suponer meses de espera. ¿Cómo afecta este retraso a quien necesita atención urgente?
La gran mayoría de los problemas de salud mental son de intensidad leve o moderada. Si se incorporaran más recursos de psicología en la atención primaria, muchas de estas situaciones se resolverían de forma rápida y eficaz. De lo contrario, los problemas corren el riesgo de cronificarse o de hipermedicalizarse innecesariamente.
Ante la alta demanda, han proliferado en redes sociales figuras como coaches o gurús emocionales sin titulación sanitaria. ¿Representan un riesgo?
Absolutamente. El aumento de la preocupación por la salud mental lleva a muchas personas a buscar ayuda en perfiles que no están cualificados. Lejos de ayudar, en muchas ocasiones esto incrementa la problemática. Es urgente regular la profesión y garantizar que la atención en salud mental sea ejercida exclusivamente por profesionales sanitarios acreditados.
Para terminar, ¿qué consejo único le darías a cualquier persona para afrontar el ritmo de vida actual y prevenir crisis personales?
Apoyarse en hábitos saludables y aprender a parar. No necesitamos estar haciendo cosas constantemente. De la misma manera que atendemos un dolor de cabeza o de estómago, debemos escuchar las señales que nos envía la mente, detectar qué nos pasa y darnos la oportunidad de parar para cuidarnos. Las personas somos muy resilientes y, si atendemos a tiempo estas señales, podemos mantener una visión optimista del futuro.