En las manos de Sacristán
José Sacristán ha ajustado cuentas con ‘yo’ actoral en «El hijo de la cómica», donde el veterano intérprete no representa exactamente a Fernando Fernán Gómez, lo recuerda desde dentro, a él, a su familia, pero también a una época de nacimiento de un sector en pañales del que somos herederos. Y quizá ahí resida la extraña emoción de esta pieza, pues no estamos ante un homenaje convencional ni ante una lectura en clave teatral de las famosas memorias de Fernán Gómez, «El tiempo amarillo», que desde luego son el caldo de cultivo del montaje. Lo que ocurre en escena es otra cosa: un hombre mayor –en el mejor sentido del término, el de la ventaja del camino recorrido– sostiene entre las manos la memoria de otro hombre mayor, y en ese gesto aparece, de pronto, todo un siglo de teatro español.
El escenario apenas necesita nada. Sacristán tampoco. Le basta su voz, unas sillas, varios focos, un puñado de pausas y, sobre todo, unas manos. Porque las manos de Sacristán son aquí media función. No acompañan el discurso: piensan por si mismas. A veces buscan en el aire un recuerdo que tarda en llegar; otras, parecen apartar el polvo de una fotografía antigua. Hay momentos en los que se cierran con la sequedad del cómico de posguerra y otros en que se abren lentamente, como si todavía pudieran acariciar la mejilla de la madre actriz, la ajada piel de la abuela socialista, las ruinas de los teatros derruidos, las pensiones frías y los camerinos de provincia. Las manos de Pepe Sacristán son una ‘masterclass’ de interpretación. En muchos actores la vejez añade fragilidad, en Sacristán añade verdad. Pero es que tampoco podemos decir que estemos ante un actor ‘de senectute’, pues su movimiento por el escenario del Bellas Artes evoca una pasmosa jovialidad. Y todo ello sin exhibir con alharacas su oficio, aunque lo tenga de sobra. No convierte a Fernán Gómez en caricatura ni en imitación reconocible –pese a la similitud de sus timbres vocales–, sino que lo deja aparecer con una riquísima inteligencia teatral, la que presupone comprender que el homenaje no consiste en copiar una voz o una actitud, sino en convocar una presencia. Y entonces uno comprende que «El hijo de la cómica» habla menos de Fernán Gómez que del propio oficio teatral; recorre la infancia y juventud de Fernán Gómez, sí, pero termina funcionando como memoria colectiva de una profesión y de una generación entera. Habla de nosotros, los actores, como últimos depositarios de una tradición oral, de ese mundo en el que escuchar era más importante que exhibirse. La escucha, confianza en la palabra.
Y hay además una emoción suplementaria que contrapone lo vital a lo melancólico: ver a Sacristán atravesar esos recuerdos a sus ochenta y ocho años sin nostalgia blanda ni solemnidad funeraria, sin retrospectivas meditabundas. Incluso cuando habla de derrotas o precariedades, aparece siempre una ironía seca, casi castiza, que impide cualquier sentimentalismo fácil. Algunos montajes envejecen a las musas; este «hijo de la cómica» lo rejuvenece porque nos recuerda para qué sirve nuestro arte: para reunir a otros alrededor de la fábula.
Y regresan ahora las manos, días después de haberlas visto saludar generosas al público, de dedicar la representación a la memoria del maestro. Cuando calla Sacristán siguen hablando ellas. Pareciera que el teatro español, por una noche, hubiera decidido sobrevivir en la piel cansada y luminosa de un actor que todavía sabe escuchar al silencio a través de sus manos.